Tras arrasar en la moda femenina, su aterrizaje en la masculina fue muy aplaudida este verano. Ahora, para el otoño, Simon Porte Jacquemus se replantea el lujo como algo más real, más de la tierra… y vuelve a triunfar.
Por José Luis Díez-Garde
Siempre orgulloso de sus orígenes en Salon de Provence, al sur de Francia, y nacido en 1990, los diez años de carrera del diseñador Simon Porte Jacquemus han destacado siempre por su coherencia: «Para hacer mi colección masculina tenía que sentir algo, tener una razón sincera», aseguraba en junio del año pasado a la edición americana de la revista Vogue momentos antes de presentar su primera colección masculina. «No la hago solo porque ya estuviera haciendo mujer».
«Necesitaba sentirlo; no es algo de negocio. En realidad sí: es parte del negocio porque estamos desarrollando una nueva línea, pero es algo especial para mí». Jacquemus empezó hace ya diez años con una firma enfocada exclusivamente a la mujer. Les filles en Blanc fue su primera apuesta con la que comenzó a destacar entre los jóvenes creadores de su generación hasta llegar a alzarse en 2015 con el premio especial del LVMH Prize (los portugueses Marques’Almedia se hicieron con el primer premio) ante un jurado formado por nombres que se escriben en mayúscula en la historia de la moda: Karl Lagerfeld, Marc Jacobs, Jonathan W. Anderson, Raf Simons, Nicolas Ghesquière. Riccardo Tisci…
Eso sí, fue con su colección femenina de febrero de 2018, La Bomba, cuando realmente estalló todo. Sus desfiles y su campaña (realizada en Lanzarote), sus sombreros XXL y sus bolsos minúsculos, y su sencillo y sensual vestido de novia para la estilista Lolita Jacobs, considerado uno de los diseños más destacados de ese verano, fueron la sensación del año. Incluso las marcas low cost empezaron a copiarlo: «Me hace feliz. Quiero decir, estoy creando algo por mi cuenta, con mis manos y mis objetos, que se convierte en fuente de inspiración para otros […]. Es gracioso el hecho de ir a cualquier tienda en cualquier parte del mundo y encontrarme ‘mis’ zapatos de tacón», afirmaba a la web Frontrowedit en noviembre de 2018.
Sus accesorios han triunfado proporcionándole no solo un potente ADN de marca, sino influyendo en la moda al más alto nivel, poniendo de moda los tacones creados a través de distintas piezas geométricas o los bolsos diminutos: «Me encantan los accesorios. Son una especie de ‘firma’ para mí. Y me encanta hacerlos también para el hombre», aclaraba en el mismo portal. Y no miente: su modelo Le Pitchou, un monedero que se cuelga del cuello, ha sido un icono del verano pasado.
Pero lo cierto es que al francés le costó llegar al hombre. No lo hizo hasta que encontró la inspiración en una pareja: «Fue un sentimiento. Estaba obsesionado por como vestía Gordon. Tenía un gusto muy particular. No sé… La manera en que llevaba su camiseta dentro de sus pantalones, su joyería, la mezcla de colores –afirmaba en Vogue–. Su estilo era sencillo, pero muy particular. Y yo pensé que el hombre Jacquemus tenía que ser una mezcla entre nosotros dos».
«Nunca había pensado diseñar para hombre. Desde pequeño solo había querido hablar sobre la mujer –decía en Frontrowedit–. Ni siquiera veía los desfiles masculinos. Estaba obsesionado con la idea de crear para la mujer». Y en 2018, una vez decidido a lanzar este nuevo proyecto, cerró un desfile con una sudadera en la que se leía «New Job L’Homme Jacquemus», jugando con la viralidad de su desfile para captar la máxima atención de la prensa y hacer uno de los mayores anuncios de su carrera: iba a por todas en el mercado masculino. Y él, frente a un mercado dividido entre la perfección clásica de los modelos o la provocación a través de una estética cuestionable, optó por un hombre mediterráneo, fanático del fútbol, del deporte, de la vida… «Hago deporte tres veces a la semana, es una de las cosas más importantes para mí, así que busco modelos de apariencia saludable, de tez dorada… No supermusculados o superguapos», explicaba Jacquemus en Vogue.
