Marcel Wanders, desde Ámsterdam, diseña para medio mundo; tanto productos como interiores. Su trabajo ha enamorado a firmas del prestigio de Bisazza, Alessi, Magis, Baccarat, Christofle, Flos, KLM o Louis Vuitton. Iconoclasta y rebelde, también es el director artístico de Moooi, marca que le ha declarado la guerra al fundamentalismo del diseño. Con todos ustedes, Marcel Wanders.

Por ANA DOMÍNGUEZ SIEMENS

Sin lugar a dudas, es uno de los diseñadores más controvertidos de la industria. Con él no hay término medio: o lo amas o lo odias. Es normal que sea así, teniendo en cuenta que Marcel Wanders empezó a trabajar en los años noventa, en el momento álgido del minimalismo, un movimiento que arrasó el mundo con un concepto de paisaje doméstico limpio y puro, donde todo el que se salía de esa línea marcada era considerado poco fiable y casi, casi, un impostor.

Y ahí apareció el expresivo Wanders, con sus estampados de flores, sus dorados, sus sillas de macramé, sus pantallas de lámparas apiladas, sus referencias a la historia de la decoración, ya fuera a través de las patas de un mueble de un siglo anterior o de las escayolas que adornaban los altos techos en otros tiempos.

Hubo quien lo tomó por un frívolo o por un simple provocador, pero no hay que confundirse: Marcel Wanders es un diseñador riguroso, que sabe muy bien lo que hace y que tiene la coherencia entre sus mayores virtudes.

Desde sus comienzos hasta ahora, Wanders ha insistido en una serie de temas que le preocupaban desde que era estudiante y que aún hoy defiende sin dudar. Sus diseños son definitivamente muy personales y preñados de significado. En ellos hay ingredientes como romanticismo, calidez, sorpresa, emoción, drama y algo de teatro. Él los define como «el renacimiento contemporáneo del humanismo».

— CÓDIGO ÚNICO: Este año se han cumplido los cien años del nacimiento de la Bauhaus. Me gustaría saber qué piensas al respecto, tú que ha sido siempre un abanderado contra del Movimiento Moderno, al que consideras culpable de muchos de los males de nuestro tiempo.

— MARCEL WANDERS: Sí, desde luego mi modo de pensar es opuesto al de esa escuela. Pero lo que me parece más importante señalar es que se han olvidado de hacer una autocrítica seria de lo que eran sus propuestas. Todavía la estamos esperando. No hubo nadie que saliera de allí y viese algo negativo en todo ello. Tener fórmulas aprendidas y sin cuestionamiento me parece algo ignorante y estúpido. El Movimiento Moderno creó un dogma que dice que el pasado es irrelevante si estás creando el futuro. Y yo no puedo estar más en desacuerdo con esa afirmación.

— Fue el descubrimiento de Memphis lo que te hizo reaccionar frente a ese tipo de pensamiento, que era el de tus profesores en aquella época, ¿no es así?

— Sí. A mí la aparición del grupo Memphis me cambió la vida. Fue el momento en que comprendí que el diseño no es algo estático e inamovible en el tiempo. Puede cambiar, no es un dogma, una estrategia, un proceso lógico. Con Memphis volvió la humanidad al centro del diseño. Hace poco ha muerto el maestro Alessandro Mendini. Le escribí una carta póstuma de agradecimiento donde le decía que con aquellos movimientos que ocurrieron en los años 80, como Alchimia o Memphis, descubrí que no había verdad, dogma o certeza, y el diseño se convirtió de pronto en algo personal, subjetivo, irracional, libre. Fue entonces cuando descubrí que el diseño era cultura.

— ¿Qué lugar ocupa entonces la historia en tu modo de enfrentarse al diseño?

— Mi trabajo es contemporáneo, pero toma sus referencias de la historia, a la que respeta, de la que aprende, de la que toma cosas prestadas. Me gusta integrar lo nuevo y lo viejo porque es una forma de formar parte de nuestra cultura; si estamos conectados con el pasado, con nuestra historia, lo que hacemos tiene otra dimensión. Me gusta apreciar la belleza de las cosas del pasado y reinventarlas en una especie de new antiques. Si no es así, estamos expuestos a muebles y objetos que rápidamente dejan de estar de moda y que contribuyen a una cultura terrible del usar y tirar. Nada envejece más rápido que lo nuevo. El acto de reciclar no digo que sea malo, pero anima al consumo sin culpa. La mejor opción, para mí, es hacer cosas muy bien hechas, duraderas, que la gente compre poco y bueno en vez de mucho y malo. La calidad hace que las cosas se hereden, que queramos vivir con ellas mucho tiempo, que se las pasemos después a otros. Esto es lo realmente ecológico. Tener menos no debería ser un problema.

— Y, sin embargo, has presentado una pieza en la exposición de Rossana Orlandi en Milán en la que se invitaba a diseñadores a reusar y reinventar los residuos de plástico, un tema crucial para el planeta.

— En la misma línea de pensamiento, incidiendo en la idea de que el reciclado está bien pero no es lo ideal, lo que he presentado es algo que no ha sido reciclado: una sola botella de agua bonita, desechable, que diseñó Ross Lovegrove hace años para Ty Nant y que yo he usado ya unas 200 veces.

