Los diseños de Charlotte Perriand

En 2019 se cumplen 20 años de la muerte de Charlotte Perriand, aunque el tiempo no pasa por los muebles que creó esta diseñadora y arquitecta, primero de la mano de Le Corbusier y luego en solitario; primero influida por la vanguardia y luego por Oriente.

Por JUAN VILÁ

Nació en París casi con el siglo XX, en 1903, y a su manera, y dentro de su actividad, Charlotte Perriand estaba llamada a revolucionarlo. Con un padre sastre y una madre dedicada a alta costura, muy pronto aprendió a distinguir las formas, a disfrutar de los colores y los volúmenes.

Descubrió que había que partir de un simple patrón y de unos trazos en el papel para acabar obteniendo esa prenda que nos resguarda del frío y, al mismo tiempo, nos embellece y se convierte en nuestra mejor carta de presentación.

Aunque Perriand cambió las telas por la madera, el acero, el cristal y otros mil materiales con los que construyó los edificios y, sobre todo, los muebles por los que hoy en día es recordada. Como la mítica chaise longue LC-4, «tan ligera que puedes moverla con un pie», según la famosa definición.

Se suele atribuir a Le Corbusier en solitario, incluso se la conoce por este nombre, pero la participación de ella resultó decisiva. La relación entre ambos creadores fue siempre enriquecedora, aunque también compleja y con algunos desencuentros.

Él, por ejemplo, no dudó en rechazarla cuando se presentó por primera vez en su estudio. Tenía 24 años y acababa de terminar su formación en la escuela de artes decorativas. Sin ni siquiera oírla, el gran maestro respondió: «Lo siento, aquí no bordamos cojines».

Solo un mes después, Le Corbusier se veía obligado a rectificar al ver bar que Perriand había diseñado en acero y aluminio, y por supuesto sin un solo bordado. Ya en esa obra inicial estaba presente uno de sus más firmes axiomas: «El diseño de muebles se basa en principios lógicos. Hay que evitar los adornos innecesarios. La belleza debe venir de la disposición racional de sus partes».

Así que el arquitecto decidió ficharla y llevársela para que se ocupara de los muebles e interiores de sus creaciones. «Estaba familiarizada con las nuevas técnicas, sabía usarlas y lo más importante: tenía ideas sobre qué hacer con ellas», contó la propia Perriand sobre los motivos que llevaron al que fue su jefe durante años a apostar por ella.

Lo que no sabemos es que pensaría ahora de la sobria y casi monacal Marie Kondo –y mejor no imaginar demasiado al respecto–, pero nos da la impresión de que Perriand tenía los pies mucho más en el suelo que la gurú contemporánea.

Es decir, no se preocupaba tanto por imponer un estilo de vida concreto como por adaptarse a la realidad y las necesidades de quienes iban a habitar los espacios diseñados por ella, facilitar su día a día, aportar belleza y luchar contra el caos, pero sin fundamentalismos.

Esta frase define muy bien su filosofía: «¿Qué elemento resulta crucial en el equipamiento moderno? Podemos responder de forma inmediata: el almacenamiento. Sin un almacenamiento bien planeado es imposible encontrar espacio en una casa».

Súmenle a ello el interés por la política y la economía. No se trataba de recrearse en el lujo o en las enormes viviendas reservadas a la élite. Mas bien al contrario. El momento histórico –la Europa de entreguerras– y los principios comunistas de la arquitecta en esa época, exigían centrarse en otro tipo de construcciones y diseños que resultaran accesibles a todos y si no, al menos, al mayor número posible de personas.

Si pretendía cambiar el mundo, ¿por qué no empezar por las casas? Ahí están, por ejemplo, sus proyectos pensados para que pudieran adaptarse a las reducidas viviendas de protección oficial de entonces. O la sustitución del acero cromado y el cuero por madera y mimbre para hacer sus muebles más asequibles. O su famoso refugio de fin de semana, una cabaña con estructura de madera y revestimiento metálico de solo nueve metros cuadrados, como si el ‘arte de vivir’ o la ‘alegría de vivir’ que siempre defendió pudieran, y debieran, extenderse a todas las clases sociales.

Otros dos conceptos fundamentales en su obra son lo modular y lo prefabricado. Ambos permitían abaratar costes y daban unas posibilidades casi infinitas de adaptación, tanto en estanterías y otros muebles como en cocinas y baños.

Durante la Segunda Guerra Mundial, y debido a la ocupación nazi, tuvo que refugiarse en Japón -salió de Marsella justo el mismo día que los alemanes tomaron París–. Y cuando este país entró también en guerra se trasladó a Vietnam.

Su obra, a partir de entonces, se abrió a nuevas influencias, como el budismo zen, a nuevas formas de hacer y nuevas necesidades. «Allí no había metal, solo madera y bambú. Quería demostrar que una forma se puede trasladar de un material a otro», explicó en su día.

Tras el armisticio y de nuevo en Francia, vinieron otros encargos como las oficinas en distintas ciudades de Air France. O su participación en el proyecto de la estación de esquí de Les Arcs, lo que le permitió disfrutar aún más de dos de sus grandes pasiones: la montaña y el deporte.

Murió a punto de agotar el siglo, en 1999, a los 96 años. Se mantuvo activa hasta el final, como demuestra el hecho de que solo un año antes publicara sus memorias. Las llamó Una vida de creación. El título no puede ser más acertado. Casi tanto como sus muebles, que aún hoy en día se siguen fabricando y vendiendo en todo el mundo.

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