Frank Gehry, el maestro de la línea curva del Guggenheim

El Museo Guggenheim, el Walt Disney City Hall, la Fundación Louis Vuitton, el nuevo campus de Facebook… Detrás de estos edificios extraordinarios está el cerebro de este canadiense de 90 años de imaginación desbordante, Frank Gehry. Alérgico a la línea recta, en 2019 celebra los 30 años de su premio Pritzker. Repasamos su historia que, como sus obras, tiene algunas aristas, pero se mantiene en pie.

Por SERGIO MUÑOZ

Corría el año 1953, cursaba el cuarto año de universidad y el joven Frank Gehry recibió la lección de su vida. Uno de sus profesores le abordó en el patio y le dijo: «Frank, he estado observándote. Creo que eres un chico con mucho talento y vas a llegar adonde quieras. Solo quiero darte un consejo: no importa lo pequeño que sea el trabajo, no importa de qué se trate, pon tu corazón, tu alma y tu sentido de la responsabilidad en él, y no descartes ninguno».

«Me lo dijo de una forma tan clara y cariñosa –ha explicado Gehry a la revista Forbes– que nunca lo he olvidado y he vivido para ello». Esas palabras de apoyo debieron de ser curativas para un joven que siempre se había sentido un outsider.

Nacido en 1929 en Toronto (Canadá) como Frank Owen Goldberg, su origen humilde –la familia regentaba una ferretería– y el apellido inequívocamente judío pesaban como una losa.

«Cuando eres un niño de ocho años y te pegan por haber matado a Cristo, y vives en una comunidad eminentemente antisemita, eres un outsider. Cuando vas a un restaurante en Toronto con tu padre y en el cartel pone que no se permite la entrada a judíos, eres un outsider», explicó años más tarde al recibir el premio Getty.

En 1947 su padre sufrió un ataque al corazón y perdió el negocio. En busca de fortuna, los Goldberg se mudaron a Estados Unidos y se instalaron en un apartamento de dos habitaciones en el downtown de Los Ángeles. El cabeza de familia encontró trabajo en una licorería cuatro casas más abajo.

El joven Frank conducía camiones por el día y asistía al turno de noche en Los Angeles City College. Después de asistir a una clase de dibujo arquitectónico, quedó atrapado por aquella disciplina y en 1949 entró en la University of Southern California.

Era la década de 1950 y el rechazo a los judíos impregnaba la sociedad estadounidense. Sus profesores le recomendaron que, si quería triunfar, debía cambiar su apellido. En 1954, cuando nació su primer hijo, fruto del matrimonio con su primera esposa, Anita Snyder, eligió Gehry.

En 1962, tras una etapa de aprendizaje en diversos estudios de arquitectura, abre el suyo propio en Santa Mónica (California). La decisión de permanecer en la Costa Oeste ha tenido un peso fundamental en la obra de Gehry. Mientras otros arquitectos se instalaban en Nueva York, donde se cocían todas las tendencias y la competencia era feroz, él decidió desarrollar su trabajo en la periferia, lo que le sirvió para tener una voz propia y original.

Su propia casa en Santa Mónica, diseñada en 1978, se convirtió en un manifiesto. Gehry transformó una vivienda preexistente en algo totalmente distinto, añadiendo volúmenes con materiales baratos. El resultado fue personalísimo y trazó las líneas maestras de su obra: los volúmenes, el deconstructivismo y la atracción por la línea curva.


Un éxito cimentado en la colaboración

3.173 millones de euros generó el Museo Guggenheim de Bilbao durante sus primeros cinco años de historia, lo que supuso 37 veces el coste de construcción del edificio.

130 empleados de muy diversas disciplinas, muchos de ellos arquitectos senior, trabajan en el estudio Gehry Partners PLL, ubicado en Los Ángeles.

8 socios forman parte de la sociedad: John Bowers, Jennifer Ehrman, Berta Gehry, Meaghan Lloyd, David Nam, Tensho Takemori, Laurence Tighe y Craig Webb.


Durante la década de 1980, Gehry firma proyectos como la Loyola Law School de Los Ángeles o el Museo Vitra de Alemania. Sus edificios empiezan a dar que hablar y en 1989 recibe el Premio Pritzker, el galardón más prestigioso de la arquitectura.

Gehry ya tiene el respeto de la profesión, y el reconocimiento del público no tarda en llegar. En 1991 se impone a Arata Isozaki y Coop Himmelblau para construir en Bilbao el nuevo museo de la Fundación Guggenheim. Su inauguración, en 1997, tuvo una repercusión planetaria y el proyecto supuso un cambio radical para una ciudad en crisis tras el declive de su sector industrial.

A partir de ese momento, el arquitecto se convierte en estratosférico. Todas las ciudades quieren tener ‘un Gehry’. En 2001 crea su actual estudio, Gehry Partners LLP, una verdadera fábrica de la creatividad. Aunque tiene un ejército de empleados y ocho socios de su plena confianza, cada proyecto del estudio es diseñado y dirigido personalmente por el propio Gehry.

El proceso creativo y productivo del canadiense tiene un gran componente tecnológico. Desde la construcción de la escultura Pez de la Villa Olímpica de Barcelona, entre 1989 y 1992, Gehry comenzó a emplear CATIA, un software desarrollado por la compañía francesa Dassault utilizado por la industria aeroespacial.

Esta tecnología le permite crear modelos muy precisos de sus complejos edificios, materializando los bocetos a mano alzada de Gehry, cercanos al garabato, y cumplir rigurosamente con los costes. Gracias a esta forma de trabajar, consiguió que el Guggenheim de Bilbao, presupuestado en cien millones de dólares, costara 97.

En 2019 se cumplen tres décadas de su Pritzker, Gehry ha cumplido 90 años y sigue en activo, con la imaginación intacta y el estudio a pleno rendimiento. En 2020 inaugurará la Torre Luma, en Arlés (Francia). Para el diseño se ha inspirado en el cuadro La noche estrellada de Van Gogh, íntimamente ligado a esa ciudad donde estuvo ingresado en un sanatorio. La fachada de placas de aluminio evoca los reflejos de las estrellas de ese lienzo.

En la historia de la arquitectura, Gehry tiene ya su propio hueco. Sin embargo, su historia personal siempre le persigue: «En mí sigue habiendo un poco del aquel niño pequeño de Toronto del que aún no me he podido deshacer».

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