En España existen 8.111 entidades muncipales con sus respectivos ayuntamientos. Ahí se engloban desde grandes urbes como Madrid o Barcelona, con 3,2 y 1,6 millones de habitantes respectivamente, hasta pequeñas aldeas que a duras penas llegan a cien vecinos. Estos pueblos deshabitados que no llegan al centenar de habitantes son más de 1.300, según las últimas cifras del INE. Son los pueblos de lo que pomposamente denominamos España vaciada. Se concentran especialmente en las dos Castillas y en Aragón, pero están dispersos por todo el país. En la provincia de Madrid, en un radio de no más de 80 kilómetros de la capital, hay una decena de municipios que no llegan a los tres dígitos; ayuntamientos en los que todos sus vecinos caben holgadamente en su Casa Consistorial. Son pueblos deshabitados.
En estos pueblos, el desconfinamiento tras el estado de alarma decretado por la crisis del coronavirus es otra realidad. Aquí no hay tramos horarios para pasear, hacer deporte o sacar a los niños (tan difíciles de encontrar como los unicornios en estos pueblos deshabitados). Y aquí, la distancia social se viene manteniendo desde hace décadas, cuando los últimos jóvenes partieron a las ciudades en busca de trabajo: por obligación. No tienen casi de nada –por no tener, casi no tienen ni vecinos–, pero esta es una de las pocas cosas buenas de su situación.
Y algunos, incluso, tienen más cosas buenas: un exquisito patrimonio cultural y arquitectónico, unos parajes naturales hipnóticos, una gastronomía contundente… y tranquilidad, mucha tranquilidad.
En este verano 2020, en el que se nos antoja que vamos a vivir unas vacaciones de pueblo, playa o montaña, como las de nuestros padres o nuestros abuelos, hemos vuelto la vista a las 10 playas más bonitas de España para las vacaciones tras el desconfinamiento. Y a estos pueblos deshabitados. Para ello hemos elegido los 12 pueblos con menos de cien habitantes más bonitos de España. Para que vayas haciendo planes.
Enclavado en el corazón del Bierzo y circunvalado por los Montes Aquilianos, Peñalba de Santiago recibió en junio de 1969 la declaración de Paraje Pintoresco y en 2008 el título de Bien de Interés Cultural con la categoría de Conjunto Etnológico. Esta pedanía de Ponferrada, fundada por san Genadio, un eremita que se retiró a una cueva próxima al pueblo tras ser obispo de Astorga, tiene una joya: la iglesia de Santiago de Peñalva, mozárabe del siglo X. Pero si por algo destaca es por ser el mejor y más conservado ejemplo de la arquitectura popular de la serranía berciana: casas de pizarra, generalmente de planta rectangular, con dos plantas; la inferior para cuadras y almacén y la superior, generalmente con un corredor de madera en voladizo, dedicado a vivienda.
Un arroyo que se despeña en decenas de cascadas por mitad del pueblo es el mayor tesoro de Orbaneja del Castillo. Él es el que ha obligado a Orbaneja a tener una disposición original, única, con las casas literalmente colgadas en el Cañón del Ebro. El arroyo que cruza Orbaneja, se encauza bajo las casas y, casi rozando las fachadas, forma un salto de agua antes de afluir en el Ebro es la estampa más fotografiada de Burgos después de su Catedral. La arquitectura del pueblo y la Cueva del Agua, formada por las aguas subterráneas que llegan desde Bricia y de la que surge el arroyo que cruza la localidad, son los tesoros de este Conjunto Histórico-Artístico.

Desde el puerto de la muy turística localidad alicantina de Santa Pola, a la que pertenece, parten a cada poco lanchas rápidas que en menos de 15 minutos llevan hasta una isla que oficialmente se llama Isla Plana o Nova Tabarca pero que todo el mundo conoce simplemente como Isla de Tabarca. El confinamiento por el coronavirus ha suspendido temporalmente las conexiones de este pedazo de paraíso mediterráneo con la península y sus 51 habitantes tienen para sí solos toda su extensión (1.800 m de longitud y 400 de anchura) y un coqueto catálogo de pequeñas calas y playas que en verano están siempre a reventar.

Esta diminuta aldea del municipio de Pedrafita do Cebreiro, en la comarca lucense de Los Ancares, tiene el honor de ser la puerta de entrada en Galicia del Camino Francés que conduce a Santiago de Compostela. Las pallozas, viviendas tradicionales de piedra y centeno de forma redondeada para guardar el ganado, son su mayor atractivo turístico. Hoy, restauradas, son auténticos museos etnográficos que dan testimonio de cómo era no hace mucho la vida en esta comarca gallega. Pero no le desmerece la iglesia de Santa María la Real, prerrománica del siglo IX y que está íntegramente conservada. Solo tiene 23 habitantes, pero por su calles pasan, de media, más de mil peregrinos al día camino de Santiago, 154 kilómetros más adelante.

La aldea medieval de Trevejo, que forma parte del municipio cacereño de Villamiel, solo tiene dos calles, 16 vecinos y una taberna en la que, si les diese por juntarse, cabrían todos. También tiene dos tesoros: el valle que se desparrama colinas abajo de la Sierra de Gata y su castillo del siglo XV, perteneciente a la Orden de San Juan de Jerusalén y de origen posiblemente musulmán, desde el que se divisa Portugal.