— Siempre has sido amante de los arquetipos, esas formas que reconocemos en las cosas. Recuerdo que una vez me contaste que viajando en el metro de Rotterdam, que a veces sale a la superficie, pudiste ver el interior de las casas y descubrir que todo el mundo tenía lámparas con cierto tipo de pantallas, lo que fue el origen de un diseño para Cappellini que consistía en una acumulación de pantallas unas encima de otras.

— Sí, los arquetipos son importantes. Son una forma de hacer objetos nuevos pero que a su vez nos son conocidos, que están en la memoria colectiva, que son formas típicas que reconocemos. Esto es algo muy importante a la hora de hacer un diseño, porque hace que la gente se sienta cómoda con algo que le es familiar. Pero a eso hay que añadirle un toque especial, algo de sorpresa o de emoción, que es lo que lo convierte en un diseño contemporáneo.

— Fuiste uno de los primeros diseñadores en experimentar con la impresión tridimensional, que en aquella época se llamaba «prototipado rápido». ¿Tienes ahora interés en alguna nueva tecnología o material?

La verdad es que esa nunca ha sido mi motivación, la razón para hacer algo. Creo que mi trabajo es innovador, pero no me interesa específicamente lo novedoso, sino el terreno que está entre lo nuevo y lo viejo. Yo diría que es una innovación de tipo cultural o creativo más que tecnológico. Se pueden hacer cosas muy innovadoras con materiales tradicionales como la cerámica o la porcelana, como lo que acabo de presentar en Milán para la firma Lladró.

— Siempre has tenido interés en trabajar con antiguas manufacturas como las de Delft o Baccarat, empapándote de su identidad y su legado para transmitir sus valores de un modo contemporáneo. ¿Es eso lo que has hecho con Lladró?

— Lladró es una compañía con una historia fantástica y un dominio increíble de la técnica. Siempre intentamos hacer una inmersión en este tipo de empresas. Investigamos la marca e intentamos hacer lo mejor incorporando las características de su ADN. Para Lladró hemos hecho una colección de lámparas, unos objetos muy funcionales realizados en porcelana. Son muy femeninas y naturales, con unas formas fluidas, no geométricas, que desafían un poco la lógica de la cerámica. Se llaman Nightbloom y juegan con la transparencia del material para dejar pasar la luz. El resultado es muy sutil debido a la elaboración artesanal y escultórica de las hojas que las componen.

— También has presentado una lámpara para los Objetos Nómadas de Louis Vuitton.

— Sí, en este caso con un material muy diferente, el cristal soplado, dentro de un entramado de tiras de cuero con remates de metal. Venezia se inspira en los clásicos faroles venecianos y su luz es regulable para adaptarse a cada momento.

— En cada Semana del Diseño de Milán, las instalaciones de la firma Moooi, de la que eres cofundador y director creativo, han sido apoteósicas. Sin embargo, la de este año ha sido muy diferente en escala…

— Sí, hemos decidido cambiar de estrategia. En aquellas grandes presentaciones de Milán había un gran número de productos nuevos que eran publicados en toda la prensa y difundidos sin cesar por la red, así que cuando que estaban realmente disponibles para la venta, la gente ya se había cansado de ellos. Incluso existían copias falsas antes de que las sacásemos nosotros. Así que hemos decidido presentar nuestros productos poco a poco, seis veces al año en momentos distintos y ciudades diferentes. Creemos que es más razonable así.

¿Tienes la percepción de que se avecinan cambios también en el mundo del interiorismo, en la manera en que vivimos?

— Antes pensaba que el interior de una casa nos representaba, que era el reflejo de nuestra personalidad, pero ahora creo que está empezando a pasar lo contrario. La gente cada vez viaja más y se muda con más frecuencia. También se usan más las casas de los amigos, en intercambios y alquileres, así que estamos empezando a pensar en nuestras casas con otras personas en mente. Al mismo tiempo, queremos que el restaurante, el gimnasio o el bar al que vamos tengan personalidad, una identidad propia. Creo que la atmósfera de lo privado se está trasladando de sitio.

— Hace un tiempo presentaste un trabajo más cercano al mundo del arte que del diseño en la galería Friedman Benda de Nueva York. Había propuestas perturbadoras, como piezas hechas en Delft pero con tinta negra en vez de azul o un extraño caballito mecedor de bronce y en un tamaño para adultos…

— Sí, es un trabajo que no tiene nada que ver con lo alegre y positivo que busco que sean mis diseños. Son piezas que no pretenden acercarse a la misma audiencia, que reflejan mi dolor, mi lado más oscuro. Acabo de hacer una pieza nueva para ellos, una lámpara, y estoy trabajando en otras. De momento es un work in progress.

— Hacía tiempo que no te veíamos con el collar de cuentas que es un signo indiscutible de tu indumentaria y de tu identidad, pero en Milán te hemos visto llevándolo de nuevo…

— Se llama Rainbow y es una de mis piezas favoritas, una especie de diario personal. Lo compuse hace años con una serie de cuentas que coleccioné y cada una de ellas es un símbolo y tiene un significado especial. Cuentas de cristal de Murano o de Baccarat, una bola de ping pong en miniatura, una bola de barro hecha con mi hija, una perla negra, una pastilla de viagra o una cuenta de porcelana de Deft. Unas están relacionadas con la fertilidad o con la inocencia; otras, con el amor o con la belleza eterna… ¡Pero yo lo llevo porque me trae buena suerte!

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