Siempre se ha dicho que el diseñador tiene mucho de inventor. En el caso de Alfredo Häberli, esta cuestión se hace muy evidente en los productos que diseña. Siempre hay en ellos la observación exhaustiva de los trabajos realizados por alguno de los diseñadores a los que admira, de los que aprende…

Por ANA DOMÍNGUEZ SIEMENS

Además, por supuesto, tienen un estudio preciso de sus detalles, de la tecnología que se va a usar, de las posibilidades del material. Pero también está presente la pequeña sorpresa, ese gesto inequívoco que arranca la sonrisa, que nos habla de asociaciones de ideas o de concesiones a un modo de ver la vida con flexibilidad y gracia. Alfredo Häberli llegó a Zúrich con su familia en una época de tiempos revueltos para Argentina.

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Llegó con la idea de estar tres años en Suiza, pero allí sigue. Después de estudiar Arquitectura y Diseño ha desarrollado una carrera que incluye diseños de todo tipo: muebles, cocinas, lámparas, cristalerías, vajillas, artilugios para cocinar e incluso todo un hotel (25 Hours Zúrich), desde las habitaciones a los picaportes.

– Código Único: Creo que de Argentina se vino como adolescente y que se trajo algo especial de allí…

– Alfredo Häberli: Lo único que traje fue una caja llena de coches de juguete Matchbox

Los mejores diseños de Alfredo Häberli 4

Mi madre dijo que, como solo veníamos por tres años, nos dejaba traer lo que cupiese en una caja de zapatos. Y ya en Europa me di cuenta que el diseñador de todos los coches que más me gustaban era siempre el mismo: Giorgio Giugiaro. Es el diseñador de coches más importante de los últimos cien años, el que diseñó desde el primer Fiat Panda al Golf. Él siempre ha sido un referente para mí.

– CÚ: ¿Cuándo descubre que lo suyo, en el futuro, es ser diseñador?

– AH: Gracias a Giorgio Giugiaro y a Achille Castiglioni. De joven iba mucho de fin de semana a Milán en tren, porque en los italianos encontré la parte latina-argentina que echaba de menos en Suiza. Allí descubrí una serie de objetos que me gustaban y en cada uno surgía un nombre asociado a ellos: Achille Castiglioni. Y me dije: «¿Este quién es?». Así comprendí que detrás de un objeto había alguien que lo diseñaba.

– CÚ: Así que terminó Arquitectura y empezó a interesarse por el diseño…

– AH: Sí. Abrí mi estudio en 1991 y las primeras compañías para la que trabajé fueron Alias, Zanotta y Driade. Yo los veía en Milán y me presentaba a ellos, porque las relaciones eran entonces muy personales. Cada Salone del Mobile me apuntaba las diez compañías más interesantes y solo me interesaba por trabajar para ellas. Es con lo que soñaba. De esas diez, hoy trabajo para ocho (con las otras dos no puedo porque son competencia). Uno tiene que soñar y también esperar.

– CÚ: ¿Qué era lo que le interesaba de los productos de Achille Castiglioni? ¿Por qué le llamaban tanto la atención?

– AH: Lo que más me sorprendía eran los productos que usaban el tema del ready-made, como el Mezzadro, para Zanotta, que tiene asiento de tractor; la Sella, con un sillín de bicicleta; o la lámpara Toio, para Flos, con un faro de coche. Los veía y pensaba que era algo que yo también podría hacer. Y además tenía chispa, había en él algo lúdico, que daba idea de que era una persona que no se lo tomaba todo tan en serio. Piensa que yo estaba en una escuela suiza donde todo era muy rígido, serio, oscuro y gris, casi sin colores; el rojo se usaba para indicar peligro y basta. Así que echaba mucho de menos esa parte latina.

– CÚ: Otro de sus referentes, Bruno Munari, también tiene ese lado lúdico e irónico…

– AH: Sí, claro. Aprendí mucho de él, pero sobre todo a ser muy humilde, en el trabajo y en las ideas. Sus esculturas De viaggio, por ejemplo, están hechas en cartón. Él creía que las esculturas no tenían por qué ser de materiales pesados y ricos, para alardear de su valor. No, una escultura puede ser de cartón y, si se puede plegar, te la puedes llevar en el bolsillo y colocarla en el hotel personalizando tu habitación. Él lo explicaba todo así, de un modo muy claro y sencillo.

– CÚ: Y hay todavía otro maestro que es importante para usted…

– AH: Enzo Mari. Para mí es uno de los diseñadores más importantes que ha existido. Por todo lo que ha inventado, por la lucidez impresionante de sus proyectos, como el puzle de los 16 animales o los libros que escribió. Mari es una persona enormemente inteligente que comprende la complejidad de la política, de la industria, de la economía; son cosas que él pone en relación. Sus ideas son muy complejas. Es casi un Leonardo da Vinci, un investigador profundo y verdadero. Los jóvenes ni se dan cuenta de la historia, de lo que es el pasado; ahora empiezan a copiar a Memphis y no se dan cuenta de lo que están haciendo. Lo ven por su aspecto formal, como si fuera un estilo.