Él ha sido uno de los responsables de darle la vuelta al concepto del lujo junto con Demna Gvasalia, que acaba de despedirse de su firma Vetements para concentrase en su trabajo en Balenciaga, o Virgil Abloh, fundador de Off-White y director creativo de Louis Vuitton. Pero si ambos apuestan por lo urbano, para el diseñador francés el lujo tiene que ver más con la vuelta a lo natural.
Hasta esta colección de invierno, el Mediterráneo ha sido su gran fuente de inspiración, de ahí que decidiera presentar su primera colección masculina en Calanques, junto a Marsella, una cala bonita, sin mayores pretensiones, accesible a todo el mundo, donde dejaba claro cuál era su propuesta para vestir al hombre: «Es muy mediterráneo; y eso es muy importante», confesaba en Vogue América antes de presentar su primera colección, The Gadjo. «Quería que la gente tuviera una imagen fuerte, bella y realmente simbólica de mi trabajo», afirmaba este año en Hypebeast. Aquella propuesta sobresalía por ser toda una celebración de la vida desde el punto de vista mediterráneo, donde destacaban las siluetas sencillas, sin un exceso de estampados y un patronaje limpio. Carente de detalle, pero no minimal, como le gusta subrayar: «Para mí, el término ‘minimal’ significa sin carácter», aseguraba en Frontrowedit. Y desde luego su trabajo no lo es.
«Mi nueva colección tiene que ver con el trabajo, con los que se levantan pronto, con la realidad»
Eso sí, cumplir una década de carrera parece haberle hecho replantearse sus principios: «Voy a terminar mi fase mediterránea, tanto para hombre como para mujer», confesaba en Hypebeast.«No quiero mostrar una fantasía –explicaba este enero en París al periódico The Guardian–. Mi nueva colección tiene que ver con el trabajo, con aquellos que se levantan pronto, con la realidad y con prendas reales que puedes llevar». Dicho y hecho. El diseñador ha dado un giro completo a su colección este invierno, pero siempre dentro de la coherencia de colores, tejidos y formas. Si el verano para él era relajado, este invierno ha decidido dejar el mar para mirar a la sobriedad de la montaña. The Miller (El molinero) es el nombre que le ha dado a este trabajo donde todo se vuelve más arenoso lejos del glamour de la Costa Azul. Es una vuelta a la tradición, a lo artesano, un especie de carta de amor a sus paisanos, un replanteamiento del lujo donde todo es más puro, más real y quizás, por eso, más Jacquemus.
El diseñador Simon Porte Jacquemus.
Jacquemus, junto con Demna Gvasalia y Virgil Abloh, ha sido el responsable de dale la vuelta al concepto del lujo en la moda masculina.

Una de las obsesiones de Jacquemus es que sus prendas se puedan llevar. Tanto en The Gadjo, su primera colección para hombre, como en The Miller, la de este invierno, se ve esa preocupación. Sus formas son contundentes, despegadas del cuerpo, en una apuesta por replantear la silueta masculina inspirado por los uniformes de trabajo, sobre todo del campo. Los colores, pegados a la tierra (arenas, marrones, discretos azules o potentes naranjas) conforman una paleta calmada y densa que abre un nuevo camino al lujo. Los estampados se reducen al mínimo, y las ‘Duck boots’, surgidas de los duros inviernos de Estados Unidos y Canadá, se convierten en el calzado imprescindible. En cuanto a los tejidos, se decanta por fibras nobles como la lana y el algodón, buscando alejarse del territorio urbano.
