Islas Cíes, un paraíso a tiro de piedra de Vigo

Islas Cíes. Intactas pese a su cercanía e ignoradas durante años pese a su belleza, las tres pequeñas joyas que forman el archipiélago fueron el secreto mejor guardado de la ría de Vigo. Ahora son el centro del Parque Nacional de las Islas Atlánticas y destino de moda en el litoral gallego.

Por RODRIGO PADILLA

Aquí, como en todas las Rías Baixas, el horizonte presenta el mismo perfil roto que la línea de costa. Promontorios aislados y dientes de sierra rasgan la recta intermitente de un mar encerrado. Las mareas suben y bajan mientras el sol le arranca destellos al agua y tiende sombras sobre las laderas, asoma entre nubes vaporosas y retazos de niebla. Los pesqueros cruzan de un lado a otro, y este visitante, perdido en su ignorancia y cegado por la luz tamizada, no sabe si navegan de monte a isla o de roca a península, si se dirigen hacia mar abierto o buscan puerto al fondo de una ensenada. Los que viven aquí sí lo saben. Para ellos, este relieve confuso es un mapa preciso. Y saben que, de todas las siluetas que les rodean, aquellas que se alzan allí, a la entrada de la ría de Vigo, son mucho más que otras curvas recortadas sobre el telón del atardecer. Son un paraíso de acantilados y playas de arena blanca, de aguas límpidas y olor a vida. Y están ahí, a la vista de todo el mundo. Porque no hay mejor forma de esconder un tesoro que ponerlo donde todos lo puedan ver.

Mencionadas por los geógrafos clásicos, último refugio de la resistencia al invasor romano, las tres pequeñas islas que forman el archipiélago de las Cíes fueron durante siglos residencia de monjes, base de piratas y más tarde asiento de faros en una costa traicionera. Despobladas desde mediados del siglo pasado y separadas de la industriosa costa viguesa por dos estrechos brazos de mar, se fueron fundiendo con el horizonte hasta casi volverse invisibles. Los jóvenes de los 60 y 70 hicieron de ellas el lugar perfecto para escapadas veraniegas, una barca, la mochila y un jardín de libertad, mientras que para la mayoría de los vigueses siguieron siendo ese sitio con fama de bonito y tranquilo al que alguna vez habría que ir. Relativamente a salvo de los embates de la modernidad y de la creciente actividad que bullía a su alrededor, las islas preservaron un entorno terrestre y marino que les valió convertirse en la pieza central del Parque Nacional de las Islas Atlánticas en 2002.

Seis meses después, las hasta entonces desconocidas islas saltaron a las cabeceras de los telediarios. Muchos supimos de ellas por el más negro de los motivos: el chapapote. El hundimiento del Prestige cubrió todo el noroeste peninsular con una masa pegajosa de fuel, incompetencia y mentiras. Las Cíes fueron la barrera que salvó a la ría de Vigo, pero un tercio de su litoral y sus fondos se vieron seriamente afectados. Las labores de limpieza se prolongaron durante años y lograron devolverle al parque su antigua cara. La siguiente vez que estas islas protagonizaron titulares ya fue por otro motivo: en 2007, el diario británico The Guardian eligió una de sus playas, la de Rodas, como la mejor del mundo.

El secreto mejor guardado de la costa gallega había dejado de serlo. Corrió de boca en boca la historia de tres islitas a tiro de piedra de Vigo a las que solo se puede llegar en barco durante los meses de verano y en Semana Santa, con un límite de visitantes diarios, sin hoteles, sin paseo marítimo, sin lujos ni chefs de moda, solo un camping entre los pinos y un par de pequeños restaurantes a pie de mar. Más por ello que pese a ello, día tras día se completa el cupo de 2.200 afortunados, modesta multitud que se suma por tandas a la larga lista de admirados y reincidentes.


La Coruña, puerta al Atlántico

LA CORUÑA, PUERTA AL ATLÁNTICO

 

La sorpresa toma cuerpo conforme el ferry se acerca a su destino. Esa vaga silueta hasta entonces camuflada en el horizonte se va transformando en moles de granito con dos caras muy distintas: una suave y verde que desciende hacia playas de arena finísima, y otra abrupta y áspera que se desmorona en acantilados castigados por el océano. Entre el Caribe de aguas turquesas de la cara interior y la Costa da Morte de la exterior, encontramos bosques de pino y eucalipto, laderas cubiertas de tojo y retama, rocas esculpidas por el viento, senderos que ascienden a los faros, observatorios sobre las colonias de gaviotas y cormoranes. Y, por si fuera poco, unos fondos marinos tan ricos que hacen imperdonable venir sin el permiso de inmersión. Bajo el agua aguardan praderas de algas pardas, rocas pobladas por percebes y mejillones, y nécoras, centollos y pulpos, y rodaballos y platijas, y a menudo delfines, también ballenas y tortugas.

Si la expectación preside la llegada, un silencio satisfecho domina durante el viaje de vuelta. Algunos visitantes todavía llevan en los ojos la playa de Rodas, con las dunas que la separan de la laguna Dos Nenos y la escollera que une las islas de Monteagudo y O Faro, otros se recrean recordando los arenales más tranquilos de Figueiras o Nosa Señora, o las vistas sobre la inaccesible isla de San Martiño o la entrada de la ría. Otros echamos la mirada atrás constantemente para asegurarnos de que las Cíes siguen ahí, para confirmar que no se han escondido otra vez en el horizonte y que, aunque lo hagan, sabremos encontrarlas para volver.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR…

Santiago de Compostela, ¿qué ver en 48 horas?

Los 10 mejores balnearios de Galicia

El camino de Santiago: un plan para ‘singles’