San Petersburgo, la capital sin sus zares

Hace 100 años, Rusia se encontraba a las puertas de una tormenta que lo transformaría todo. A pesar de los enormes cambios y revoluciones del siglo XX, la vieja San Petersburgo, con sus elegantes palacios, canales y puentes, conserva un siglo después buena parte de su fisonomía y de su carácter aristocrático.

POR RODRIGO PADILLA

Acudió engañado. El cebo fue la gran duquesa Irina Alexándrovna, una mujer bella y acaudalada, dos cualidades irresistibles para un hombre que se rendía a todos los vicios. Entre ellos, cómo no, también figuraba la gula. Los conjurados lo sabían bien, por eso, mientras llegaba la dama, le ofrecieron pasteles aderezados con cianuro. Como el veneno no le hacía efecto, le dispararon varias veces, le golpearon en la sien con un pesado bastón y le descerrajaron un tiro de gracia. Después, lo metieron en un saco lastrado de cadenas y lo tiraron a un agujero abierto en el hielo del río Neva. Cuando el cadáver apareció pocos días después, la autopsia confirmó que la víctima había muerto ahogada.

Aquel hombre que se negaba a morir no era otro que Rasputín, el santón de moda en la alta sociedad de San Petersburgo, un curandero que se había ganado la confianza de la zarina por sus efectos milagrosos en el enfermizo zarévich y que, a través de ella, también ejercía una influencia creciente sobre el zar Nicolás II. Y eso era algo que muchos no estaban dispuestos a permitir. La vieja Rusia se encontraba en una situación muy delicada, enfrentada a derrotas militares en el frente occidental y a revueltas obreras y campesinas en el  interior. Ya solo faltaba un místico siberiano, un monje lascivo y medio loco como consejero… No, los conjurados no lo iban a consentir. No conocían, o no le daban ningún valor, a la profecía que Rasputín había hecho unos días antes en una carta dirigida al zar: si moría a manos de la nobleza, le advertía a Nicolás, toda la familia real perecería antes de dos años y su imperio se sumiría en el caos. De haber sabido lo que iba a venir a continuación, quizá el príncipe Yusupov y sus muy nobles cómplices se lo habrían pensado dos veces.

San Petersburgo, la capital sin sus zaresPerspectiva Nevsky es la principal avenida de San Petersburgo.

 

Este increíble episodio ocurrió hace justo cien años, en diciembre de 1916. Tiene algo de foto fija de un tiempo de transición, aúna tintes de grabado decimonónico y ritmo de cine mudo. Es el momento en el que ojo del huracán de la historia pasó sobre la capital rusa, una San Petersburgo rebautizada como Petrogrado en el arrebato nacionalista que siguió al estallido de la Primera Guerra Mundial, y que no estaba muy lejos de volver a cambiar su nombre por un todavía inimaginable Leningrado.

San Petersburgo, la capital sin sus zares 1El escenario del crimen, el palacio Yusupov, alberga hoy una reconstrucción de aquella cena de digestión pesada. Se encuentra a orillas del río Moika, no muy lejos del Bolshoi Petrovsky, el puente desde el que arrojaron el cuerpo de Rasputín al agua helada. El palacio se empezó a construir en 1770, casi 70 años después de que el zar Pedro el Grande decidiera levantar una nueva capital, transformar las marismas de la desembocadura del Neva en la salida al mar de su enorme imperio y en una ventana a la modernidad que venía de Europa. Para ello contrató a los mejores arquitectos de Francia y Alemania, obligó a miles de siervos a trabajar en las obras, prohibió que se construyera con piedra en el resto de Rusia para así atraer a todos los albañiles del país… Volcó el poder absoluto de los zares en levantar de la nada una ciudad perfecta que llevaría su nombre y destinada a ser un foco de irradiación de cultura y un espejo de la grandeza a la que aspiraba Rusia. Conocida como la Venecia del Norte por sus 60 ríos y canales, sus 342 puentes y sus palacios asentados sobre pilotes, es más bien una Brasilia del siglo XVIII, «la ciudad inventada, la más fantástica y premeditada del mundo», en palabras del escritor Fiodor Dostoievski.

