Cocidos madrileños: 10 opciones por las que merece la pena ir a Madrid

No obtienen galardones, como los 16 nuevos restaurantes españoles que han estrenado estrella Michelin en 2018, ni triunfan en Instagram ni aparecen en las listas de los establecimientos de moda, pero los restaurantes de esta lista tienen algo que los hace únicos: unos cocidos que hacen que nos chupemos los dedos. Y el otoño se acerca, así que más vale que vayamos reservando, porque lo bueno se hace de rogar.

Por ISMAEL PÉREZ

Dicen que la capital de España no tiene personalidad en la cocina, que por su posición central y por ser un polo atracción de gentes de todo el mundo lo típico es todo y lo propio, nada. Y no, el bocadillo de calamares no es suficiente como especialidad gastronómica. Pero toda norma tiene su excepción y la de Madrid está clara: el cocido madrileño.

Por eso nos hemos propuesto recorrer la ciudad de extremo a extremo en busca de los mejores restaurantes que lo sirvan. Lo castizo y lo tradicional ganan por goleada. Locales con solera, que han visto pasar la historia entre sopa y garbanzos, entre relleno y fideos, decoración cañí, paredes que presumen de visitas ilustres y cocineros que imitan a la abuela tras los fogones.


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Desde el lujo de los cocidos Casa Lhardy, en las inmediaciones de la Puerta del Sol, hasta el Charolés, que por su fama arrastra a tantos a la periferia y llena el estómago de los que visitan el monasterio de El Escorial. Y, por supuesto, el Malacatín, en el corazón de La Latina, con su promesa de invitarte si te acabas todo lo que hay en la olla, reto que en más de 120 años nadie ha superado; o el no menos famoso La Cruz Blanca, pese a tener que buscarlo en las profundidades de Vallecas.


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Para tradición de cocidos, también, La Bola, cerca de la Plaza de Oriente, o La Gran Tasca, del no menos castizo Chamberí, o Casa Carola, nada menos que en el Barrio de Salamanca. A veces el guiso nos busca a nosotros, como La Taberna de la Daniela y sus cuatro locales repartidos por toda la ciudad. Y otras se rompen nuestros prejuicios, como en El Nuevo Horno de Santa Teresa, cerca de Alonso Martínez o en la moderna Ribera Navarra, a pocos metros de Gregorio Marañón.

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