Con un rescate económico sin precedentes en Estados Unidos valorado en 2,2 billones de dólares para empresas, trabajadores y sistemas de salud afectados por el coronavirus, el presidente Donald Trump ha querido tapar el clamor de una sociedad estadounidense que exige medidas más drásticas contra la pandemia, como la declaración del estado de alarma. Pero Trump siempre ha sido así, un hombre que ha antepuesto el dinero a todo lo demás. Y exactamente así fraguó su fortuna, que él estima en 10.000 millones de dólares: con el negocio y el verde del dólar entre ceja y ceja.

Donald Trump, el magnate, el promotor inmobiliario, el histrión, el 45º presidente de los Estados Unidos, alardea siempre que puede de su riqueza. «Soy muy rico», ha dicho más de una vez a sus seguidores en su cuenta de Twitter, su red social favorita. Él mismo asegura que su fortuna supera los diez mil millones de dólares. Aunque lo más probable es que esta cifra sea una de sus múltiples exageraciones: Forbes rebaja la cifra a unos nada desdeñables 4.500 millones de dólares, Wealth-X la fija en 4.400 y Bloomberg opta por una postura más conservadora, ‘solo’ 2.900 millones de dólares. Para Trump, todas esas cifras no son más que falsedades (‘fake news’, sus nuevas dos palabras favoritas). Y también asegura que todo lo que ha conseguido en la vida lo ha logrado únicamente con su esfuerzo. La versión oficial dice que su padre, el legendario constructor neoyorquino Fred Trump, apenas le dio un pequeño empujón financiero al principio de su carrera. «Construí lo que construí por mí mismo», ha dicho el actual presidente estadounidense en repetidas ocasiones. Pero eso parece que también son ‘fake news’. En castellano, simples mentiras.

La realidad, según una investigación realizada por The New York Times, es que Donald Trump habría recibido del entramado inmobiliario de su padre el equivalente a unos 413 millones de dólares actuales. Y el diario estadounidense señala que parte de ese dinero le llegó a Donald Trump a través de dudosas estrategias fiscales en las que el propio presidente participó durante la década de los noventa.

En sus libros y en los incontables programas de televisión en los que Trump se ha encargado de engrandecer su figura, el discurso del magnate neoyorquino siempre ha sido el mismo: la única ayuda financiera que obtuvo de su padre cuando comenzó a construir su imperio fue de un millón de dólares. «Que le tuve que pagar con intereses», apostilla siempre. Él fue, según la versión de Donald Trump, el que convirtió la «diminuta» operación inmobiliaria de su padre en Brooklyn y Queens en un imperio que él mismo valora hoy en diez mil millones de dólares. Todo un conglomerado de hoteles, rascacielos, casinos y campos de golf por todo el mundo que comparten el apellido Trump.


donald-trump-fred-trump-01Donald Trump con su padre, el constructor neoyorquino Fred Trump.


La de Fred Trump, el padre de Donald, es una de esas historias que piden a gritos un telefilme de sábado a mediodía para contarla con pelos y señales. Y, desde luego, no es tan diminuta como apunta su hijo.

Hijo de un matrimonio de inmigrantes alemanes, Frederick Christ Trump nació en 1905 en el barrio neoyorquino del Bronx y desde pequeño destacó por su buen olfato para los negocios. Aún no había cumplido los 17 cuando fundó su propia empresa de construcción. Lo hizo con su madre Elizabeth como socia porque él aún no tenía edad legal para firmar los cheques. Ese fue el comienzo de su imparable éxito.

La empresa comenzó construyendo y vendiendo casas para familias modestas en el barrio neoyorquino de Queens en la década de 1920 y todo le iba sobre ruedas. Pero aún le fue mejor durante la Segunda Guerra Mundial: en esa época Fred Trump ganó una fortuna construyendo cuarteles y apartamentos con jardines para la Armada estadounidense y para sus soldados en buena parte de la Costa Este estadounidense: Chester, Pensilvania, Virginia, Norfolk…

Pero el final de la guerra no supuso el fin de su negocio, sino su despegue definivo. En los 30 años siguientes a la finalización de la contienda, la compañía de Fred Trump levantó decenas de grandes complejos de apartamentos en la periferia de Nueva York, especialmente en Brooklyn y Queens (Coney Island, Bensonhurst, Sheepshead Bay, Flatbush, Brighton Beach, Flushing…). Eran casas asequibles para familias de clase media. Y Trump supo aprovechar como nadie el aumento del presupuesto federal destinado a los hogares y la generosa financiación del Gobierno de los Estados Unidos para levantarlos: eran buenas edificaciones –muchas de ellas aún en pie– y Trump, acostumbrado a escatimar hasta el último céntimo, las hacía por un valor inferior al del subsidio para embolsarse el dinero sobrante. La práctica era legal, aunque esas prácticas le llevaron a declarar ante el Congreso en 1954. Éticamente era reprobable, pero legalmente era intachable.