La ciudad fue una ventana abierta a la modernidad de Europa

El núcleo original de San Petersburgo fue la fortaleza de Pedro y Pablo, donde se encuentra la catedral que alberga las tumbas de los zares que sucedieron al fundador de la ciudad. A sus espaldas dormita la tranquila isla de Petrogradski, con sus bulevares y sus edificios art nouveau. Y en la otra orilla del Neva se alza una estampa que reúne los principales monumentos de la ciudad, como la plaza de los Decembristas, la catedral de San Isaac, el edificio del Almirantazgo, el complejo del Hermitage y, sobre todo, el palacio de Invierno, aquel sobre el que el crucero Aurora abrió fuego en 1917 para poner en marcha la profecía de Rasputín: tras el triunfo de la revolución bolchevique, la suerte de Nicolás II quedó sellada y el zar fue fusilado junto a su familia en julio de 1918, poco antes de que se cumpliera el plazo señalado en la carta de Rasputín.

San Petersburgo, la capital sin sus zares 7En esta ribera izquierda del Neva se encuentra la parte más aristocrática de San Petersburgo, donde tenían sus palacios esas damas ociosas de la nobleza y la alta burguesía que se dejaron hechizar por el monje siberiano y sus penetrantes ojos azules. Entre estas calles, perladas de museos, teatros e iglesias y cortadas por ordenados canales, destaca la célebre Perspectiva Nevsky, que se alarga durante kilómetros de fachadas barrocas y modernistas, puentes y esculturas, la catedral de Nuestra Señora de Kazán y las galerías comerciales de Gostiny Dvor, emblemas de una sociedad vieja sepultada por otra nueva, la soviética, tan distinta que prefirió tener su capital en Moscú. Muchos de aquellos antiguos edificios señoriales fueron reutilizados como alojamientos comunitarios para proletarios: familias enteras vivían hacinadas en habitaciones con frescos en los techos, molduras doradas y un baño compartido para 30 personas. Estas kommunalkas, tan representativas de la reconversión de la aristocrática San Petersburgo en la comunista Leningrado, aún siguen existiendo, aunque poco a poco van cediendo ante la presión inmobiliaria del siglo XXI, sobre todo en las zonas más céntricas.


 

San Petersburgo, la capital sin sus zares 13Rasputín nació en 1869 en Pokróvskoye (Siberia) y murió en 1916 en el palacio Yusupov, donde hay una reconstrucción de su última cena.


 

Rasputín, por su parte, tuvo su último apartamento en el número 64 de la calle Gorokhovaya. Este lugar no se halla muy lejos del canal Griboedova y la plaza Sennaya, un vecindario bohemio que también atrajo a Dostoievski y que recorrieron algunos de los personajes de sus relatos. Aquellas resonancias literarias no le decían nada a Rasputín, prácticamente analfabeto, aunque sí poseía ese misticismo primitivo que tan bien supo describir Dostoievski y que tan atractivo resultaba en la época como encarnación de la Rusia más auténtica. En realidad, Rasputín había elegido esa zona por su proximidad a la estación de ferrocarril de Vitebsk, desde donde salían los trenes a la vecina Tsárskoye Seló. En esta localidad se encuentra el palacio de Alejandro, la residencia favorita del zar Nicolás de entre las varias que rodean la capital, como el palacio de Catalina, el palacio Pávlosk o el complejo versallesco de Peterhof. Hasta allí llegaron las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y entre estos bosques plantaron los cañones con los que castigaron la ciudad sitiada durante 900 terribles días.

San Petersburgo, la capital sin sus zares 4A pesar de tanta y tan agitada historia, la ciudad ha conservado la fisonomía que conoció Rasputín, punteada de torres, cúpulas y agujas doradas, y una personalidad inseparable de nombres como Pushkin, Gogol y Ajmátova, Chaikovski y Shostakóvich, el Hermitage y el Mariinski. Sumida en el letargo durante las décadas posteriores a la guerra, en estos últimos años está despertando tras el caos que siguió a la caída de la Unión Soviética. En los 90, San Petersburgo recuperó su nombre y Rusia retomó el escudo zarista del águila bicéfala, que con una cabeza mira a Europa y con la otra a Asia, y también al pasado y al futuro, justo lo que Pedro el Grande tenía en mente cuando fundó una ciudad que, más que sobre el agua, parece flotar sobre el tiempo.