Así es la Quinta Avenida: lo mejor de Nueva York

La Quinta Avenida, con sus más de diez kilómetros de longitud y 200 años de historia, es una pasarela de sueños y vanidades, el perfecto reflejo de la más dinámica, atrevida y fascinante de las ciudades: Nueva York.

Por RODRIGO PADILLA

Era una barrera y un título: 400. Distinguía al dinero viejo del dinero nuevo, decidía quién miraba por encima del hombro a quién. No aludía a los millones de dólares en acciones o a los miles de acres en propiedad, era el número de personas que cabían en el hall de la mansión de los Astor en la Quinta Avenida. No es casualidad que la Lista Forbes de los más ricos de América también tiene este número: Forbes 400.

Cada año, Caroline Schemerhorn Astor, esposa de John Jacob Astor IV, celebraba allí un baile al que solo accedían los 400 apellidos más nobles de Nueva York. Y todos los años, Alva Vanderbilt, esposa del magnate de los ferrocarriles William K. Vanderbilt, un advenedizo, esperaba una invitación que nunca llegaba.

Entrar en los 400 se convirtió en su obsesión. Y desarrolló una estrategia a medio plazo. Primero, encargó una mansión que dejara pequeña a la de los Astor. En la Quinta Avenida, dónde si no. El arquitecto responsable entendió a la perfección que Alva Vanderbilt no quería una casa, lo que quería era un ariete para echar abajo las puertas de la alta sociedad neoyorquina.

El resultado fue un palacio gótico tan espectacular por fuera como lujoso por dentro, perfecto para la siguiente fase del asalto a la élite: organizar el baile definitivo. No para 400 personas, sino para 1.200… entre las que, obviamente, no figuraba miss Carrie Astor. El berrinche de la joven terminó con la orgullosa Caroline Astor pidiendo en persona una invitación para su hija.

La noche del 26 de marzo de 1883, la fiesta más increíble que Nueva York jamás viera certificó la victoria de Vanderbilt y la humillación de los Astor. Pero la clave de esta historia es otra: aquel maravilloso chateau no estuvo en pie ni 50 años. Vendido y revendido a diferentes promotores, fue demolido en 1926 para construir varias torres que, a su vez, fueron sustituidas en 1957 por un complejo de oficinas de 41 pisos que hoy alberga la tienda de Zara.

El palacio de los Astor corrió parecida suerte: Caroline lo abandonó en 1894, cuando las obras del vecino Waldorf Astoria empezaron a resultarle molestas. El lujoso hotel, por su parte, no pasó de 1929, cuando cedió su solar al nuevo icono de la ciudad: el Empire State Building.

La historia de la Quinta Avenida es una constante adaptación a los tiempos, un surfear las olas de especulación inmobiliaria que bañan las costas de Manhattan desde que el Nuevo Mundo es el Nuevo Mundo. Allí donde convergen el Hudson y el Atlántico, donde se cruzan rutas comerciales y sueños de prosperidad, donde la Estatua de la Libertad recibe a millones de personas de toda raza y condición, tiene su origen una onda vital que atraviesa la isla de punta a punta desde los tiempos en los que Nueva York se llamaba Nueva Ámsterdam.

Y lo hace a lo largo de una calle que, aunque en el siglo XVIII todavía era un camino embarrado que salía del cogollo de la vieja colonia holandesa y se perdía hacia el interior agreste de Manhattan, tenía ya un nombre premonitorio: Middle Road.


La Quinta Avenida: La calle del mundo 11

Nueva York cicatriza


En 1811, aquella calle de en medio pasó a ser el eje central de un plan urbanístico pensado para organizar un crecimiento que ya se sabía imparable. Nació así el diseño cuadriculado que preside el mapa de Manhattan, y que se fue llenando de edificios a un ritmo frenético.

Los planificadores usaron la flamante Quinta Avenida como referencia para la nomenclatura de las calles trasversales, divididas a partir de ella en este y oeste y numeradas en sentido ascendente desde su nacimiento en Washington Square.

Debido a esa centralidad, se convirtió en la arteria más codiciada de la ciudad y en escenario de un fenómeno migratorio protagonizado por la aristocracia urbana. Cuando en 1854 Caroline Astor levantó su residencia en el cruce con la calle 34, trajo consigo al resto de la jet set, y esta parte de la Quinta Avenida, el Midtown, se cubrió de mansiones.

La mayoría de ellas fueron sustituidas a comienzos del siglo XX por edificios de muchos pisos y un halo de elegancia art déco, neoclásica o renacentista que hoy todavía asoma aquí y allá entre los rascacielos de acero y cristal de una de las zonas de compras más exclusivas del mundo, con tiendas que van desde Tiffany y Cartier hasta Apple y FAO Schwarz, la enorme juguetería donde Tom Hanks disfruta como un niño en la película Big.

Los Astor y los Vanderbilt, y los Duke y los Carnegie y los Frick, abandonaron sus mansiones pero no su amada Quinta Avenida, en la que nunca quisieron metro ni tranvía, en la que los semáforos eran de bronce y estaban coronados por un dios Mercurio. La tranquilidad que buscaban la encontraron a partir de la calle 59.

Allí, frente a Central Park, levantaron sus nuevas residencias en espera de que la siguiente marea los empujara otra vez, ahora con esos edificios de apartamentos con toldo y portero a la entrada que conocemos de las películas. Como legado de su paso y del mecenazgo entendido como competición, quedaron el Metropolitan Museum of Art o el espectacular Solomon R. Guggenheim, entre otras joyas de la Museum Mille.

La vieja nobleza no pudo seguir escapando de la vulgaridad de los yuppies de Wall Street corriendo Quinta Avenida arriba, y su rastro se pierde camino de los Hamptons. La razón es que, a la altura de la calle 96, el empuje que ascendía desde Nueva Ámsterdam chocó con otro, distinto pero también incuestionablemente neoyorquino, que descendía desde Nueva Haarlem.

A mediados del XIX, mientras los palacetes florecían en el Midtown, el ferrocarril había acelerado la llegada al barrio de emigrantes europeos, sobre todo italianos, en busca de pisos baratos. La prosperidad de la ciudad siguió atrayendo más y más gente durante el siglo XX. El relevo lo tomaron los afroamericanos y el jazz del Cotton Club y el Teatro Apollo. Tras la Gran Depresión, la siguiente oleada migratoria fue la de los puertorriqueños. Hoy, la Quinta Avenida es la frontera entre el Harlem negro al oeste y los Harlem italiano e hispano al este.

A partir de la calle 132 todo se vuelve más impersonal. Poco queda del espíritu que se intuye en la otra punta de la avenida, en el céntrico arco de Washington Square que conmemora la toma de posesión del primer presidente en la por entonces capital del país, a medio camino entre el World Trade Center y el Empire State.

A casi 11 km de su nacimiento, y tras pasar del lujo al gueto, de la aristocracia más refractaria al crisol de culturas, la Quinta Avenida, reducida a un único carril, se encuentra con el tráfico que viene por la autopista de circunvalación. Al otro lado, el Bronx. Porque Nueva York no acaba nunca.

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