El negocio era redondo. Y muy oneroso, lo que hizo que al final de sus días (murió en 1999, a los 93 años), Fred Trump, el ‘Henry Ford de la construcción’, hubiese amasado una fortuna cercana a los 300 millones de dólares. Y que no se le conociese más que un capricho mundano: cambiar su Cadillac azul marino con matrícula FCT cada tres años exactamente.

Cuarenta y un años antes de su muerte, en 1968, el cuarto de los cinco hijos que Fred Trump tuvo con Mary Anne MacLeod entró de puntillas en el negocio familiar. Tenía 22 años y lo hizo uniéndose al consejo de administración de Trump Organization. Donald Trump solo tardó seis años en acceder a la presidencia del conglomerado empresarial familiar, aunque Fred era el que seguía moviendo los hilos. Y mientras el padre se aferró a Brooklyn y Queens, su hijo puso sus ojos en Manhattan. «Esa decisión fue muy buena para mí –ha apuntado Donald Trump–, porque mi propio padre podía haber sido mi competencia. De esta manera tuve Manhattan solo para mí».


donald-trump-miss-americaTrump, rodeado de misses fue copropietario de Miss USA y Miss Universo entre 1996 y 2015


Eso, en cierto modo, dio la vuelta a la forma de trabajar de la Trump Organización, que ralentizó la construcción de viviendas en Queens y Brooklyn para enfocarse en la construcción de torres de lujo en Manhattan. Donald Trump siempre alardea que esa decisión fue exclusivamente suya, pero Gwenda Blair, autora del libro Los Trump, le rebate: «Lo más probable es que fuera Fred el que tomó la decisión».

¿Y de dónde sacó Donald Trump el dinero para acometer sus mastodónticos proyectos si, como él dice, la ayuda financiera de su padre solo fue de un millón de dólares? Blair también echa por tierra esa imagen de ‘self-made man’ del actual presidente estadounidense: «Donald Trump basó sus negocios en los recursos financieros de su padre. Es más, necesitaba a Fred como avalista para sus préstamos y utilizó todas las conexiones de su padre con la banca y con la política para conseguir sus objetivos».

Uno de sus primeros proyectos, cuando aún estaba en la Universidad, fue la revitalización del complejo de apartamentos de Swifton Village, en Cincinnati (Ohio), que su padre había comprado por 5,7 millones de dólares en 1962. Las vendió con un beneficio de un millón de dólares. Pero esas viviendas de clase media no encajaban con su personalidad megalomaníaca y empleó todas sus energía en enfocarse en la ciudad de Nueva York.


donald-trump-02Donald Trump en la década de los 70: los primeros pasos de su imperio


Su primer gran proyecto en la Gran Manzana fue el Hotel Commodore, que estaba en quiebra. Se asoció con la cadena hotelera Hyatt para comprarlo en 1976 por un precio que nunca se reveló y acabó convertido en el hotel Grand Hyatt.

Aprovechando los contactos políticos de su padre y sus habilidades negociadoras, Donald Trump convenció a la alcaldía de la ciudad de Nueva York de una rebaja de impuestos para el hotel durante los siguientes 40 años. El ahorro fue de 160 millones de euros. En 1996, diez años antes de que acabase la amnistía fiscal para el Grand Hyatt, Trump le vendió su mitad a la organización hotelera por 142 millones de dólares.

Ese no fue su único pelotazo. Utilizando fondos propios y la solvencia financiera de la Trump Organization, Donald Trump siguió invirtiendo tanto en la compra como en la construcción de grandes edificios en la Gran Manzana, como el Hotel Plaza y el antiguo edificio del Banco de Manhattan.

