Ibiza se brinda fácilmente a los excesos y Sublimotion, la propuesta gastronómica de Paco Roncero en la isla, es uno más. El madrileño se ha rodeado de un equipo de chefs que suman diez estrellas Michelin, que han elaborado un menú degustación a un precio de 1.650 euros por cabeza, lo que convierte a Sublimotion en el restaurante más caro del mundo. Código Único ha tenido la oportunidad de estar entre los pocos privilegiados que han cenado en este templo del hedonismo esta temporada. Y esto es lo que hemos vivido.

Por SERGIO MUÑOZ

Los titulares rimbombantes y las cifras estratosféricas preceden a Sublimotion. Veamos. Ofrece un menú diseñado por un elenco de siete chefs que, en total, suman la friolera de diez estrellas Michelin. Es una experiencia gastronómica, escénica, tecnológica y audiovisual preparada para tan solo 12 únicos comensales por pase, a los que atiende un equipo de 23 personas. Y la cuenta final asciende a 1.650 euros por cabeza, de ahí que haya sido bautizado como el restaurante más caro del mundo.

Esto es lo que sé de antemano sobre Sublimotion, así que es fácil imaginar que estoy lleno de ideas preconcebidas y me mata la curiosidad cuando, poco después de las diez de la noche, atravieso junto al resto de comensales la puerta del establecimiento. Una puerta blanca con aspecto de salida de emergencia, sin indicaciones –apenas un discreto neón en la fachada que, misterioso, aparece y desaparece–, situada junto al acceso principal del Hard Rock Hotel. La entrada a este templo del hedonismo pasa totalmente inadvertida entre el trasiego frenético de la noche ibicenca.

«La primera performance gastronómica del mundo» –así define Sublimotion su equipo promocional– celebra este año su quinta temporada, que va de junio a septiembre, con varias incorporaciones. Su núcleo duro en los fogones es el de otros años: los galácticos Paco Roncero –chef de la madrileña Terraza del Casino y los locales Estado Puro e inventor de todo esto–, Dani García, Diego Guerrero y Toño Pérez, a dos estrellas Michelin por barba, más el maestro repostero Paco Torreblanca. A ellos se unen el chef estadounidense de ascendencia coreana David Chang, cuyo restaurante neoyorquino Momofuku Noodle Bar luce también dos flamantes estrellas Michelin; y Marco Fadiga, el chef de la Maison Dom Pérignon, la casa encargada de maridar toda la cena. Desde luego, la parte gastronómica está más que bien cubierta. Pero Sublimotion va más allá de la gastronomía de altos vuelos. Y estoy a punto de comprobarlo. Estoy en el restaurante más caro del mundo.

Empieza el espectáculo…

Entramos. Interior/noche. La recepción de un viejo motel. De un plumazo hemos pasado de estar en plena Playa d’en Bossa, en ebullición en esta noche de junio, a la primera escena de las quince que componen la experiencia Sublimotion. Una azafata con uniforme vintage y un bartender nos dan la bienvenida con un gintonic de jengibre y una galleta de miso. Puro sabor para entrar en ambiente. Después, ‘descendemos’ hasta la sala, blanca y aséptica como un quirófano o, más bien, como un lienzo en el que todo puede ocurrir. Aquí se desplegará el ritual de Sublimotion, esta increíble ocurrencia de Paco Roncero. Y el altar es una gran mesa alrededor de la cual cada uno de los 12 comensales ocupamos nuestro lugar. Nos envuelve un telón rojo proyectado sobre las paredes. Se abre. Empieza el espectáculo.

A partir de aquí, el único hilo argumental de Sublimotion es la sorpresa continua. La actriz española Iris Lezcano es la maestra de ceremonias que nos guía a través de las diferentes escenas. Cada noche, durante toda la temporada –confesará ella más tarde– se prepara como si fuera a salir a las tablas de un teatro. Y así es, no cabe duda: la actriz interpreta, canta, baila y, sobre todo, nos transporta a donde Roncero quiere. Pasamos de la sala principal del Teatro Real a las profundidades del océano. Degustamos las primeras burbujas del Dom Pérignon vintage, el champagne que nos acompará durante toda la cena. Los sonidos submarinos nos envuelven y, entonces, nos sirven la creación que se ha inventado el marbellí Dani García, alma del restaurante BiBo, para Sublimotion: gazpacho cítrico con conchas finas, pimiento amarillo, cilantro, crema de aguacate y tomate cherry amarillo y rojo. De ahí nos vamos a Pandora, el planeta que imaginó James Cameron para la película Avatar, y nos sirven un manjar en forma de precioso jardín colgante, creación de Paco Roncero: su Huerto 2050 es una selección de verduritas con puré de apio, nabo, coliflor y salsa tártara. Se come con pinzas. La tierra es de pan de especias y aceitunas negras. Está tan rico que te comes hasta las piedras, literalmente: una es de alcachofa y trufa y, la otra, de zanahoria e hinojo.

