«Querida madre, te escribo desde las trincheras. Estoy fumándome una pipa. Pero espera, en la pipa hay tabaco alemán. Te lo habrás encontrado, dirás. ¡Qué va, me lo dio un soldado alemán! Ayer los británicos y los alemanes nos juntamos en la tierra de nadie, nos dimos la mano, intercambiamos regalos. Sí, fue un verdadero día de Navidad, como te lo cuento. Maravilloso, ¿no crees?» Esta es la carta que Henry Williamson, un soldado de 19 años, le escribió a su madre el 26 de diciembre de 1914. Bruce Bairnsfather, otro oficial británico, describió escenas parecidas: «Me acerqué a un oficial alemán, charlamos y le pedí un par de botones de su uniforme, yo le di dos del mío a cambio. Lo último que vi fue a uno de mis hombres, peluquero en la vida civil, cortándole el pelo a un dócil boche, que se dejaba hacer de rodillas en el suelo. No me habría perdido aquel peculiar día de Navidad por nada del mundo».

Apenas cinco meses antes, el ejército alemán se había lanzado sobre el norte de Francia; frenada la ofensiva, los frentes se estabilizaron y ambos bandos empezaron a excavar trincheras, dando paso así a una guerra de posiciones que se alargaría cuatro años más. Pero las grandes batallas aún estaban por venir y el odio entre enemigos todavía no estaba demasiado acerado. Además, la llegada de cartas y regalos desde casa ablandó a los soldados ante las primeras Navidades de la guerra. En varios sectores del frente occidental, los alemanes colocaron abetos adornados con luces sobre los parapetos, respondidos por villancicos y gritos de feliz Navidad de una trinchera a otra. «Cuando las campanas sonaron en los pueblos cercanos ocurrió algo fantástico y nada militar: soldados alemanes y franceses cesaron las hostilidades, se visitaron a un lado y otro, intercambiaron coñac y cigarrillos por jamón de Westfalia», relató Richard Schirrmann, oficial alemán destinado en los Vosgos. Los testimonios son abundantes, hay numerosas fotos de estos grupos de soldados mezclados y sonrientes, incluso se habla de partidos de fútbol disputados en la tierra de nadie.

Aquella tregua de Navidad fue tan solo un breve paréntesis de humanidad en una guerra que sería terrible. En adelante, las autoridades de ambos bandos prohibieron y castigaron toda muestra de confraternización para que no se repitiera nada parecido. Cuando llegaron las navidades de 1915, tras 12 meses de sufrimiento y millones de muertos, pocas ganas había de celebrar nada. Hoy, aquella magia pasajera que durante unas breves horas se adueñó del frente todavía se percibe en las brumas de Flandes y Lorena, flota sobre los campos cubiertos de cruces, sobre los restos de las trincheras y fortificaciones, sobre los memoriales de Ypres y Freilinghien dedicados a unos hombres que encontraron el valor para celebrar una verdadera noche de paz.

Tregua de Navidad
Tregua de Navidad


Hace 105 años

El 24 de diciembre de 1914, a la caída de la tarde, soldados de ambos bandos empezaron a entonar villancicos en sus trincheras y desearles feliz Navidad a sus enemigos al otro lado de la tierra de nadie. A la mañana siguiente se produjeron emotivos episodios de confraternización, incluso se celebraron partidos de fútbol entre ingleses y alemanes. Las cúpulas militares de ambos bandos no permitieron que se repitieran hechos similares.


Bruce Bairnsfather (1887-1959).

Bruce Bairnsfather

Nacido en la India Británica, estudió Bellas Artes. Durante la guerra sirvió en Francia y resultó herido en Ypres. En su convalecencia empezó a publicar en el Bystander sus famosas viñetas de Old Bill, un soldado de las trincheras.


Richard Schirmann (1874-1961).

Richard Schirmann

Hijo de un profesor prusiano, se implicó en asociaciones de excursionistas y creó el primer albergue juvenil del mundo en 1907. Tras la guerra promovió la creación de una red mundial de albergues para jóvenes.