Reinventó la moda y redefinió el concepto de lo exclusivo. Con ella el lujo abandonó mucho de sus artificios y pasó a ser algo cómodo y sencillo. Pero atención, porque su trayectoria fue mucho más lejos y no faltan en ella nazis, espías, poderosos amantes ni traiciones. Esta es la historia de una humilde huerfanita que acabó por crear un imperio.

Por Juan Vilá  

La mayor parte de la humanidad jamás podrá vestir una de sus prendas. Ni usar sus carísimos perfumes. Pero todo el mundo puede repetir las citas de Coco Chanel. Quizá por eso son tan populares. Y también por su innegable mezcla de lucidez, ingenio y cinismo.

Apréndanse, por ejemplo, alguna de estas frases y guárdenla en la recámara para cuando llegue la ocasión: «Las mejores cosas de la vida son gratis. Las segundas mejores son muy muy caras», «Vístete hoy como si fueras a conocer a tu peor enemigo» o «Hay tiempo para trabajar y hay tiempo para amar. A partir de ahí, no hay tiempo para nada más».

«Las mejores cosas de la vida son gratis. Las segundas mejores son muy muy caras»

Suenan sofisticadas e inteligentes. Nadie mejor que ella para explicarnos en qué consiste el lujo. O en qué se convirtió este concepto tan poliédrico, escurridizo y lleno de peligros tras pasar por sus manos y su cabeza. La primera de sus definiciones nos acerca a su dura infancia: «Algunas personas piensan que el lujo es lo opuesto de la pobreza. No lo es. Es lo contrario de la vulgaridad». Y, en efecto, ella sabía bien de lo que hablaba y lo que era sufrir todo tipo de privaciones, aunque nunca le gustó reconocerlo e inventó diferentes embustes para ocultar sus orígenes.

Gabrielle Bonheur Chanel nació el 19 de agosto de 1883 en un hospital de la beneficencia. Su madre era lavandera y su padre, vendedor ambulante de ropa, así que ya desde niña estuvo en contacto con la indumentaria y los trapos. Solo que desde el lado más humilde y áspero. Tanto, que al morir la madre de tuberculosis, Coco tuvo que abandonar la habitación en la que vivía hacinada junto a sus progenitores y sus cuatro hermanos e ingresar en un orfanato. Tenía 12 años y las monjas que estaban a cargo de la institución la enseñaron a coser, algo que nunca terminó de gustarle. Su sueño, además, era otro. Ella quería cantar y lo hizo en distintos cabarets durante su juventud, compaginándolo con el trabajo de modista, sin demasiado éxito.

Pero mejor, volvamos a esa austeridad impuesta de sus primeros días y cómo pudo marcar su estilo y su reinterpretación del lujo que nada tiene que ver con el exceso, los oropeles o la ostentación de otras épocas, u otras sensibilidades. Más bien al contrario. «Ella inventó el genre pauvre, o look pobre. Puso a las mujeres jerséis de hombre, creó un vestido de punto basado en las rayas marineras. Usó la blusa de mecánico, el cuello y los puños blancos de los camareros, popularizó los pantalones, los zapatos sin talón, los vestidos de algodón», escribió la revista Time en 1957, cuando Chanel ya estaba más que consagrada, tratando de definir lo que la había hecho tan especial. Ella resumió en una sola frase su ideal estético: «La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia».

Segunda lección: «El lujo es una necesidad que empieza cuando la necesidad acaba». Y eso en la vida de Chanel ocurrió cuando conoció a su amante y heredero textil Étienne Balsan. Él la instaló en su castillo y le descubrió los caprichos que solo unos pocos pueden permitirse: perlas, diamantes, fiestas interminables… La precariedad quedaba atrás. Aunque fue Boy Capel, amigo de Balsan y también amante de Coco, quien le dejó el dinero para que abriera su primera tienda en 1910. Dicen que él fue su gran amor. Tan grande que ni siquiera el hecho de que se casara con otra interrumpió la relación y juntos siguieron hasta la muerte de Capel en un accidente de coche en 1919.

Para entonces, la diseñadora contaba con tres tiendas más y la necesidad, en todo caso, era la de sus clientas por comprar sus creaciones. De los sombreros pronto pasó a los jerséis de punto y la costura. Los locos años 20 arrancaron con el lanzamiento de su primer perfume, el mítico Nº5, y el encuentro con Pierre Wertheimer. Él prometió encargarse de todo lo referente a la fragancia a cambio del 70% de los ingresos. Théophile Bader, dueño de Galerías Lafayette, se quedaba con el 20 y a Coco le dejaron solo un 10. Lo que nos lleva a una de las etapas más negras de Chanel: su relación con el nazismo en la Francia ocupada.

Lo de menos fue su romance con el diplomático y jerarca alemán Hans Günther von Dincklage. Lo peor es que él la reclutó como espía y ella intentó utilizar esa situación para solucionar su problema con los perfumes, ya que su socio Wertheimer era judío. Fracasó. Como también falló en su misión más importante al servicio del Tercer Reich: convencer a su amigo Winston Churchill, para que firmara la paz con Alemania. De lo que sí se libró fue de las represalias tras acabar la guerra. La interrogaron pero no pudieron demostrar nada. No fue juzgada ni depurada ni mucho menos condenada a muerte.  Y tampoco la raparon al cero como a tantas otras francesas que se mostraron cercanas a las tropas nazis.

Cerramos ya con algo muy distinto, la tercera lección que la diseñadora dejó: «El lujo debe ser cómodo, de otra manera no es lujo». Así que ya saben: relájense, no sufran por presumir ni por aparentar ni cualquier otra tontería por el estilo. Y ya puestos, quédense con esta otra cita. Llegados a este punto, quizá sea la única que de verdad importa: «Sé elegante o sé cualquier cosa, pero no seas cutre».