Oporto, 20 razones para visitarla

Su silueta de fachadas multicolores y perfiles de piedra se asoma al Duero con renovada coquetería. Detrás palpita un corazón viejo pero más vivo que nunca, de una energía contagiosa que invita a descubrir los secretos de Oporto. 

Por RODRIGO PADILLA

Siempre me ha parecido que Oporto es uno de los destinos turísticos estrella de 2018. En los días de sol es una y  en los días de lluvia se transforma, una que se abre al cielo azul y otra que se aplasta bajo un gris plomizo.

Y una de fachadas alegres y balcones de forja y otra de desconchones y escaleras rotas. Y una que se mira de abajo arriba y otra de arriba abajo, una que es una galería de casitas ascendiendo por las colinas que enmarcan el río y otra que es un mar de tejados que desciende como una mancha, en el corazón de Portugal.

Porto es un plan deluxe para noviembre, que cambia con la perspectiva y el punto en el mapa y la hora del día, es tan variada como las panorámicas desde sus muchos miradores, como las historias que se intuyen tras sus amplios ventanales y que cuentan sus viejas murallas.

Oporto es el barrio medieval de Barredo y la arquitectura rompedora de la Casa de la Música, los rabelos cargados con toneles de vino y el arco de hierro del puente Don Luís I.

Es la mole de la Sé, la vieja catedral gótica, y los baldosines azules que cubren la capilla de las Almas por fuera o la estación de São Bento por dentro, y es los palacios señoriales en anchas avenidas y las callejuelas empinadas con perros dormitando en las esquinas, el lujo del palacio de la Bolsa y el ajetreo de la plaza da Liberdade, las tiendas elegantes de la calle Santa Catarina y los puestos tradicionales del mercado do Bolhao.


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También es la estela de los barcos de turistas por el Duero y el traqueteo del tranvía 22 en su lento peregrinar entre Nuestra Señora do Carmo y la plaza de Batalha, el olor añejo de las bodegas en Vila Nova do Gaia y la brisa del mar a los pies de la capilla del Sehnor da Pedra, en la playa de Miramar.   

Buena parte del encanto de la ciudad ha residido siempre en esta forma de combinar lo antiguo y lo nuevo, lo decadente y lo sublime, lo popular y lo refinado.

Ahora, además, suma un lavado de cara que le hacía bastante falta, que se ha llevado buena parte de ese gris pegado a sus paredes y lo ha cambiado por una dosis de autoestima.

El resultado es un ambiente que anima a subir y bajar en un paseo interminable, arriba los 240 escalones de la torre dos Clérigos y luego abajo por las cuestas que llevan a las animadas terrazas de la Ribeira, vuelta con el Funicular dos Guindais y visita obligada al modernista café Majestic, un rato embelesados en la librería Lello e Irmao y un alto en la calle das Flores.

Y todo esto sin perder nunca la sensación de ser un afortunado por haber regresado a esta hermosa ciudad y haberla encontrado en su mejor momento.

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