San Cristobal de La Laguna: El modelo de un nuevo mundo

Las islas Canarias sirvieron durante siglos como trampolín hacia América y San Cristóbal de la Laguna, la primera capital de Tenerife, como ejemplo para las nuevas ciudades coloniales. Hoy, la cuadrícula de sus calles, sus balcones de madera y sus fachadas coloridas siguen manteniendo su encanto original.

Por RODRIGO PADILLA

Europa se asomaba a un nuevo tiempo con la misma intrepidez con la que se asomaba a un Atlántico que empezaba a despertar más curiosidad que miedo. Las tinieblas de la Edad Media iban retrocediendo ante la luz de la razón y la necesidad de saber. Los portugueses habían iniciado la colonización de Madeira y las Azores en el primer tercio del siglo XV, los castellanos comenzaron la conquista de las Canarias poco tiempo después.

Primero cayeron las islas menos pobladas, Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y el Hierro, luego les tocó a Gran Canaria, La Palma y, por último, Tenerife. Alonso Fernández de Lugo venció a los guanches de los caciques Bencomo y Tinguaro a orillas de la laguna de Aguere. Era el día de San Cristóbal de 1494. Dos años más tarde, con la isla ya sometida y Colón en su segundo viaje a América, se fundaría allí la primera capital de Tenerife, que no podía llevar otro nombre que San Cristóbal de la Laguna.

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Vista de La Laguna desde el parque de Mesa Mota.

El lugar era inmejorable: una fértil llanura abierta al este, con la espalda rodeada de montes y un pequeño lago donde afloraba el agua del siempre verde norte de la isla. Además, estaba a cierta distancia de la costa, detalle importante en una época de piratas y flotas enemigas. Comenzó como un puñado de casas de mampostería y techo de paja, levantadas en torno a la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, al que se uniría poco después un segundo enclave algo más alejado de la laguna.

Las ciudades medievales habían crecido así, de cualquier manera, pared con pared, aprovechando los cimientos o incluso los sillares de edificios previos, dando lugar a dédalos de calles tortuosas constreñidas dentro de sus murallas. Pero una ciudad nueva no podía caer en los mismos errores, debía construirse de acuerdo con los principios de la razón, con la Antigüedad clásica en mente.

A semejanza de Roma

Fernández de Lugo, nuevo señor de Tenerife, quiso que su capital tuviera el orden de un campamento romano. Los planos se trazaron a escuadra y cartabón. Calles inusualmente anchas y rectas unieron los dos núcleos de la ciudad, formaron una cuadrícula que organizaba los edificios en manzanas regulares. Se obligó a que la altura de las construcciones no superara el doble de la anchura de las calles, para que así el aire corriera y las casas no se quitaran la luz.

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Palacio de Nava, del siglo XVI, que conjuga elementos barrocos y neoclásico.

Los edificios administrativos de San Cristobal de La Laguna, con el Ayuntamiento, la Casa del Corregidor y los juzgados, se concentraron en un extremo de la ciudad, junto a la plaza del Adelantado, verdadero foro público que también alojaba el mercado. Desde aquí partían varias calles hacia el otro extremo, el de la iglesia de la Concepción y el barrio de San Benito, el núcleo original donde vivían las clases más humildes.

Toda la rejilla quedó salpicada de conventos e iglesias, y a las calles principales asomaban sus fachadas los palacios de la nobleza isleña y las casonas de las familias más influyentes, como la Casa Alvarado-Bracamonte o el Palacio de Nava.

Este esquema de San Cristobal de La Laguna se trasplantó a la América colonial, donde se daban el mismo escenario y las mismas necesidades, con ciudades creadas desde cero, sin murallas que las cerrasen ni un pasado que condicionase su distribución. San Juan de Puerto Rico, La Habana, Cartagena de Indias o Lima reproducen su trazado y su organización.

En todas ellas encontramos también la fusión de estilos peninsulares que vemos en La Laguna, con fachadas de sobriedad castellana, artesonados de inspiración mudéjar, balconadas y miradores de madera o patios andaluces, a los que más tarde se sumaron elementos barrocos o neoclásicos.

El camino inverso, de América a San Cristobal de La Laguna

El desarrollo del comercio trasatlántico trajo nuevas influencias a San Cristobal de La Laguna, como el color de las paredes o las ventanas de guillotina de origen inglés que llegaron de la mano de los portugueses, y también trajo una nueva prosperidad, plasmada en edificios como la Casa Montañés, la Casa Van den Heede o el Juzgado de Indias.

Todo este pasado pervive prácticamente intacto en la ciudad actual. En el siglo XIX, la pujanza económica y demográfica la heredó Santa Cruz de Tenerife, convertida en nueva capital de la isla, y La Laguna se quedó congelada en el tiempo, a salvo de las grúas y el cemento.

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Santuario del Cristo de La Laguna.

Ahí siguen la ermita de San Miguel –edificada en 1506–, la portada de piedra volcánica roja de la Casa del Corregidor, la peculiar torre de la iglesia de la Concepción, el antiguo convento de San Agustín y su claustro renacentista, el hospital de Nuestra Señora de los Dolores, la talla flamenca del Cristo de la Laguna en el convento de San Francisco, el pionero balcón de la Casa Bigot, el pórtico de estilo genovés del Palacio Lercaro, la catedral de Nuestra Señora de los Remedios con el Retablo de los Mazuelos en su capilla mayor…

Patrimonio de la Humanidad

San Cristóbal de la Laguna, con razón Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1999, invita a trazar recorridos propios entre la cuadrícula inmaculada de sus calles empedradas y sus fachadas pastel, y a levantar la vista hacia los artesonados y las cubiertas de teja árabe, adivinar siluetas del pasado tras los cristales de las balconadas de madera, asomarse en busca de esos patios siempre frescos, sorprenderse ante un drago inmemorial. Cuando toda la ciudad es el monumento, hay que dejarse llevar.

El descanso llegará en alguno de los muchos guachinches –tabernas tradicionales y autóctonas de la isla de Tenerife–, con su gastronomía tradicional en el ambiente más popular, o en una terraza al pie de una imponente casona señorial, entre paseantes y universitarios que llenan de vida una ciudad que no es en absoluto un decorado, que nació como símbolo de racionalidad y que ahora, cinco siglos después, sigue siendo un modelo perfecto al que imitar.