Paradores: 90 años de lujo y exclusividad

El 9 de octubre de 1928, Alfonso XIII inauguró en el corazón de la sierra de Gredos el primer parador de una red que cumple 90 años

Por RODRIGO PADILLA

El rey lo tuvo claro enseguida. La idea no solo le pareció buena, sino que conocía el sitio ideal para llevarla a cabo: el alto del Risquillo, con unas hermosas vistas sobre el valle del Tormes por un lado y la sierra de Piedrahita por el otro, a los pies de esa mole de roca que es la sierra de Gredos, en Ávila.

Las cabras montesas que vivían en sus riscos eran el motivo de que Alfonso XIII conociera tan bien el lugar: para asegurar su supervivencia, se convirtió toda la zona en coto real de caza en 1905, y el monarca era un asiduo visitante.

Así, cuando el marqués de la Vega-Inclán propuso en 1926 la creación de una serie de alojamientos de calidad en parajes de belleza natural o en lugares de interés histórico y cultural, el rey señaló en el mapa un punto muy concreto junto a Navarredonda de Gredos. Ese mismo año se iniciaron las obras.


Parador de Gredos 8Paradores: 10 habitaciones con historia

El marqués de la Vega-Inclán llevaba al frente de la Comisaría Regia de Turismo desde su creación en 1911. En una España atrasada, el fomento del turismo internacional se presentaba como una fuente de ingresos y, también, como una forma de mejorar el prestigio del país aprovechando su enorme patrimonio natural y artístico.

Una de las medidas más acuciantes era la construcción de una red de alojamientos de calidad, de la que España carecía. En las principales ciudades se levantaron hoteles de lujo y establecimientos de aire más tradicional, conocidos como hospederías.

Fueron estas el germen de la idea que desembocó en el Parador de Gredos, al que siguieron, en 1929, la Hostería del Estudiante en Alcalá de Henares y el Parador de Ciudad Rodrigo. La red no ha dejado de crecer desde entonces: hoy reúne casi un centenar de establecimientos, que suman más de diez mil plazas.

El Parador de Gredos, con sus gruesos muros de piedra y sus tejados de pizarra, parece un Escorial en miniatura entre los pinares de la sierra. El interior, aunque reformado y actualizado, conserva un aire igualmente clásico, con suelos de madera, trofeos de caza y cuadros de escenas agrícolas en las paredes y pesados doseles sobre las camas.

Impagables son las terrazas de la fachada suroeste, con sus vistas sobre las cumbres nevadas durante buena parte del año. Esta naturaleza impresionante que lo rodea es su principal atractivo, con multitud de puntos de interés tanto para los amantes del montañismo como para los incondicionales del chuletón de Ávila, otro tesoro incontestable.

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