Este mecano de piezas prestadas, edificios trasplantados y espacios reinventados es una idealización de la ciudad medieval, pero tiene una belleza impactante. El Barrio Gótico cumple el cometido para el que nació: ser una colección de estampas irrepetible para la gran capital del Mediterráneo.

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Por RODRIGO PADILLA

En la calle del Bisbe, entre la fachada lateral de la sede de la Generalitat y las Cases dels Canonges, un puente une ambos edificios con su vistoso gótico flamígero. En la parte inferior, entre los nervios de piedra, hay esculpida una calavera atravesada por un puñal. Según la leyenda, si alguien lo arranca, los cimientos de la ciudad se hundirán. Dado que la credibilidad de todo mito descansa en su antigüedad, no hay que preocuparse: si Barcelona desaparece bajo el mar, será por los efectos del cambio climático y no porque algún insensato ose sacar el puñal de la piedra. A fin de cuentas, la leyenda no puede ser más nueva que el puente, y este fue construido en 1928 por un discípulo de Gaudí.

El exterior de las Cases dels Canonges tampoco se parece mucho a como era hace apenas un siglo. En la restauración de 1927 se levantó una fachada nueva, con elementos propios del gótico nórdico y profusión de ventanas coronellas, altas, estrechas y partidas por columnas, mucho más vistosas y tradicionales que las originales. No es el único caso.

Un paseo por el barrio gótico de Barcelona 1

Las callejas del barrio gótico de Barcelona están repletas de establecimientos. En Los caracoles, la familia Borafull sirve comida tradicional desde 1835.

De hecho, todo el Barrio Gótico es un gigantesco Lego y su apariencia actual se debe a unas obras que se iniciaron en la segunda mitad del siglo XIX, con el derribo de las murallas, y se prolongaron durante décadas. Su origen se encuentra en la necesidad de sanear la ciudad y adaptarla a las necesidades de una urbe moderna, industrial y pujante, deseosa de presentarse al mundo como la gran capital europea que era.

El punto de inflexión de este plan de reordenación fue el derribo, a partir de 1908, de manzanas enteras de edificios –de orígenes, estilos y calidades muy variopintos– para abrir la vía Laietana, una avenida recta que atravesaba el dédalo anárquico de la Ciutat Vella. Ante el volumen de materiales antiguos que se iban depositando en los almacenes municipales, como capiteles, columnas o dinteles, el arquitecto Jeroni Martorell propuso aprovecharlos para reconstruir todo el entorno de la catedral, un achaparrado edificio del siglo XIII al que se le acababa de añadir la imponente fachada que luce hoy.

La idea de crear un ‘barrio gótico’ convenció al momento. Las autoridades municipales ordenaron eliminar las viviendas degradadas o vulgares que abundaban en el corazón de la ciudad y sustituirlas por construcciones medievales trasladadas desde otros rincones, además de restaurar los restos conservados y armonizar el conjunto usando los elementos góticos recuperados.

Tan costosa operación se justificó asegurando que la monumentalidad lograda atraería a los turistas. El arquitecto Adolf Florensa, responsable de algunas de las intervenciones, diría años más tarde: «Esta cantidad de monumentos, en un espacio tan restringido, da como resultado un ambiente de una densidad histórica y emocional tremenda, que sobrecoge al visitante sensible y le produce impresiones inolvidables».

Un paseo por el barrio gótico de Barcelona 2

Una de las tradicionales tiendas del barrio gótico.

El fenómeno resulta especialmente visible en el núcleo del Barrio Gótico, formado por tres espacios emblemáticos de la Barcelona histórica: el palacio de la Generalitat en la plaza de San Jaume; la catedral de Santa Eulalia, flanqueada por las moles del Palacio Episcopal y el Museo Diocesano, y la plaza del Rei. Aquí se alza el Palacio Real, residencia de los condes de Barcelona primero y de los reyes de la Corona de Aragón después, e incluye lugares tan señeros como el salón del Tinell, la capilla de Santa Àgata y el palacio del Lloctinent, además del actual Museo Frederic Marès.

Al otro extremo de la plaza se encuentra el Museo de Historia de la Ciudad, instalado en la casa Padellàs, que fue trasladada hasta aquí piedra a piedra y, al igual que todos los edificios citados anteriormente, sometida a un proceso de eliminaciones y añadidos varios para potenciar su carácter medieval.

En torno a este centro se extiende una retícula irregular de callejuelas que esconden multitud de rincones pintorescos y lugares llenos de interés, como la iglesia de San Felipe Neri, la sinagoga mayor en la antigua judería o la basílica de Santa María del Pi y su mercadillo, pero también las chocolaterías de la calle de Petritxol, el animado ambiente de la plaza Reial y sus muchos restaurantes. Esta combinación es lo que hace que el Gòtic resulte tan especial, genera una atmósfera que invita al paseo y la ensoñación. Porque en la ciudad de los prodigios no todo lo mágico es monumental.

La historia se desprende de la propia piedra y te lleva a buscar la losa de la calle Paradís que marca la cima del monte Táber, donde nació la Barcino romana y donde plantaron su enseña los visigodos de Ataúlfo y los musulmanes de Almanzor. Invita a seguir en el callejero los nombres de los gremios que poblaban el Born, y bajar hasta la basílica de Santa María del Mar, recorrer el paseo de Colón sabiendo que era la playa donde los pescadores varaban sus barcas, y donde se construiría el puerto a petición de los comerciantes de la ciudad, y llegar hasta las atarazanas, hoy el Museo Marítimo, donde se armaron las galeras del rey de Aragón y más tarde las que lucharían contra la flota del gran Turco.

El vecino portal de Santa Madrona anima a imaginar cómo era la ciudad amurallada, cómo se vivía en este rincón del Mediterráneo hace 200, 500, 1.000, 3.000 años. Y, ya en lo alto del Montjuïc, el perfil de la torre Agbar y las grúas que levantan la Sagrada Familia llevan a anticipar cómo se vivirá mañana en esta Barcelona rica en pasado y pletórica de futuro, cómo su espíritu siempre visionario la transformará una vez más.