Grand Central Terminal: Un monumento a los nuevos tiempos

El 2 de febrero de 1913, Nueva York inauguró Grand Central Terminal, la que entonces fue la más moderna y espléndida estación del mundo

Por RODRIGO PADILLA

F.M. Lahm, vecino de Yonkers, al norte de la Gran Manzana, observó admirado el nuevo edificio desde Pershing Square antes de acceder por la entrada de la Calle 42. Las columnas dóricas y el gran reloj de la fachada no le habían preparado para lo que se encontró en el interior: un hall de 84 metros de largo y 37 de ancho con grandes ventanales y suelos de mármol. A 38 metros sobre su cabeza, un techo de color aguamarina adornado con las constelaciones del Zodiaco.

Grand Central Terminal: Un monumento a los nuevos tiempos

A las 0:01 del 2 de febrero de 1913, el Boston Express Número 2 salía de la nueva Grand Central Terminal minutos antes de que el convoy procedente de Harlem hiciera su entrada. Estos dos fueron los primeros trenes en circular por sus muchas vías. En su primera jornada, más de 150.000 viajeros pasaron por la nueva estación de Nueva York. Foto: Getty Images.

Pero no se dejó distraer y se dirigió a las taquillas sin prestar atención a los muchos detalles innovadores, como salones con teléfonos públicos, las primeras rampas automáticas, los candelabros con iluminación eléctrica… Pasaban unos minutos de la medianoche del 2 de febrero de 1913 cuando el señor Lahm tuvo el honor de comprar el primer billete en la recién inaugurada Grand Central Terminal.

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William J. Wilgus
(1865-1949). Nacido en Búfalo, estudió ingeniería y trabajó para distintas compañías ferroviarias. En 1899 recaló como ingeniero jefe en la New York Central Railroad. Foto: Alamy.

La nueva estación de Nueva York nació a iniciativa de William J. Wilgus, ingeniero jefe de la New York Central Railroad. Impactado por un terrible accidente ocurrido en 1902 en el túnel de Park Avenue, que se saldó con 16 muertos y multitud de heridos, Wilgus se convenció de que la ciudad necesitaba sustituir la vieja Gran Central y su caótico sistema de vías, que ocupaba el espacio de varias manzanas en el corazón mismo de Manhattan, por una estación moderna, diseñada para trenes eléctricos.

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William K. Vanderbilt
(1849-1920).
Nieto de Cornelius Vanderbilt, el magnate que hizo fortuna con los ferrocarriles, gestionó los negocios familiares y fue uno de los promotores de la estación.

En una carta dirigida al presidente de la compañía, enumeró las ventajas de su idea. La más importante: al sustituir los humeantes trenes, los andenes y vías no solo podían ser subterráneos, sino que también podían disponerse en varios niveles, con la ganancia de espacio que eso significaba. Su propuesta fue aprobada con el apoyo entusiasta de los Vanderbilt, la acaudalada familia que dirigía la compañía.

Las obras, gigantescas, se prolongaron durante diez años. Hubo que demoler decenas de edificios y mover millones de metros cúbicos de tierra para soterrar un entramado de 46 vías y 30 andenes repartidos en dos niveles, el superior para los trenes de larga distancia y el inferior para los cercanías. Desde el principio se concibió la estación como una puerta de entrada a la ciudad, como un símbolo de su pujanza, mezcla de modernidad y ostentación.

Restaurada a fondo en 1998, Grand Central sigue siendo el corazón que impulsa su flujo vital. Miles de viajeros pasan a diario por ella, y se mezclan con los turistas que recorren los rincones y detalles que figuran en todas las guías de Nueva York, como el reloj que corona el punto de información en el centro del Vanderbilt Hall, la Sala de los Susurros o el veterano Oyster Bar.