– CÚ: Dicen que dibuja con avidez. ¿Es así como empiezan sus proyectos?

– AH: Sí, dibujo mucho. Mi abuelo suizo, que era deportista y artista, los fines de semana cuando nos quedábamos en su casa nos hacía dibujar y nos marcaba ejercicios. Por ejemplo, espirales, hojas y hojas llenas de ellas, y me di cuenta de que eso me servía para dejar la mente en blanco. Después de esos ejercicios salíamos a dibujar y no se hablaba casi; esos han sido, para mí, de los momentos más bonitos de mi infancia. Por eso siempre digo que observar es la forma más bonita de pensar; no importaba no hacerlo bien sino intentarlo. No dibujo solo para tener una idea para una silla u otro objeto sino que, por ejemplo, estoy en Cerdeña y me pongo a dibujar las plantas sin verlas. Es algo que me gusta mucho.

Los mejores diseños de Alfredo Häberli

– CÚ: También realiza unos cuidados libros de collages. ¿Cómo los usa?

– AH: Sí. Para los colores tengo dos o tres libros donde voy recortando los tonos de moda y los combino de nuevo a mi manera. Esos collages los uso después cuando tengo que hacer un textil para Kvadrat o algún otro proyecto. Me voy a ellos y busco los tonos que me interesan.

– CÚ: ¿Su sueño de diseñar un coche ya lo ha conseguido hacer realidad?

– AH: He trabajado con BMW, con Volvo y con Audi. Y el año pasado hice un coche, pero no puedo hablar de ello porque es un proyecto interno para BMW. Otra cosa que desarrollé para ellos es una instalación sobre un tema que me propusieron y que les preocupaba: la movilidad del futuro y el lujo. Hicimos un libro, Spheres. Perspectives in precission and Poetry. Fue un proyecto muy bonito junto a Adrian von Hooydonk. Nos hicimos muy amigos y ya hemos hecho dos veces el rally Mille Miglia de coches antiguos. Me hizo diseñar las cazadoras para nosotros dos y gustaron tanto que al año siguiente las hicimos para los doce coches del grupo.

– CÚ: ¿Cómo elige a sus clientes?

– AH: Mis clientes no son clientes. Para mí son compañeros, amigos. Por eso siempre digo que solo trabajo para gente que me gusta, porque al final pasas mucho tiempo con esas personas: vas a comer y a cenar juntos, y tienes que confiar a ellos. Yo soy muy honesto, soy un gentleman. Firmo los contratos, por supuesto, pero daría igual: si yo te digo que entrego un día, te aseguro que ese día lo tienes. Me gusta esa forma correcta de obrar.


«Mis clientes no son clientes. Para mí son compañeros, amigos. Solo trabajo para gente que me gusta, porque al final pasas mucho tiempo con ellos


– CÚ: Se dice de usted que cuando ofrece un proyecto a una empresa, si es rechazado, ese proyecto ya no lo presenta a otra…

– AH: Me gusta ese concepto de no hacer lo mismo para todos pero, sobre todo, trato de no copiarme, de no hacer productos similares en empresas diferentes. Pero la industria es difícil, porque vienen a pedirte que les hagas la misma silla que ya has hecho para otros. Y la verdad es que también quiero hacer proyectos diferentes porque a lo mejor ideas para sillas no tengo tantas… Hago tejidos para Kvadrat, por ejemplo, pero no me pondría a hacerlos también para Marimekko. Esto es un poco old-fashion pero me gusta y me ha ido bien así. Es verdad que así nunca seré rico, pero no me importa. ¿Qué más quiero? No me gusta la ostentación, no va con mi carácter, y uno tiene que saber quién es.

– CÚ: En el Salone del Mobile de Milán acaba de presentar un estupendo proyecto para la firma valenciana Andreu World…

– AH: Es un sofá modular, Dado, que se puede configurar de diversas maneras y es casi un ‘no-diseño’. El detalle interesante del diseño surge en los bordes donde se juntan dos planos; ahí se abre la tela y sale un color de adentro. Parece un cubo serio, pero como es blando, cuando te sientas sale un color fosforescente en el ángulo, de dentro de la costura. Está pensado para usarse en sitios públicos, pero de un modo un poco más acogedor y cómodo.

– CÚ: Su estudio está lleno de pequeños objetos…

– AH: Más bien son objets trouvés, cosas que me llaman la atención. Me los traigo aquí porque lo que pienso es que a mí me habría gustado tener esa idea, y porque para mí no tiene más valor diseñar una silla que diseñar estos pequeños detalles, como una caja de cerillas. Me gusta encontrar cosas que tienen ingenio. Son el tipo de objetos que me interesan. Del mecanismo de un objeto de plástico de los años 50 para el afeitado surgió la idea para la silla Segesta. Estudiar ese tipo de objetos nos ayuda a nosotros a inventarnos algo nuevo.

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