El Garraf. A pocos kilómetros de Barcelona, encerrado entre la sierra y el mar, aguarda un pequeño cofre lleno de sorpresas que tiene a Sitges como emblema. Edificios medievales, palacios modernistas, aire marinero, ambiente cosmopolita, animada vida cultural, todo esto y más en un rincón que se hace inabarcable.

Por RODRIGO PADILLA

La energía urbanita que irradia la capital catalana va perdiendo intensidad conforme se avanza hacia el sur. Pasado el paisaje industrial de la Zona Franca y el aeropuerto del Prat, la naturaleza vuelve a aflorar entre islas de asfalto y se abre otra vez al mar. El litoral se convierte en las playas de Castelldefels, kilómetros de arena fina que se alargan hacia el Garraf. Los riscos de este macizo cierran el horizonte como una muralla que pide ser atravesada, y las primeras pendientes que caen sobre las olas invitan a descubrir qué se esconde al otro lado de una frontera que se antoja cargada de promesas.

La mejor forma de acceder a ese mundo nuevo que desde aquí se intuye es ignorar la comodidad de la autopista, que atraviesa el corazón poroso de la sierra a golpe de túnel, y seguir el trazado de la C-31, una carretera que serpentea entre el duro monte y la superficie aterciopelada del mar, acompañada en algunos tramos por la vía del tren y flanqueada por sorpresas como el Celler Güell, un complejo arquitectónico con el sello inconfundible de Gaudí. Una vez dejadas atrás las 87 curvas y otras tantas estampas de puro Mediterráneo, los espacios se abren y aparece por fin Sitges.

Aunque la capital de la comarca es Vilanova i la Geltrú, Sitges es su corazón. Antiguo pueblecito de pescadores arracimado en torno a la iglesia de Sant Bartomeu y Santa Tecla, su fisonomía empezó a cambiar durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando a los emigrantes que volvían ricos de América se unió la presencia de un puñado de artistas congregados en torno a Santiago Rusinyol, figura emblemática del modernismo catalán. Esa vidilla, además del clima envidiable y las pintorescas playas, atrajeron a los primeros turistas y residentes extranjeros. Edificios como la casa Bartomeu Carbonell o los museos de Cau Ferrat o del Palau de Maricel son legado de aquel ecosistema tan peculiar, que también se extendió por la parte baja de la comarca, con viñedos punteados por viejas masías, palacetes de indianos y casonas modernistas y novecentistas.

Por su emplazamiento, Sitges también es el lugar ideal para adentrarse en el interior más agreste, la cadena formada por los parques del Garraf, Olèrdola y Foix. El primero de ellos es una de las reservas biológicas más importantes del noreste peninsular. Se trata de un mazacote calizo que deja un subsuelo horadado por el agua y una reseca superficie esculpida por la erosión. En el corazón de este paisaje de pinos y encinas se esconde el pueblo medieval de Olivella, el más apartado de la comarca. Otro de los pueblos del interior es Canyelles, a la vera del parque de Olèrdola, continuación del Garraf. Y más al oeste tenemos el parque del río Foix, mucho más verde y húmedo, con el precioso castillo de Castellet i la Gornal a orillas de un pequeño embalse. Desde aquí, el río inicia un corto descenso hasta desembocar en Cubelles, el pueblo del que, allá por el siglo XIII, salieron los habitantes descontentos que levantaron Vilanova frente a la vieja Geltrú. De la fusión de aquellos dos núcleos, y de siglos de historia, de actividad marinera e iniciativa industrial, surgió la actual capital de la comarca, que aúna el mayor puerto pesquero de Cataluña y estupendas playas con un casco urbano de origen medieval, casas señoriales de fachadas modernistas y museos tan interesantes como el Romàntic o el del Ferrocarril, uno de los mayores de Europa.

Esta variedad y fusión de elementos dispares es el principal rasgo de carácter del Garraf. El ambiente cosmopolita encuentra un complemento perfecto en la vitalidad de las tradiciones y fiestas populares, el Festival de Cine Fantástico de Sitges –joya de su rica agenda cultural– lo tiene en la oferta de actividades de aire libre, mientras que el xató de escarola y bacalao convive en armonía con los menús de vanguardia, igual que conviven las viejas bodegas que elaboran el vino de malvasía y los locales de moda que animan la noche de la costa. Por eso no sorprende que la mayoría de los turistas repitan visita. De una forma u otra, la comarca del Garraf siempre supera las expectativas.

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