No es una metáfora cuando las guías dicen que Cuevas del Agua es un pueblo escondido. Efectivamente lo está. Y no hay otra forma de llegar hasta él que no sea atravesando una cueva, la Cuevona, una enorme cavidad natural que la erosión ha ido modelando. La cueva, eso sí, está asfaltada y se puede atravesar en coche sin problema. Son solo 300 metros, pero el frescor de la piedra y el rumor del arroyo que fluye dentro de la cueva son suficientes alicientes como para dejar el coche aparcado antes y hacer ese recorrido a pie. Una vez lo hayas pasado encontrarás una de las aldeas más coquetas de Asturias. Cuenta con dos barrios, Cuevas y Santiago, con buenos ejemplos de construcciones típicamente asturianas; se adorna con el rumor del río Sella y recibe la protección de los cuatro montes que la rodean: Las Torres, La Pandiella, El Colláu y Les Roces.

En el valle de Cabuérniga, entre los ríos Sajas y Arzonzas, y enclavado en el Parque Natural Saja-Besaya, se levanta Bárcena Mayor, que está considerado uno de los pueblos más antiguos de Cantabria. Tiene una estructura rectangular y solo dos calles principales, denominadas La Calleja y La Calle Larga, así como varias callejuelas perpendiculares perfectamente empedradas, a las que se asoman perfectos ejemplos de arquitectura de montaña cántabra. Pero más allá de su s calles empedradas, de sus casas, de la iglesia de Santa María y de su fuente-lavadero el atractivo principal de Bárcena Mayor (declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1979 por el estupendo estado de conservación de sus construcciones.) es la misma Reserva Natural del Saja donde, a finales de septiembre aún es posible disfrutar de uno de los espectáculos más asombrosos de la naturaleza: la berrea del ciervo.

Hace solo unos pocos años, cuando se alquitranó la vieja pista de tierra que la unía con el municipio de Proaza, el mundo ‘descubrió’ el bello pueblo de Bandujo. Gracias a su aislamiento, esta bellísima localidad asturiana ha conservado casi intacta su arquitectura rural de montaña y su increíble muestrario de hórreos de madera. La pequeña calzada romana que lo comunicaba con el pueblo de Caranga y el resto del valle es su otro tesoro.

Las construcciones de adobe y madera le confieren un sabor eminentemente serrano a esta pequeña localidad cacereña. Declarada Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico, Robledillo de Gata es una de las localidades más bellas e interesantes de la provincia cacereña. Gracias a su ubicación, el pueblo ha logrado conservarse estupendamente, dando la sensación de que el tiempo se ha detenido. En el pueblo, más allá de sus casas serranas destacan la plaza, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, las ermitas del Cordero (del siglo XVI), San Miguel y del Humilladero, y su museo del aceite, llamado Molino del Medio. En verano, su principal atractivo son sus piscinas naturales: tres pozas de agua fresca en las que también hay espacio para el picnic. Y todo el año, las vistas desde los muchos miradores que tiene el pueblo.

No solo en las dos Castillas o en Aragón existe la España vaciada. En la provincia de Madrid hay una decena de pueblos de no llegan a cien habitantes: Madarcos (el menos poblado, con 47 vecinos), La Hiruela, Robregordo, La Acebeda, Horcajuelo de la Sierra… También Patones de Arriba, el mejor ejemplo de arquitectura negra en la provincia. Un sendero entre olivares que parte de la localidad hermana de Patones de Abajo y que corre paralelo al arroyo Patones lleva hasta esta aldea medieval famosa por sus casas de madera y pizarra negra y sus sinuosas calles empedradas. Fuera del pueblo, el monte está repleto de ruinas de piedra de las antiguas chozas de pastores. Cerca del pueblo se encuentran el yacimiento arqueológico de la Cueva del Reguerillo, la ermita de la Virgen de la Oliva y las ruinas del Pontón de la Oliva, la presa más antigua del Canal de Isabel II, construida por presos entre 1851 y 1857 para remansar las aguas del río Lozoya pero nunca tuvo su uso porque al inaugurarse se vio que el agua se filtraba.

Tiene un río, el Milanos, una muralla que habla de su esplendor pasado y las ruinas de un castillo. Tres elementos que engrandecen su aire medieval. Y también tiene una leyenda que habla de la épica de la Reconquista, porque aquí fue donde el moro Almanzor perdió su tambor. Esos elementos, junto con sus calles empedradas y sus casas de piedra madera y adobe le han bastado para convertirse en uno de los pueblos más bonitos de Soria, declarado en su totalidad en 1962 Conjunto Histórico-Artístico Nacional.

La aldea de Mogrovejo pertenece al valle de Camaleño, dentro de la comarca de Liébana, la más agreste de toda la región cántabra. Está en Cantabria, pero aquí se concentra buena parte de la historia de Asturias: la tradición sostiene que don Pelayo nació en uno de sus barrios, el de Los Llanos; en Cosgaya, a tiro de piedra de Mogrovejo, la leyenda dice que un corrimiento de tierras de origen divino sepultó a los moros que huían de Covadonga (en una montaña vecina durante siglos han aparecido huesos humanos, lo que le ha valido es nombre de Monte Calavera); y en el paraje de Las Ilces se produjo el enfrentamiento de Favila, el segundo rey astur, con el oso que le causó la muerte. Lo único que podría hoy causar la muerte en Modrovejo es la visión del imponente macizo de Ándara, que se levanta a sus espaldas.