Después hacemos un picnic en mitad de Central Park de la mano de David Chang. Los sonidos de la Gran Manzana se cuelan hasta este rincón de Ibiza. El estadounidense ha creado un almuerzo a base de vieira de Jersey asada con caldo dashi de beicon ahumado, y manzana macerada en kimchi de col, yogur y sirope de arce.

Compartir mesa con Charlot

«¿Le apetecen unas palomitas de foie?», me pregunta una azafata mientras me divierto viendo un fragmento de La quimera del oro, la joya cinematográfica de Charles Chaplin de 1925. Por supuesto. Diego Guerrero, el chef de DSTAgE, se ha inventado un bocado sorprendente –helado, ligero, lleno de sabor– para amenizar la película. Servido, como debe ser, en una caja de cartón, como en los cines. Chaplin está dando buena cuenta de su misérrima cena, una bota vieja, y, cuando me doy la vuelta, ahí está, sobre la mesa, mi bota. ¡Voy a comerme una bota! Y está riquísima: es un tartar de vaca vieja y erizo, creación también de Diego Guerrero.

La sala cambia de nuevo y se convierte en un espacio cibernético. Suena Blade Runner Blues, la melancólica pieza de la película de Ridley Scott. Me calzan unas gafas de realidad virtual y las dos ensaladas que tengo delante, una César y otra Waldorf, cobran vida y a mi alrededor giran el pollo, la lechuga, las nueces, el parmesano… En Sublimotion todo es una sorpresa continua. Los doce congregados no dejamos de viajar. Paco Roncero nos lleva como quiere y a donde quiere. De un cabaret –con truco de magia de Jorge Blass incluido– a un avión, de ahí a un mercado de Tailandia…

Se abre la tierra a mi alrededor. Me sirven una primicia de Dom Pérignon, su Segunda Plenitud, un vino impresionante fruto de dieciséis años de elaboración y una de las joyas de la firma. Marida a la perfección con el ravioli de frutos del mar con su caldo aromatizado y aire de nuez creación de Marco Fadiga, chef de la Maison de Dom Pérignon. Y de ahí al infierno. Pero si es como el que nos propone Toño Pérez, el chef con dos estrellas Michelin del restaurante Atrio de Cáceres, quiero desde ya mismo la condenación eterna. Su tarantelo de atún en adobo con boniato ahumado y yema curada es impresionante. Pero me redime el postre, ese monstruito adorable diseñado por el ilustrador Bakea al que el repostero Paco Torreblanca ha dotado de un cuerpo de mousse de chocolate. Cobra vida ante mis ojos: se enfada, se ríe, me mira… Pero eso no impide que termine hincándole el tenedor. Y en esas me pilla el fin de fiesta. La música de Wally López nos lleva a la catarsis y brindamos con un último cóctel. No olvidemos que estamos en Ibiza. Nos levantamos, aplaudimos. Alegría total.

Un espectáculo total

A pesar de todo lo dicho, cuesta transmitir qué es Sublimotion. Es una experiencia que va más allá de la filigrana técnica, tanto gastronómica como de la producción. La puesta en escena corre a cargo de Vega Factory, Alfonso G. Aguilar es el responsable de la dirección musical y Roberto Díz, del vestuario. Todo está perfectamente integrado. Todos los factores que intervienen en Sublimotion se necesitan. La propuesta gastronómica, de alta escuela, no brillaría tanto sin el show que nos rodea. Y el espectáculo no sería el mismo con un menú degustación menos elaborado. Es, en definitiva, una experiencia emocional para estimular los cinco sentidos.

Y, además, está el hecho de que la mayoría de las noches los comensales que comparten la mesa no se conocen, pero, después de tres horas viviendo juntos esta aventura, riéndose, brindando y sorprendiéndose, terminarán, al menos, tomando una copa. Incluso si tu compañero de mesa es Cristiano Ronaldo, que ya ha pasado por aquí.

Un consejo final: si tienes la suerte de poder vivir Sublimotion, apaga el móvil y déjate llevar. Sí, es difícil no hacer fotos y grabar todo lo que ocurre a tu alrededor para después presumir, pero olvidarte de él será la mejor manera de disfrutar de la experiencia. Y, sobre todo, diviértete. Sublimotion es un alarde gastronómico y un espectáculo engrasado a la perfección pero, antes que nada, un juguete –caro, sí, pero un juguete– diseñado por Paco Roncero y todo el equipo para hacernos felices durante tres horas. Nada más. Y nada menos.

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