De Westminster a Tower Bridge por la orilla del Támesis. De la Britania romana a la gran urbe cosmopolita y multicultural del siglo XXI: a su paso por el centro de Londres, el Támesis es una verdadera máquina del tiempo.

Por Rodrigo Padilla

Támesis

En sus orillas pusieron el pie los legionarios de Julio César y los vikingos de Svend Haraldsson, en sus orillas se instaló la venerable Universidad de Oxford y se firmó la no menos venerable Carta Magna, en sus orillas nacieron, vivieron y murieron docenas de reyes y reinas. Los 346 kilómetros que recorre el Támesis hasta su desembocadura en el mar del Norte están llenos de historia, pero en el puñado de ellos que discurre entre los dos núcleos originarios de la actual Londres se concentra toda la esencia de Inglaterra: son los que separan Westminster y la City.

El primero de estos dos núcleos fue el que surgió alrededor de la Londinium romana, fundada en el año 43 en la ribera norte del Támesis, allí donde los ingenieros del general Aulio Plaucio tendieron el puente de madera que permitió finiquitar la conquista de Britania. La neblinosa ciudad floreció al calor de la pax romana y de un comercio que salía a las grandes rutas mercantiles del Imperio desde su puerto en el río. Pero aquella prosperidad tenía los días contados: en el año 410, en medio de una grave crisis, con bárbaros en todas las fronteras y las incursiones cada vez más osadas de anglos y sajones, el emperador Honorio ordenó la evacuación de las últimas tropas que defendían la remota provincia.

El callejón Guildhall

Las legiones se fueron, pero Roma se quedó. En esta parte concreta de la isla, tan redonda afirmación no tiene únicamente un sentido cultural o material, sino también lineal. No el de las rectas impecables de unas calzadas enterradas por el tiempo, ni el de la elipse de losetas negras en el suelo de Guildhall Yard que señala el emplazamiento del antiguo coliseo. La línea más importante que aquí dejó Roma no es de las que se perciben a simple vista sí de las que marcan el destino. Porque el perímetro de las viejas murallas fijó el límite de los privilegios que, en el siglo X, el rey sajón Alfredo el Grande concedió a sus habitantes con la sana intención de revitalizar el alicaído comercio del reino. Es decir, Londinium se fue, pero quedó la City.

Esa independencia de facto fue la base de una actividad mercantil desaforada que sirvió de motor al país entero. La posterior invasión normanda no cambió la situación; es más, la consolidó. Guillermo el Conquistador, a la vista de que el modelo funcionaba, dejó las cosas como estaban y se limitó a construir una amenazante torre –la Torre– para recordarles a sus emprendedores súbditos que, murallas romanas afuera, la City era Londres y en Inglaterra mandaba él, pero que, murallas romanas adentro, podían seguir haciendo lo que les pareciese… siempre y cuando compartieran los beneficios.

Mientras la City se dejaba llevar por la fiebre de los negocios, Támesis arriba había ido tomando forma un segundo núcleo de población en torno a una bella abadía y un palacio real, levantados ambos en una isla que hoy ya no lo es y que se conoce como Westminster. En esa misma abadía los ingleses han coronado a sus monarcas durante estos últimos mil años. Y ese mismo palacio, que nació como residencia temporal y que luego pasó a ser el centro de la corte y de las instituciones del reino, es sede en exclusiva del Parlamento desde que Enrique VIII se mudara al vecino Whitehall, predecesor del también vecino Buckingham Palace.

En definitiva, Westminster se fue asentando como centro gubernamental y ceremonial al tiempo que la City lo hacía como centro comercial y financiero, primero de un país y luego de un imperio propio que empezaba a gobernar los mares. Westminster y la City, la City y Westminster, separados por cinco kilómetros de río, crearon un sistema simbiótico que perduró durante siglos.

A partir de estos dos polos, por poder de atracción y por puro desborde, fue desarrollándose un conglomerado urbano que no tardó en alcanzar el medio millón de habitantes. Tras el Gran Incendio de 1666, que arrasó buena parte de la ciudad vieja, el centro de Londres adquirió la fisonomía que tiene hoy. La piedra sustituyó a la madera, el elegante barroco inglés uniformizó la abigarrada herencia medieval y renacentista y se extendió a los barrios residenciales que crecían hacia el oeste, huyendo de la cloaca que era el Támesis y luego de los humos de la incipiente Revolución industrial. La economía crecía y Londres crecía más, llenaba el espacio entre la City y Westminster y se desparramaba en todas direcciones, saltaba a la ribera sur por multitud de puentes y seguía creciendo, convertida en la capital del mundo hasta que Nueva York y el siglo XX le arrebataron el cetro.

London Eye

Todo esto y más se concentra en solo tres millas de río. Desde el centro de Westminster Bridge y hacia el sur, la vista alcanza el palacio medieval de Lambeth en la orilla derecha, así como el museo dedicado a Florence Nightingale, la mujer que inventó la enfermería moderna durante una de las muchas guerras libradas por las tropas de Su Majestad. En la orilla izquierda quedan la abadía de Westminster y las Casas del Parlamento con su entrañable Big Ben, y más allá White Hall y el 10 de Downing Street, y Scotland Yard y el verde del St. James Park delante de Buckingham Palace, Britain en estado puro. Al norte del puente, los ojos se van al London Eye, la enorme noria inaugurada en 2000, y al Sea Life, uno de los mejores acuarios del mundo a pesar de su desconcertante fachada neoclásica.

Buckingham Palace

Seguir el paseo por la orilla ajardinada del Victoria Embankment permite asomarse a Trafalgar Square y hacer una parada en Waterloo Bridge, elegido el lugar más romántico de Londres por los taxistas de la ciudad. Al lado tenemos la majestuosa Somerset House, el King’s College y el doble puente de Blackfriars, con su cubierta de paneles solares. El minimalista Millennium Bridge, inseparable del nombre de Norman Foster, lleva al Globe Theatre, inseparable del nombre de William Shakespeare. Esta reproducción, levantada casi en el mismo sitio donde estuvo el teatro original del dramaturgo en el siglo XVII, está flanqueada por dos iconos tan diferentes como el arte de la Tate Modern y los cañones del Golden Hind, el barco del osado pirata Francis Drake.

The Shard

Casi a los pies de los 95 pisos de puro cristal de The Shard se encuentra el London Bridge, diez veces destruido y diez veces vuelto a levantar, la última en 1973. El puente sirve de antesala a una Londinium ahora poblada de rascacielos que, además de reflejar el poderío financiero de la City, empequeñecen a la cúpula de la catedral de San Pablo y al monumento en recuerdo del Gran Incendio, incluso a la mismísima Torre de Londres con sus Joyas de la Corona, sus cuervos y sus leyendas de fantasmas decapitados. Justo enfrente de la fortaleza normanda se encuentra el destructor HMS Belfast, un trozo de la Segunda Guerra Mundial anclado al lado del vanguardista City Hall, el nuevo ayuntamiento. Y, para rematar esta galería de pasado en el presente y presente con vocación de futuro, ahí está Tower Bridge, abriendo y cerrando el horizonte y el camino al mar, proeza de la tecnología decimonónica e hito fundacional del steampunk, sillares y pináculos neogóticos por fuera y maquinaria de vapor por dentro, el más fotogénico emblema del Londres que a su vez es emblema de una Inglaterra condensada en solo tres millas de río. Pero qué tres millas.