Veronica Lake, de icono de Hollywood… A camarera

Pocas actrices fueron tan deseadas en la década de los 40 y pocas tuvieron una vida tan trágica. Su éxito, durante unos años, fue absoluto y hasta se convirtió en icono. Luego, el alcohol y su complicado carácter lo torcieron todo. Cuando se cumplen 45 años de su muerte, recordamos a la primera ‘femme fatale’ de Hollywood.

Por JUAN VILÁ

Tenía más carisma que talento y mucho más glamour que cabeza. Incluso a ella le gustaba bromear con el tema: «Podrías poner todo mi talento en tu ojo izquierdo y aún así no tendrías ningún problema de visión», solía decir. Moronica Lake la llamaba el escritor Raymond Chadler –de moronic, o sea, idiota en inglés– cuando trabajó como guionista con ella.

Otros la apodaron la perra, porque aseguran que resultaba insoportable. Aunque puede que un mote tan contundente tuviera algo de halago, ya que incidía en su imagen de mujer fatal y peligrosa, de diva que se sitúa al margen, o muy por encima, del resto de la humanidad.

Constance Frances Marie Ockelman, más conocida como Veronica Lake, nació en Nueva York el 14 de noviembre de 1922 y los problemas empezaron pronto. En su infancia sufrió cambios bruscos de carácter, dificultades para relacionarse, tendencias paranoicas… Años después, su madre contó que fue diagnosticada de esquizofrenia y que los psiquiatras le aconsejaron apuntarla a clases de arte dramático como terapia.

La niña encima, al entrar en la adolescencia, se convirtió en una belleza. De manera que toda la familia se trasladó a Hollywood para que pudiera empezar su carrera. Tenía 15 años y los primeros trabajos no tardaron en llegar. A los 17 rodó El vuelo de las águilas y se convirtió en una estrella. Y no solo eso: cambió su nombre por el de Veronica Lake, empezó a labrarse su fama de actriz complicada que siempre llega tarde y que ningún compañero soporta, y sobre todo definió el que iba a ser su rasgo más característico: el peinado.

Lo llamaron peekaboo y consistía en ese mechón que cae sobre la cara. Aportaba misterio y aún más erotismo del que Veronica ya desprendía. Aunque en un principio no hubo nada premeditado: a los peluqueros les resultó imposible controlar su melena durante el casting. «El pelo se empeñaba en caer sobre mi ojo, yo intentaba apartarlo y no había manera. Pensé que acababa de perder el papel, pero al productor le entusiasmó que no se me viera el ojo. Tenía experiencia y sabía que la gente iba a hablar de ello e iba a venir a ver la película», explicó la actriz.

El truco, en efecto, funcionó. Luego vinieron las comedias, como Los viajes de Sullivan o Me casé con una bruja, y las películas de cine negro que rodó con Alan Ladd. A ambos les acabarían uniendo la tragedia y los excesos –él murió tras mezclar alcohol y barbitúricos–, pero si en un primer momento trabajaron tanto juntos fue por su escasa talla: ella medía 1,51; él, solo 1,65.

Veronica Lake vivía su mejor momento, aunque la prensa no dudaba en calificarla, y con razón, como «una experta en crearse enemigos». Ante lo que ella respondía: «La mujeres somos siempre un problema para los hombres sin imaginación. Ellos, cuando hacen negocios con nosotras, esperan que nos comportemos como vacas apacibles». Ganaba miles de dólares a la semana y se quejaba de que ni tenía casa ni podía ahorrar.

Y entonces, todo se empezó a torcer. Dicen que fue justo por su peinado. Tuvo tanto éxito que millones de mujeres decidieron copiarlo y el gobierno de Estados Unidos tomó cartas en el asunto. ¿El motivo? La Segunda Guerra Mundial había llenado las fábricas de trabajadoras y el hecho de que muchas de ellas llevaran un ojo tapado, o el pelo demasiado largo, aumentó de forma dramática los accidentes laborales.

A Lake le pidieron que renunciara al peekaboo y a ella no le quedó más remedio que obedecer. Aunque a la cuestión estilística habría que añadir muchas otras causas de su caída, como su larga lista de enemigos, la inestabilidad mental, el alcohol, los impuestos sin pagar e incluso su madre, que la demandó porque no le pasaba la asignación que ambas habían acordado.

En 1951, tras varios años con su carrera en caída libre, la actriz declaró que estaba arruinada, sufrió una crisis nerviosa y abandonó Hollywood para instalarse en Nueva York. Durante una temporada se dedicó a la televisión, pero un buen día desapareció


Ganaba miles de dólares a la semana, pero se quejaba de que no tenía casa ni podía ahorrar


No se volvió a saber de ella hasta 1962, cuando un periodista la descubrió trabajando como camarera. «Es una buena chica que ha pasado una mala racha», explicó su jefe. Ella, en cambio, aseguró que no necesitaba dinero y que lo hacía porque le gustaba hablar con la gente.

La humillación le permitió salir del pozo. Volvió a la palestra y trabajó de nuevo, sobre todo en teatro. Además, algunos antiguos amigos, conmovidos por su historia, se pusieron en contacto con ella. Como un examante, un tal Marlon Brando, que le mandó un cheque de mil dólares. A Veronica Lake le hizo tanta ilusión que, en lugar de cobrarlo, lo enmarcó y lo colgó en su casa.

En 1969 publicó sus memorias. Con lo que ganó produjo su última película, El festín de la carne, en la que interpretaba a una científica loca que quería resucitar a Hitler para volver a matarlo. Al final lo lograba. Lástima que no tuviera tanta suerte con su hígado. En junio de 1973 le diagnosticaron cirrosis. Semanas después, el 7 de julio, moría. Solo tenía 50 años.

– Más mujeres que amamos en Código Único…

  • Rita Hayworth
  • Raquel Welch
  • Jane Fonda