Norman Foster, el arquitecto ‘vedette’

Nació en uno de los barrios más pobres de Manchester, pero no se resignó a su destino. La reconstrucción del Reichstag de Berlín le colocó en la élite y le abrió las puertas para transformar ciudades de todo el planeta. Hoy, Norman Foster es el arquitecto más rico del mundo.

Por VÍCTOR GODED

Si alguien busca Manchester en Internet hallará que es la primera ciudad industrializada de la historia. De hecho, fue clave en la Revolución Industrial. Si continúa indagando saldrá a relucir que acoge al Manchester United, el club de fútbol más rico del mundo, y al Manchester City de Pep Guardiola, vigente campeón de la Premier League.

Norman Foster, a la conquista de Abu Dhabi

Y si hace una batida más extensa descubrirá que, hace medio siglo, el centro de la ciudad estaba dividido por unas vías que demarcaban, literalmente, los barrios suburbiales de la clase media. Ahí, en la zona más pobre, se crió el millonario arquitecto Norman Foster.   

Hijo del dueño de una tienda de empeño y de una camarera, Foster siempre fue consciente de que su futuro debía labrárselo él mismo. En su casa no había televisión ni teléfono ni libros. Por no haber, no tenía ni cuarto de baño y debía apañárselas con un barreño. Tampoco le gustaba jugar con los chavales del barrio y los únicos momentos alegres que recuerda cuando era niño eran de cuando iba a la playa, en Blackpool.

Todo cambia en la Universidad

Comenzó a rozar la felicidad cuando ingresó en la Universidad para estudiar Arquitectura y Urbanismo. «Que en mi barrio alguien aspirara a tener una carrera era tan inaudito como que uno llegara a ser Papa», asegura. Tres circunstancias se alinearon para que el joven Norman acabase en esa facultad mancuniana. La primera, que no tenía dinero para costearse su gran sueño: pilotar. La segunda, que su psicólogo, inspirado por la pasión por la pintura que veía en él, le orientó para que realizase un trabajo creativo. Y la tercera fue su intención de seguir el camino de genios de la arquitectura como Frank Lloyd Wright y Le Corbusier.

Gracias a esa convicción fue capaz de pagarse los estudios trabajando como vendedor de muebles, panadero, empleado en una heladería o portero de discoteca. «Como estudiante, e incluso ahora, siempre tuve interés por los espacios y las ciudades. Me llama la atención la arquitectura, no los arquitectos», aseguraba en una entrevista al diario ABC.

En 1961, tras graduarse, obtuvo una beca para cursar un posgrado en Yale, lo que le permitió escapar de la opresiva Manchester. Aquel fue un viaje académico y reflexivo que le proporcionó la paz necesaria para regresar a su país de origen dos años después. Sus progenitores, orgullosos del cariz que estaba tomando la trayectoria de su retoño, fueron testigos de su pistoletazo de salida en el mercado laboral arquitectónico. Fundó, junto a su primera mujer –Wendy Cheesman–, Richard Rogers y Georgie Wolton, el estudio Team 4. Sin perder el tiempo y de forma paralela, montó junto a su esposa la firma Foster Associates.      

Sus primeros trabajos fueron proyectos para uso residencial e industrial; obras austeras, recias, sin elementos superfluos. Pero la apuesta por las superficies curvas y el empleo de un enorme abanico de materiales constructivos, así como su obsesión por integrar la arquitectura con la naturaleza, respetando el medio ambiente, no tardó en llegar. Su nombre ya empezaba a sonar más allá de los corrillos especializados.


«Que en mi barrio de Manchester alguien aspirara a tener una carrera era tan inaudito como que llegara a ser Papa»


El salto definitivo lo dio con las oficinas centrales de la Hong Kong & Shanghai Banking Corporation, una obra maestra, según los críticos, que revolucionó el concepto de edificios de oficinas para siempre, dando prioridad a la luz natural. Pero lo mejor estaba por llegar.

El escenario era Berlín, epicentro de la Alemania reunificada tras la caída del muro en 1989. Y la oportunidad, muy jugosa: un concurso para reconstruir el Reichstag diseñado por Paul Wallot a finales del siglo XIX, para que albergara el nuevo Bundestag, el Parlamento alemán.

El proyecto de Norman Foster –que ya ejercía con el título de Sir acreditado desde 1990 de manos de la Reina– se impuso a los del holandés Piet De Bruyn y Santiago Calatrava en una carrera que no estuvo exenta de polémica. El español le acusó, con denuncias en los tribunales, de copiarle la idea. «Foster es un hombre temible y un arquitecto mediocre», maldijo el español. De nada sirvió judicializar el proceso: el proyecto de Foster, con su imponente cúpula, se llevó al gato al agua y acabó convirtiendo al británico en la nueva vedette de la arquitectura moderna.

No hay prácticamente nadie en el mundo occidental que no sepa quién es Norman Foster. Y sería difícil también encontrar a alguien sin una opinión sobre su figura o sus obras, porque en el último cuarto de siglo no hay una ciudad importante que no tenga un edificio suyo: Sidney, Pekín, Nueva York, Toronto, Buenos Aires, Panamá, Ciudad de México, Varsovia… Es el rey Midas de la construcción. Y todo ese ‘oro’ lo ha convertido en el arquitecto más rico del mundo.

Entre sus conquistas también está España. Aunque, en realidad, es España quien le conquistado a él. Está casado con la psicóloga Elena Ochoa, con quien tiene dos hijos, y tiene una de sus residencias en Madrid (las otras están en el Reino Unido, Estados Unidos y Suiza). Esa casa de Madrid  es la base de operaciones desde la que está transformando el paisaje hispano: el Metro de Bilbao, el Palacio de Congresos de Valencia, el rascacielos de Caja Madrid, la torre Collserola y, como todo arquitecto estrella que se precie, una bodega en la Ribera del Duero (Portia), una especie de examen que ya pasaron en su día Frank Gehry, Richard Rogers o su antiguo amigo Calatrava.

A sus 82 años y ya con con el título de Lord orlando su nombre y su apellido, Norman Foster sigue mirando al futuro sin que nada indique que tenga intención de parar. Su siguiente trabajo en España es la reforma del Museo del Prado y del entorno de los Jerónimos. Mientras, continúa soñando con ser como Phileas Fogg, el protagonista de La vuelta al mundo en 80 días, y conquistar el mundo entero. Pero, ¿acaso no lo ha conseguido ya?

300 millones de euros

Esa es la cifra anual que factura Foster + Partners, de la que es accionista mayoritario. El 80% de sus ingresos son internacionales. Ha levantado más de 300 edificios que han redefinido el skyline mundial.

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