La joya de la corona de la Trump Organization es la Trump Tower, un edificio de 58 plantas en la Quinta Avenida que se terminó de construir en 1983. Un edificio erigido a mayor gloria de su dueño y también con la intención de revitalizar una zona ideal para todo especulador inmobiliario. El rascacielos de oficinas y apartamentos de lujo es desde entonces un imán tanto para empresas como para turistas curiosos. En él está la sede de la Trump Organization y en las plantas superiores el lujoso tríplex del ático de la Trump Tower en el que vivía y trabajaba y que el empresario tuvo que cambiar hace algo más de tres años por la mucho más modesta residencia de la Casa Blanca.


donald-trump-despacho-trump-towerDonald Trump en su despacho de la Trump Tower, su rascacielos de la Quinta Avenida


Pero no todas las decisiones de Trump fueron siempre acertadas. Y ahí, para cubrir los pufos, como asegura la investigación de The New York Times, siempre encontraba el músculo financiero de su padre para cubrirle.

Su debacle comenzó en 1988, cuando adquirió el Taj Mahal Casino endeudándose más allá de lo razonable. La empresa se mantuvo a flote, no sin zozobra, pero al año siguiente cuando Trump levantó su tercer casino, también llamado Taj Mahal, lo hizo financiándose a través de bonos basura. Y fue el remate. Aunque consiguió préstamos adicionales para salvarse y logró posponer el pago de los intereses de los créditos la creciente deuda le obligó a suspender pagos.

Los bancos y los propietarios de los bonos basura perdieron millones de dólares, pero optaron por permitirle reestructurar la deuda para evitar perder más dinero en juicios. Eso sí, Trump tuvo que ceder el 50 por ciento de la propiedad en acciones para los propietarios originales de los bonos. Era el año 1991.

A finales de los años 90 su situación financiera mejoró gracias a la diversificación del negocio, con la construcción clubes, hoteles y casinos. Pero sin dejar de tener los ojos y los tentáculos puestos en Manhattan. En 2001, terminó la Trump World Tower, un edificio residencial de 72 pisos cerca de la sede de la Organización de las Naciones Unidas. También, comenzó a construir el Trump Place, un desarrollo inmobiliario con varias unidades a lo largo del río Hudson. Y además compró cientos de miles de metros cuadrados en Manhattan y se hizo con parte de la propiedad de la Trump International Hotel and Tower, un edificio de 44 pisos de uso mixto en Columbus Circle. Un pelotazo económico detrás de otro para un tiburón inmobiliario acostumbrado al fulgor de los focos.

Y sin dejar Manhattan, se expandió a otras partes de Estados Unidos y al extranjero con proyectos inmobiliarios como la Trump International Hotel and Tower (Honolulu, Hawái), la Trump International Hotel and Tower (Chicago), la Trump International Hotel and Tower (Toronto, Canadá), la Trump Tower (Tampa, Florida) o la Trump Ocean Club International Hotel & Tower (Ciudad de Panamá), la cadena de hoteles Trump International Tower & Hotel…

En 2003, una vez más en problemas financieros, Donald Trump comenzó a diseñar la venta del imperio que su padre, siempre soñó que quedaría en manos de la familia. La venta, completada en 2004, le reportó personalmente 177,3 millones de dólares, unos 236,2 millones de dólares al cambio actual. Pero los bancos, según se ha sabido después, valoraban la compañía en varios cientos de millones más que el precio de venta. Con lo que Trump vendió barato el legado de su padre.

Que Donald Trump, con sus imperdonables errores de estilo, es un magnate inmobiliario es innegable, pero la mayor parte de su patrimonio, su mayor fuente de ingresos, proviene precisamente de su marca, su apellido. Una etiqueta de calidad que comenzó a construir en la década de 1980 licenciando su apellido para desarrollar productos de todo tipo, ya sean hoteles, clubes, hamburguesas o perfumes.


donald-trumpdespacho-ovalDonald Trump en el despacho oval. Tras su sillón, en la mesita, el retrato de su padre Fred.


¿Cuál es su fortuna actual, ahora que está sentado en el mullido sillón color burdeos del despacho oval y ha tenido que dejar las riendas de la Trump Organization en manos de su hija y su yerno? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Posiblemente no sean los 10.000 millones de dólares que él dice. Y seguramente tampoco los ‘solo’ 2.900 que apunta Bloomberg, porque la cifra crece día a día gracias a los réditos diarios que obtiene de sus licencias. Lo que sí es seguro es que buena parte de su fortuna se la debe a su padre, que también está en el despacho oval. Fred Trump descansa en un retrato justo detrás de la silla que hoy ocupa su hijo. Como lo ha estado siempre.