Transparencia. Pureza. Ligereza. Esos son los tres conceptos que más se repiten para definir la obra de la arquitecta japonesa Kazuyo Sejima, uno de los nombres fundamentales, junto a su socio Ryue Nishizawa, en la arquitectura contemporánea.

Por JUAN VILÁ

«Por una arquitectura que es, al mismo tiempo, delicada y poderosa, precisa y fluida, ingeniosa pero no demasiado. Por la creación de edificios que interactúan con su contexto y con las actividades que se desarrollan en ellos, generando una sensación de plenitud y una experiencia exquisita. Por un lenguaje arquitectónico que brota de un proceso colaborativo único e inspiracional». Con estas palabras anunciaba el jurado del Premio Pritzker –que concede la fundación estadounidense Hyatt y conocido como el Nobel de la arquitectura– que el galardón de 2010 había recaído en los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa, socios en el estudio Sanaa.

Sejima se convertía así en la segunda mujer distinguida con el premio después de que Zaha Hadid se hiciera con él en 2004. Y aún habría que esperar otros pocos años para que, en 2017, lo lograra una tercera y, por el momento, última arquitecta: la española Carme Pigem, reconocida junto a Rafael Aranda y Ramon Vilalta, sus compañeros en RCR Arquitectes.

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Pero centrémonos en la japonesa. Esa noche, después de recibir la noticia, Sejima se fue a trabajar. Era domingo, pero su despacho se mantiene en funcionamiento los siete días de la semana hasta las tres de la madrugada. Cuentan, incluso, que los empleados y ella duermen muchas veces debajo de sus mesas cuando el agotamiento les vence. Una anécdota que dice mucho sobre ella, su forma de entender la vida y su entrega absoluta al trabajo.


«No soy una persona muy eficiente. Siempre estoy pensando. Sé que el tiempo es importante, pero hago una arquitectura lenta»


Aunque lo cierto es que tampoco a Sejima le gusta dar demasiadas explicaciones sobre sí misma ni exponerse en los medios. Frente al exhibicionismo de otros arquitectos estrella, ella siempre opta por la discreción. O dicho con sus propias palabras: «Ser arquitecta. A mí solo me interesa hacer arquitectura». Exactamente igual que su obra, que rehuye del espectáculo para centrarse en cierto minimalismo que algunos han llamado poético.

Arquitecta desde niña

Kazuyo Sejima nació en 1956 en Ibaraki (Japón). Su padre era ingeniero y su madre provenía de una familia de origen aristocrático. «Cuando estaba en primaria, mis padres se construyeron una casa y mi madre trajo una revista en la que aparecía una foto de la Sky House, de Kiyonori Kikutake. Un volumen único y simple, elevado sobre columnas placa. La vi por accidente pero me dejó muy impresionada que pudiera existir un edificio así», ha contado Sejima sobre cómo surgió su interés por la arquitectura.

Luego estudió en la Universidad de Mujeres de Japón y al terminar la carrera entró a trabajar en el estudio de Toyo Ito, uno de los arquitectos más importantes del país y ganador también del Premio Pritzker. «Creo que ella es una de las primeras arquitectas que pensaron como un diseñador de moda. Otros conciben la arquitectura en términos de teoría y palabras, pero ella lo hace mediante su cuerpo y sus instintos», ha explicado el maestro sobre su discípula.

Tras seis años junto a Ito, Sejima tomó la decisión de montar su propio estudio. Fue allí donde conoció a Ryue Nishizawa, uno de sus empleados y diez años menor que ella, con el que se asoció en 1995. Juntos crearon Sanaa, un estudio dedicado fundamentalmente a encarar grandes proyectos y concursos internacionales. Porque, a pesar de ser socios, Sejima y Nishizawa siguen preservando su propio espacio personal para encargos más pequeños –casas, tiendas, interiores–, que cada uno resuelve de manera individual.

Kazuyo Sejima, la arquitecta de la sencillez Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa, socios en el estudio Sanaa.

«Él es muy inteligente. A veces tenemos discusiones muy fuertes, pero gracias a ello me doy cuenta de cosas de las que no sería consciente por mí misma. Él me hace dudar siempre y creo que eso es bueno», ha comentado Sejima sobre su compañero. Nishizawa, por su parte, y muchos años después de haber montado juntos el estudio, explicitaba de manera muy clara cuál era la jerarquía: «Ella es todavía la jefa. Solo somos socios visto desde fuera».


«Hay que pensar siempre en el entorno. Lo ideal es crear edificios que lo mejoren y que, al mismo tiempo, ellos también se beneficien de los demás»


Entre sus obras destaca el Centro de Aprendizaje Rolex, en Lausana, edificio de una sola planta de hormigón armado y cristal, y en el que llaman la atención sus curvas y formas orgánicas. También el Nuevo Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, donde parecen haberse apilado una serie de cajas rectangulares. O el edificio de Christian Dior, en el barrio tokiota de Omotesando, un gran prisma de metal y cristal.

Tres ejemplos que ponen de manifiesto la capacidad de Sejima para innovar y no acomodarse, para adaptar su estilo a las necesidades de cada proyecto y seguir conservando el mismo espíritu. Aunque al hablar de sus obras, conviene recordar también todas las pequeñas viviendas unifamiliares que ha construido a lo largo de su carrera y a las que ella da casi tanta importancia como a los grandes proyectos internacionales.

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«Siempre hay que pensar qué aspecto va a tener tu edificio junto a los que le rodean
–explica–. Eso no significa que tengas que imitarlos ni hacer que los otros parezcan feos. Lo ideal es crear uno cuya presencia mejore el entorno y, al mismo tiempo, que él también se beneficie de los demás».

España pudo haber contado con una de sus obras, pero los planes se quedaron a medias. Se la llamó la ‘piel del IVAM’, una gran estructura metálica que iba a rodear por completo el centro de arte valenciano y que iba a permitir que entraran tanto la luz como el aire. Ese, al menos, fue el proyecto que Sejima y su socio presentaron en 2003 y que un año después ganó el León de Oro en la Bienal de Venecia. Aunque luego las prioridades políticas cambiaron, llegó la crisis y los 45 millones de euros que en un principio costaba la obra se convirtieron en un obstáculo insalvable.

«No soy una persona muy eficiente. Siempre estoy pensando. Sé que el tiempo es importante, pero hago una arquitectura lenta», asegura Sejima, y una vez más parece situarse al margen de cualquier imperativo del mundo actual. Como si su cuidado absoluto por el detalle y su perfeccionismo fueran en realidad una forma de resistencia. O como si la delicadeza de su obra fuera también una manera de llevar la contraria.

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