50 años sin Jayne Mansfield, la ‘pin up’ más sexy

Tan explosiva y trágica como Marilyn, pero mucho más divertida. Hablaba cinco idiomas y tenía un cociente intelectual de 163, aunque eso no la ayudó a manejar su vida ni su éxito. El 29 de junio se cumplen 50 años de su muerte.

Por JUAN VILÁ

Si en los años 50 hubiera existido Instagram, ella habría sido la reina absoluta. Nadie –ni Marilyn Monroe, su gran rival, casi su némesis– hubiera sido capaz de hacerle sombra. Más que nada por su exhibicionismo y su afán de llamar la atención. O por lo consciente que siempre fue de la importancia de destacar y darse a conocer. «Decidí muy pronto que lo primero que iba a hacer era convertirme en famosa, y ya me ocuparía después de actuar», solía decir.

Y justo eso fue lo que hizo. En 1955, Jayne Mansfield era una absoluta desconocida que acababa de conseguir un pequeño papel en La sirena de las aguas verdes, protagonizada por Jane Russell. Su participación era tan insignificante que ni siquiera aparecía en los títulos de créditos. Y, sin embargo, cuando llegó el día de la presentación ante la prensa, se convirtió en la auténtica estrella. ¿Cómo? Perdiendo estratégicamente la parte de arriba del biquini y quedándose desnuda. Un truco que practicó tantas veces que acabó convirtiéndose en su firma. La cosa llegó hasta tal punto que su estilista, Richard Blackwell, el mismo que años después inventaría la lista de las peor vestidas, renunció a trabajar para ella después de que en cierta ocasión se le cayera el vestido dos veces el mismo día.

Tampoco Sophia Loren guarda un buen recuerdo de Mansfield. El 13 de abril de 1957 presentaron a la italiana en Hollywood y organizaron una gran fiesta en su honor. Lástima que la rubia decidiera eclipsarla. Llegó la última, acaparó la atención de todos los fotógrafos y fue directa a saludar a Loren. Se sentó a su lado en la mesa con un escote tan descomunal que la dejó sin habla, lo que dio origen a una famosísima foto en la que la actriz italiana observa de reojo e intimidada el pecho de la otra. Años después, Loren declaró sobre esa imagen: «Mira la foto. En mi rostro puedes ver el miedo. Tengo mucho miedo de que todo en aquel vestido se caiga –¡boom!– y se derrame sobre la mesa. Fue un momento muy desagradable para mí».


Borrador automático 738«A mis fans no les interesa mi cociente intelectual. ellos están más interesados en mis 102-53-91»


 

Otro de sus numeritos preferidos implicaba a su segundo marido. Describiéndole comprenderán hasta qué punto Mansfield se adelantó a su tiempo al elegirlo: europeo, culturista, ganador del título de Mr. Universo y luego instalado en Hollywood, donde trabajó como actor. No, no era Arnold Schwarzenegger, sino el húngaro Mickey Hargitay. Él, para demostrar su fuerza, solía cogerla por la cintura, alzarla sobre su cabeza y darle vueltas y más vueltas. A veces ella, en los estrenos y las fiestas, hasta firmaba autógrafos desde arriba para el deleite de todos.

A Mansfield le gustaba presumir de cociente intelectual: 163, más o menos el mismo que Albert Einstein o Bill Gates si creemos en esas cosas. Aunque también tenía muy claro que esa cifra no le importaba demasiado al público. «Ellos están más interesados en mis 102-53-91», le gustaba decir. Tampoco reparó nadie en los cinco idiomas que hablaba o en su talento como actriz. Ni siquiera ella: «Me gusta ser una pin-up, no hay nada malo en ello», reivindicaba. Y si no, hacía una de sus habituales bromas sobre sí misma: «Me gustaría tener diez hijos más, diez chihuahuas más y unos cuantos Óscar. Mientras tanto, disfruto siendo un sex symbol y haciendo feliz a la gente».


Borrador automático 739«Querría tener diez hijos más, diez chihuauas más y unos cuantos Óscar. Mientras tanto, disfruto siendo una sex symbol».


 

Los Óscar nunca los consiguió, pero sí un Globo de Oro gracias a una de sus primeras películas, The Wayward Bus, un dramón que ni siquiera se estrenó en España y en el que se alejaba de su papel habitual de rubia explosiva. A partir de ahí, se acabaron los premios, se la encasilló sin remedio y a cambio, eso sí, obtuvo un gran éxito y pudo hacer realidad una de sus grandes fantasías: el Palacio Rosa. O sea, una mansión de 40 habitaciones situada en Sunset Boulevard donde todo era rosa y estaba lleno de cupidos, corazoncitos… Hasta había una fuente de la que manaba champán. Rosé, por supuesto. Frente a eso, ¿qué importaba que Bette Davis, con su crueldad habitual, pusiera el dedo en la llaga y dijera: «El arte dramático para ella consiste en saber cómo llenar el jersey»?

El modelo de belleza de Mansfield era perfecto para la década de los 50, pero perdió todo el sentido en los 60. La época de la revolución sexual apostó por una vuelta a la naturalidad o a estilos mucho más sofisticados y andróginos. Y de pronto dejaron de llamarla para que protagonizara películas que merecían la pena. O empezaron a llamarla cosas muy feas.

Paul McCartney, que en su juventud bebió los vientos por la actriz, pasó a llamarla «vieja» en una entrevista. Era 1965 y la actriz tenía solo 32 años, pero el mundo se había vuelto muy distinto. Así que Jayne Mansfield se buscó otros escenarios para seguir ganándose la vida: clubes nocturnos, telemaratones, inauguraciones de supermercados… Sus problemas con el alcohol no la ayudaron nada, ni tampoco su turbulenta vida sentimental, llena de broncas, infidelidades y con tres complicados divorcios a sus espaldas. Se estaba cumpliendo al pie de la letra una de las boutades que ella soltó en sus días de éxito: «Las estrellas fueron hechas para sufrir, y yo soy una estrella».

Al final, incluso su muerte se convirtió en un espectáculo y las leyendas en torno a ella llegan hasta nuestros días. Ocurrió en la carretera, al terminar una de sus actuaciones. Viajaba en un coche a gran velocidad y se estrelló contra un camión que estaba fumigando. La actriz, su última pareja, el conductor y dos de sus chihuahuas murieron en el acto. Se ha dicho siempre que Mansfield, de 34 años entonces, perdió literalmente la cabeza en el choque. No es cierto. Lo que salió volando por el parabrisas fue su peluca rubia y en algunas de las fotos que se publicaron del accidente daba la impresión de haber sido decapitada. Otra de las leyendas habla de la relación de la estrella con Antón LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, y de la maldición que él habría lanzado contra su último amante y contra ella como auténtica causa de la muerte de ambos. Los que sí sobrevivieron al siniestro fueron sus otros dos chihuahuas, Dorothy y Cow, y tres de sus cinco hijos, que viajaban en la parte de atrás del coche. Una de ellas era Mariska Hargitay, que muchos años después siguió los pasos de su madre y tiene tanto un Grammy como un Globo de Oro por su trabajo en la serie Ley y Orden.


Borrador automático 740LA MARILYN DEL OBRERO
Así es como solían llamar en Hollywood a Jayne Mansfield. Las comparaciones entre ambas actrices fueron constantes y odiosas. Mansfield parecía seguir cada paso de la otra, pero siempre por detrás: como la auténtica ambición rubia posó para Playboy, imitaba su forma de hablar y hasta la contrataron en Fox para sustituir a Norma Jean. Solo hubo una cosa en la que se le adelantó: ella se lió antes con John Fitzgerald Kennedy.