En la Exposición Universal de 1888, la pujante Barcelona industrial se puso a la vanguardia de la modernidad. El 20 de mayo de ese año se inauguró, con la presencia del rey Alfonso XIII, y de lo más selecto de la sociedad española y catalana. Un escaparate para el mundo.

Por RODRIGO PADILLA

Los invitados aguardaban con expectación el comienzo de la ceremonia. El engalanado interior del Palacio de Bellas Artes, un innovador edificio con estructura de hierro, acogía a lo más granado de la sociedad catalana, así como a representantes de los 22 países que tomaban parte en la exposición y a personalidades de la realeza europea, entre ellos el príncipe Eduardo de Gales, el duque Tomás de Génova o el príncipe Ruperto de Baviera. Finalmente, y con cierto retraso, hizo su entrada el rey Alfonso XIII, en el centro de un cuadro de alabarderos y en brazos de su nodriza, ya que solo tenía dos años

Tras él, su madre, la regente María Cristina, y varios miembros del Gobierno. Una vez concluidos los discursos de rigor, se interpretó el himno compuesto para la ocasión por el maestro Blasco. La suelta de un centenar de palomas blancas acompañó la salida de la comitiva real y el inicio de la visita a los pabellones del amplio recinto ferial.

La pompa que marcó la inauguración de la Exposición Universal de Barcelona estaba tan medida como el resto del proyecto. Desde que Londres organizara la primera en 1851, las principales capitales del mundo competían por albergar unas muestras concebidas como escaparate de virtudes y capacidad industrial y comercial.

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Y la ciudad más próspera y moderna de España, la primera en contar con gas y electricidad, por la que circuló el primer tren y donde se instaló la primera fábrica mecanizada, quiso sumarse al selecto club: no podía ser otra que Barcelona. La alta burguesía catalana la vio como una oportunidad para vender una imagen de desarrollo asociada a la expansión industrial y al florecimiento cultural, y también para escenificar su buena relación con la monarquía española tras la Primera República.

En un tiempo récord, y en un alarde de capacidad organizativa, se planificó y construyó un recinto articulado en torno a la Ciutadella, convertida en parque años antes. De los numerosos pabellones y construcciones levantados para la feria, perviven el Arco del Triunfo –que servía de entrada a la muestra–, la Cascada Monumental, el Castillo de los Tres Dragones –hoy Museo de Zoología–, los recintos hermanos del Invernáculo y el Umbráculo o la Galería de Máquinas, hoy parte del zoo.

Otros muchos, como el propio Palacio de Bellas Artes, la popular Fuente Mágica o el Hotel Internacional, fueron demolidos tras la clausura o a lo largo de las décadas siguientes. La Exposición de 1888 cumplió con creces sus expectativas. Pero, además de situar a Barcelona en el mapa de las grandes ciudades, también sirvió de trampolín a un estilo del que hoy es capital indiscutible: el modernismo.


HACE 130 AÑOS…

10 joyas modernistas de la Exposición Universal de Barcelona de 1888 1«Su majestad la reina regente, en nombre de su augusto hijo el rey don Alfonso XIII, me ordena decir que queda inaugurada oficialmente la Exposición Universal de Barcelona». Con estas palabras, pronunciadas el 20 de mayo de 1888, el presidente del Gobierno Mateo Sagasta anunciaba la apertura de una feria que visitarían en total 400.000 personas.

 

 


 PROTAGONISTAS


10 joyas modernistas de la Exposición Universal de Barcelona de 1888Eugenio Serrano de Casanova (1841-1920)

Empresario gallego, conoció las exposiciones de otros países europeos. Su convenio con el Ayuntamiento se transformó en un proyecto al que se sumó la burguesía catalana.

 

 

 

 


10 joyas modernistas de la Exposición Universal de Barcelona de 1888 6

María Cristina de Austria (1858-1929)

Archiduquesa de Austria, fue la segunda esposa de Alfonso XII. Ejerció como reina regente hasta 1902, cuando su hijo Alfonso XIII alcanzó la mayoría de edad.