Uzbekistán, el corazón de la ruta de la seda

Joven sobre el papel, inmemorial en los mapas del Asia Central, la República de Uzbekistán atesora el principal legado de la legendaria Ruta de la Seda.

POR RODRIGO PADILLA

En el extremo oriental, más allá de las llanuras habitadas por el enigmático pueblo de los seres, se abría el Magnus Sinus de los mapas de Ptolomeo, el mar de la China que bañaba ese poderoso y próspero Catay descrito siglos después por Marco Polo. En el otro extremo, el occidental, se encontraba el gran imperio al que los chinos consideraban su contrapeso en la balanza que mantenía el equilibrio entre Este y Oeste y al que llamaban Da Qin, aunque muchos preferían llamarlo Roma. Entre uno y otro, miles de kilómetros de desiertos, montañas, oasis y estepas, cientos de jornadas de penoso avance a pie o a lomo de camello, soñando con el final del viaje y la venta de mercancías tan lujosas como codiciadas: hacia Oriente, vidrio de Alejandría y Siria, alfombras bordadas en oro, metales preciosos; hacia Occidente, jade, porcelana, especias y, sobre todo, ese tejido sorprendente, ligero y agradable al tacto que daría nombre a la red comercial más famosa de todos los tiempos: la Ruta de la Seda.

Oriente y Occidente se habían buscado desde la noche de los tiempos. Fueron extendiendo poco a poco sus tentáculos hacia el interior de esa inmensidad que les separaba: los griegos de Alejandro Magno desde un lado, los chinos de la dinastía Han desde el otro. En el centro, como un puente sobre un mar de arena, se encontraba la región de la Transoxiana, hoy parte de Uzbekistán. Ese carácter de puente, más bien de corredor, se puede apreciar siguiendo en un mapamundi el color verde que, con intensidad menguante, se alarga desde las fértiles llanuras chinas hasta confluir en la ciudad de Yumen Guan, la Puerta de Jade del Celeste Imperio; luego bordea el desierto de Takla-Maklan hasta llegar a Kashgar, se escurre entre las cordilleras del Pamir y cruza los desiertos de Karakum y Kizyl-Qum camino del mar Caspio. Este estrecho pasillo era la vía más directa para unir China y el Mediterráneo, y quien lo controlara tenía la llave del comercio mundial. Por eso se lo disputaron sucesivos imperios –persas, árabes, mongoles–, y sus ciudades gozaron de una enorme prosperidad. Entre ellas destacó siempre una, que suma su nombre a un glosario de geografía empapada de leyenda: Samarcanda.

Solo con su nombre, Samarcanda evoca el eco de las viejas caravanas

Cuando Alejandro llegó ante sus murallas, aseguró que era aún más hermosa de lo que había imaginado. Por desgracia, siglos de destrucciones y el pernicioso efecto de la modernidad no nos dejan ver lo que vio el conquistador macedonio. Por fortuna, sí conserva algunos de los monumentos más impresionantes del Asia Central, construidos a partir del siglo XIV, cuando se convirtió en la capital del mítico Tamerlán y después de la dinastía uzbeka de los Shaybánidas. La plaza de Registán es un espacio grandioso que concentra tres edificios espectaculares: las madrasas de Ulugh Beg, Sherdar y Tilla-Kari. Estas tres escuelas coránicas son ejemplo de la arquitectura musulmana en buena parte de Asia, caracterizada por esos enormes portales llamados pishtak, una decoración exuberante basada en motivos geométricos, grandes cúpulas revestidas de azulejos, suelos de mármol… Imprescindible es igualmente la visita al observatorio de Ulugh Beg, a la mezquita de Bibi Khanum o a la necrópolis de Shanzi Zinda, donde se encuentra el mausoleo de Tamerlán.

Ulugh Beg MadrasahUn trabajador en las obras de restauración de la madrasa Ulugh Beg.

 

Dejando a un lado Shakhrisabz y Ferganá, dueñas también de un patrimonio artístico soberbio, el verdadero sabor de la Ruta de la Seda se encuentra en otras dos ciudades uzbekas tan antiguas como Samarcanda, aunque de resonancias menos evocadoras. La primera de ellas es Bujará. Su centro histórico sí conserva las viejas callejuelas, los tradicionales zocos cubiertos y los caravasares donde los comerciantes y sus animales encontraban agua y descanso antes de seguir viaje. Lyab-i-Hauz, la zona que rodea uno de los famosos estanques de la ciudad, reúne algunas de estas fondas y es uno de sus lugares más animados. Bujará también cuenta con grandes espacios monumentales como prueba de su pasada prosperidad: la mezquita de Kalyan, con sus 288 cúpulas y el precioso minarete de 47 metros de altura que es símbolo de la ciudad, la madrasa de Mir-i-Arab cubierta de mosaicos multicolores, los artesonados de la mezquita de Bolo Hauz, los antiquísimos muros de la fortaleza de Ark…

La mezquita de Kalyan, con sus 288 cúpulas, es el icono de Bujará

Jiva, por su parte, se encuentra en la orilla del Kyzyl-Kum, desierto terrible, salpicado por los oasis y fortalezas que en tiempos marcaban las etapas de las caravanas. Fue la capital de uno de los kanatos uzbekos surgidos a partir del siglo XVI y concentra tal cantidad de monumentos que parece un museo al aire libre. Itchan Kala es el nombre de su ciudadela fortificada, protegida por murallas almenadas de 12 metros de altura que se remontan al siglo X. En su interior acoge palacios tan lujosos como Kunya Ark o Tosh-Kovli, o las mezquitas de Juma –famosa por sus columnas de madera cubiertas de filigranas– y de Khodja, con el minarete más alto de la ciudad, aunque no el más espectacular, pues este título le corresponde al de Kalta Minor, un enorme cilindro truncado revestido de mosaicos azules y turquesas que quedó a medio construir.

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La Ruta de la Seda, la arteria que alimentó la riqueza de esta región durante cientos de años, empezó a declinar en el siglo XV con la caída de Constantinopla en manos musulmanas y el hundimiento del imperio mongol en el Asia Central. El comercio quedó interrumpido, y los europeos se echaron al mar para llegar a China y a las islas de las especias. La desintegración del poder político en la región favoreció la expansión rusa a partir del siglo XVIII, primero comercial y luego militar. Poco después de la Revolución, la vasta región del Turquestán quedó dividida en varias repúblicas integradas en la Unión Soviética. Una de ellas fue Uzbekistán, que recuperó su independencia en 1991. Este pasado reciente ha dejado el paisaje urbano de ciudades como Tashkent, la capital, o la propia Samarcanda, y desastres ecológicos como el del mar de Aral, condenados a desaparecer. También se aprecia en el día a día de los uzbekos, que siguen usando el ruso como lengua franca o practican un islam suavizado por décadas de laicismo soviético. Con todo, al recorrer las calles de Bujará o Jiva, al saborear un té negro o un plov de arroz junto a un antiguo caravasar, o incluso al pronunciar en voz alta el nombre de Samarcanda, el eco de las antiguas caravanas despierta y nos anticipa todas esas maravillas que aguardan a lo largo de la ruta.