El Big Ben cumple 160 años dando la hora en Londres

El 31 de mayo de 1859 inició su ‘inagotable’ desgranar del tiempo el reloj de la Elizabeth Tower de Londres, conocida desde siempre como la torre del Big Ben. Aunque lleva dos años parado, es uno de los emblemas de la ‘City’.

Por RODRIGO PADILLA

«Ya era hora». Ese fue el comentario que, con una sonrisa burlona, se hicieron muchos londinenses al ver que la aguja de los minutos empezaba a moverse en lo alto de una de las torres del nuevo Westminster. El reloj más grande del mundo echaba a andar en Londres después de años de retrasos, contratiempos y chapuzas.

La construcción del mecanismo se le había encargado al maestro relojero Edward Dent, pero falleció al poco tiempo y el relevo lo tomó un ahijado que resultó no estar a la altura. Más tarde se descubrió que el reloj no entraba en el hueco previsto en la torre y, al instalar las agujas, se vio que eran demasiado pesadas. Lo peor es que, tras rehacerlas, pesaban aún más.

Algo parecido sucedió con Big Ben –la campana bautizada así por sir Benjamin Hall, el comisionado del proyecto–, que hubo que refundir y que se rompió en su primera prueba. Conociendo a los británicos, seguro que empezaron a cruzar apuestas sobre cuál sería el siguiente desastre.

El desastre original, el que propició la reconstrucción del palacio de Westminster, fue el incendio que en 1834 devoró el viejo edificio, levantado por Eduardo el Confesor en el siglo XI y que fue paulatinamente ampliado por sus sucesores. Nacido como residencia real, allí se reunió el primer parlamento de Inglaterra en 1295, y con el tiempo se convirtió en su sede fija.

Un año después del incendio, se decidió reconstruir el palacio en el mismo emplazamiento. El proyecto elegido fue el del arquitecto Charles Barry, que recurrió a la ayuda de Augustus Pugin, un especialista en el estilo neogótico que se le quería dar al nuevo palacio. También fue él quien diseñó la torre del Big Ben y las cuatro caras del reloj, adornadas con un mosaico de 312 cristales blancos.

La construcción del complejo empezó en 1840 y se fue completando por fases. La Cámara de los Lores se terminó en 1847, la de los Comunes en 1852. Cuando se inauguró oficialmente el reloj y su juego de campanas, el 11 de julio de 1859 –que habían echado a andar un mes y medio antes, un 31 de mayo–, aún quedaba por delante una década de trabajos hasta acabar por completo el imponente edificio.

El Big Ben, convertido en símbolo de la capital británica, ha sido testigo de los bombardeos nazis, de la defunción del Imperio y quién sabe si también lo será del Brexit. En 1952 asistió a la llegada al trono de la reina Isabel, y en 2012, sesenta años después, cambió su nombre oficial de Watch Tower a Elizabeth Tower en su honor.

Hoy, su viejo reloj lleva dos años parado, sometido a una restauración urgente. Está previsto que retome su tictac en 2021. Cuando el tañer de la gran campana vuelva a resonar, acompañado por los inconfundibles Cuartos de Westminster, es probable que los londinenses alcen la mirada y, siglo y medio más tarde, digan de nuevo: «ya era hora». Solo que esta vez lo harán con un escalofrío de emoción.

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