Muchas veces pensamos que las maravillas de la naturaleza esculpidas con paciencia durante siglos son eternas. Que los monumentos que la mano del hombre ha levantado, algunas entre las 7 nuevas maravillas del mundo, no van a desaparecer nunca. Que joyas que llevan viviendo con nosotros desde hace milenios nunca van a separarse de nosotros. Pero no es verdad. Venecia o Maldivas se hunden inexorablemente bajo las aguas. Los templos de Angkor, donde están los templos de Asia que te cambiarán la vida, la ciudadela incaica de Machu Picchu o los moais de la Isla de Pascua están sufriendo un deterioro que los puede llevar a su completa destrucción. Y las nieves del Kilimanjaro que Ernest Hemingway inmortalizó en el relato del mismo nombre se están convirtiendo en agua a un ritmo tan rápido que es posible que los glaciares que coronan la montaña más alta de África no existan la próxima década. Son maravillas del mundo en peligro de extinción. Reductos de un pasado que puede que no tengan ya mucho futuro. Repasamos ocho de estas maravillas en un estado tan vulnerable y crítico que debería servir para concienciarnos de la necesidad de conservar y proteger la riqueza natural y el legado histórico y artístico de nuestro planeta.
Con sus 5.895 metros de altura, el Kilimanjaro es la montaña más alta de África, una mole de origen volcánico en medio de un árido paisaje en cuya cumbre siempre ha habido nieves perpetuas. Pero la capa de hielo se está derritiendo muy desprisa. Desde 1912, la primera vez que se hicieron mediciones, sus campos de hielo se han reducido en un 85%, pasando de 12 kilómetros cuadrados a solo 1,85. Un equipo de paleoclimatólogos de la Universidad de Ohio ha certificado que uno de los pequeños glaciares de su cumbre, el Furtwängler, había perdido la mitad se su grosor entre 2000 y 2009 y estimaban que desaparecería en una década. Y el resto de glaciares del campo sur tampoco correrían mayor suerte, despareciendo por completo entre 2022 y 2033. La nieve y el hielo aguantan de momento, pero quién sabe por cuándo tiempo.
El parque arqueológico de Angkor, en Vietnam, es un enorme recinto de 400 kilómetros cuadrados en medio de la selva que conserva los mejores ejemplos de construcciones religiosas de la cultura jemer. Está protegido por la Unesco, pero ni el título de Patrimonio de la Humanidad, lo salva de estar en peligro. A la presión de los cuatro millones de visitantes que cada año pasean por su entramado de palacios, torres y templos se suman la asfixia que provocan los árboles, el musgo y las plantas trepadoras, las variaciones de temperatura entre el día y la noche y el incesante régimen de lluvias en la estación húmeda. Pero hay un factor aún más preocupante: la abusiva extracción de aguas en la provincia de Siem Reap debido al creciente turismo está provocando el hundimiento del parque. Aunque aún no ha habido problemas serios, la Unesco ya ha alertado de que el descenso del nivel de la tierra que sustenta las ruinas puede amenazar su preservación del complejo.

El aumento de la temperatura del océano, el incremento de la intensidad de las tormentas tropicales, la acidificación de las aguas y la aparición de una estrella de mar invasora que se alimenta de coral ha puesto en jaque la Gran Barrera de Coral australiana. En menos de tres décadas, el mayor área coralina del mundo (con más de tres mil arrecifes individuales y 900 islas a lo largo de 2.600 kilómetros de longitud y que ocupa un área de 344.400 km²) ha perdido la mitad de su población de corales.

En la lejanísima isla de Pascua, a 3.700 kilómetros de la costa chilena, se levantan más de 400 moais esculpidos por los habitantes de la cultura Rapa Nui. Originalmente fueron más de 90o, distribuidos por toda la isla y labrados en piedra volcánica entre los siglos VIII y XVI. Estas piezas arqueológicas son el alma de la cultura rapa nui y están amenazadas de muerte. Las mareas, que se están haciendo cada vez más intensas en esta orilla del planeta, podrian llegar a taparlas por completo en solo unos pocos años. A ese peligro se suman los efectos adversos de los microorganismos que están atacando la piedra, el fuerte régimen de vientos de la isla y la incesante presion del turismo, con más de cien mil visitantes al año.

El 24 de julio de 1911, acompañado por el arrendatario de las tierras, Melchor Arteaga, y un guardia civil, el profesor universitario Hiram Bingham llegó a Machu Picchu. Al acercarse, Bingham encontró a dos familias de campesinos viviendo allí: los Recharte y los Álvarez, quienes usaban los andenes del sur de las ruinas para cultivar y bebían el agua de un canal incaico que aún funcionaba y que traía agua de un manantial. Bingham quedó muy impresionado por lo que vio y bajo los auspicios de la Universidad de Yale, la National Geographic Society y el gobierno peruano comenzó el estudio científico del sitio. Entre 1912 y 1915, Bingham dirigió trabajos arqueológicos en Machu Picchu y sacó a la luz la antigua ciudadela incaica. De eso han pasado poco más de cien años. En ese tiempo, una de las maravillas del mundo moderno, ha comenzado a sufrir la erosión y el desprendimiento de la roca sobre la que se asienta, provocadas por la afluencia de turistas, el ruido, el aumento del tráfico y la urbanización descontrolada en sus inmediaciones. Aunque se han limitado las visitas diarias para intentar controlar la situación, los geólogos han estimado que la tierra se hunde a un ritmo de cuatro centímetros al año en una parte de la base, lo que la pone en serio peligro.

La amenaza que soporta la ciudad de los canales es doble. Por un lado está el incremento del nivel del mar, propiciado por un incremento de las temperaturas que favorecen el deshielo. Y por otro, el hundimiento del suelo en el que se asientan las islas que componen la ciudad, a un ritmo de dos milímetros al año. La suma de ambos factores está provocando que se hunda a un ritmo muy rápido, cercano a cuatro centímetros cada 20 años. De seguir este ritmo, los geólogos más pesimistas afirman que en 2050 la Venecia que conocemos ya no existirá.

Es el punto más bajo de la Tierra, a casi 430 metros por debajo del nivel del mar, y también la reserva de agua más salada del Planeta, con un contenido de 350 a 370 gramos de sal por litro. Se trata del Mar Muerto y está en grave peligro de desaparición debido al pronunciado descenso del caudal del río Jordán, su principal fuente de agua. Eso ha provocado que este lago de agua salada haya perdido en solo dos décadas el 30 de su volumen original. El Mar Muerto, con 135 kilómetros de perímetro que comparten entre Israel y Jordania, está padeciendo un intenso deterioro debido a la presión turística (cómo no) y por la desviación de las aguas del Jordán para irrigar enormes superficies de cultivos agrícolas. Su nivel desciende a un ritmo de un metro por año.

Su nombre evoca el paraíso. Maldivas es un laberinto de atolones de arena blanquísima protegidos por arrecifes de coral que destacan por su naturaleza virgen y su exotismo. Pero este edén tiene los días contados. El 80% del archipiélago se encuentra un metro por debajo del nivel del Índico y año tras año va perdiendo inexorablemente su batalla contra ls subida del mar. Los expertos consideran que si el nivel del océano continúa subiendo al nivel actual, en cien años el archipiélago maldivo ya estará cubierto totalmente por las aguas.
