El último vuelo de los ángeles de Victoria’s Secret

Por Juan Vilá

Se acabó. El espíritu de los tiempos ha vencido la batalla contra el espectáculo más importante del mundo de la moda, capaz de tumbar internet y de cosechar millonarias audiencias. Victoria’s Secret busca ahora nuevas formas de promocionarse.

Fue Shanina Shaik quien dio la noticia a finales de julio: «Desgraciadamente no va a haber desfile de Victoria’s Secret este año». Aunque dejó cierta esperanza flotando en el ambiente para todos los fans de este colosal espectáculo y para ella misma, que desde 2011 ha participado en cinco ocasiones: «Estoy segura de que algo va a pasar en el futuro».

Existe, además, un precedente. En 2004, tras el escándalo que protagonizó Janet Jackson en la Super Bowl al quedar uno de sus pechos al aire, y la consiguiente ola de puritanismo y de pánico a que se produjera algo similar, también se suspendió el desfile. En su lugar, cinco de sus modelos más famosas -Tyra Banks, Heidi Klum, Gisele Bündchen, Adriana Lima y Alessandra Ambrosio– hicieron una gira con un espectáculo más reducido en cuatro ciudades de Estados Unidos.

Aunque esta vez la crisis parece más grave. El año pasado se redujo un 40% el valor en bolsa de la compañía, han tenido que cerrar muchas de sus tiendas y la audiencia bajó de los diez millones de telespectadores que solían tener en 2010 o 2011 a solo tres en 2018. Y están, por supuesto, todas las críticas que Victoria’s Secret ha recibido relacionadas con la cosificación de la mujer, el tipo de belleza que promueve, las duras condiciones a las que tienen que someterse las modelos…

En mitad de esta tormenta, no ayudaron nada las declaraciones de su director de marketing, Ed Razek. Vogue le preguntó si se habían planteado contar con modelos transexuales o de tallas grandes y él respondió: «No, no y no creo que debamos hacerlo. El desfile es una fantasía. Son 42 minutos de entretenimiento. Es el único de su clase en el mundo y cualquier otra marca se lo quedaría sin pensarlo un minuto». La polémica quedó zanjada en agosto, cuando la firma de lencería anunció que había fichado a la modelo transexual Valentina Sampaio y pocos días después, el directivo presentó su dimisión.

Aunque toda esta historia empezó de forma mucho más discreta. Fue el 1 de agosto de 1995 en el hotel Plaza de Nueva York. La marca organizó su primer desfile con una protagonista indiscutible: Stephanie Seymour. La cosa iba en serio y el año siguiente se unieron a la fiesta Tyra Banks, Naomi Campbell y Helena Christiansen. En 1997 llegaron Claudia Schiffer, Laetitia Casta, Eva Herzigova…

Y en 1999 se produjo el gran salto. Tras una potente campaña de publicidad, se retransmitió por primera vez el desfile. Lo hicieron vía Internet y resultó un desastre. Los dos millones de espectadores colapsaron los servidores y surgieron mil problemas. Pero el objetivo se había logrado: todo el mundo hablaba de la marca.

En 2001, ya en televisión, se alcanzaron los 12,4 millones de telespectadores. La pasarela acababa de abandonar los salones más elitistas para convertirse en un espectáculo de masas, y en uno de esos acontecimientos al que los medios de todo el mundo iba a prestar atención durante casi 20 años. «Es la Super Bowl de la moda», le gustaba decir a la CBS, cadena que retransmitió el desfile en casi todas las ediciones.

«Es la Super Bowl de la moda», decía la CBS. Su audiencia máxima llegó a 12,4 millones

A los largo de estos 23 años, han desfilado unas 280 modelos. Resultaría agotador nombrarlas a todas, así que nos limitaremos a las españolas: Helena Barquilla fue la primera en 1995 y la siguieron Esther Cañadas, Eugenia Silva, Clara Alonso y Blanca Padilla, la última, en 2017. El récord absoluto, por cierto, lo ostentan dos brasileñas: Adriana Lima, que ha participado en 18 ocasiones, y Alessandra Ambrosio, en 17.

También había música durante los desfiles y la lista de artistas que actuaron es otra enormidad: de Sting, Phil Collins o Destiny’s Child en sus orígenes a Rihanna, Taylor Swift, Lady Gaga o Katy Perry. Sin olvidar la reaparición de las Spice Girls en 2007 después de años sin cantar juntas o el extraño dúo que protagonizaron Seal y Heidi Klum cuando aún se querían.

Y estaban, por supuesto, las joyas. Elemento definitivo con el que pretendían, suponemos, añadir glamour y exclusividad pero que lo volvían todo aún más ostentoso. Nos referimos al conocido como Fantasy Bra, sujetador lleno de diamantes y otras piedras preciosas que alcanzaba precios astronómicos. Cada año se confeccionaba uno y suponía un honor ser la modelo elegida para llevarlo. El más caro de los que se lucieron en el desfile fue el de 2005. Lo llevó Gisele Bündchen y costaba 12,5 millones de dólares. Conviene aclarar, eso sí, que solo se consiguieron vender dos de ellos: el de 2004, que no apareció sobre la pasarela, pero sí lo lució Tyra Banks en el catálogo, y el de 2012, que llevó Alessandra Ambrosio. Por el primero, alguien pagó 10 millones de dólares y por el segundo, 2,5.

Lástima que, al menos una de estas prendas, también se viera envuelta en la polémica. Ocurrió el año pasado. La modelo elegida fue la sueca Elsa Hosk y fijaron el precio en un millón de dólares. Sin embargo, el gemólogo Grant Mobley tasó los diamantes en unos 56.000 dólares. «Sumándole la mano de obra y el coste de los metales preciosos, el valor total seguiría estando muy por debajo de las seis cifras», explicó a Page Six. Lo que nadie imaginaba entonces es que, además de tener un precio muy inflado, ese iba a ser el último que se viera sobre la pasarela