Toda persona de carne y hueso o personaje de ficción con cierta notoriedad –actual o pasada– tiene su réplica en forma de muñeco cabezón. De Cruella de Vil a Bernie Sanders, de Batman a Leonardo Da Vinci, de Ronald Reagan a Amy Winehouse, todos tienen su figura. La compañía que fabrica y distribuye estos muñecos de vinilo es la estadounidense Funko. ¿El secreto de su éxito? Una legión de fieles coleccionistas –capaces de hacer colas infinitas y pagar, a veces, sumas estratosféricas para hacerse con su muñeco preferido– y un catálogo casi inagotable: Funko ha firmado más de 170 contratos con todo tipo de compañías, algunas de ellas gigantes del show business como Marvel, Disney o HBO, lo que le permite tener la licencia para convertir en adorable figurita diez mil personajes.

La empresa nació en 1998 fruto de la imaginación del diseñador gráfico Mike Becker y los artistas Rob Schwartz y Sean Wilkinson. Ellos crearon el germen, pero fue Brian Mariotti, actual CEO de Funko, quien ha convertido el negocio en millonario. Mariotti compró la empresa en 2005 junto a un grupo de inversores. Hoy tienen más de 3.000 personajes a la venta y comercializan, además, juegos de mesa, peluches u objetos electrónicos. En 2018, la compañía facturó casi 624 millones de euros, un 33% más que el año anterior.

«Es muy importante mantener el interés de nuestros fans y ser capaces de decir que no todo tiene que ser un éxito de ventas. No nos da miedo crear cosas solo por el gusto de hacerlas», ha asegurado Mariotti en la revista Entrepreneur. Los fanáticos, de hecho, son la base de su éxito. Muchas de las figuras de Funko son lanzadas al mercado a un precio de 9 euros. Después, el fanatismo hace el resto: algunas, las más buscadas por tratarse de ediciones especiales, llegan a ser revendidas a un precio 200 veces superior. O incluso más. En la web de la compañía, un Funko Pop de la película La naranja mecánica supera los 12.000 euros. Al fin y al cabo, como reza el eslogan de la compañía, «todos somos fanáticos de algo».