De Cuzco a Machu Picchu: el corazón del imperio inca

En plena cordillera de los Andes se alza la que fue capital del imperio inca, el más extenso que conoció la América prehispánica. Y no muy lejos, reinando desde las alturas, la ciudad perdida es una llamada a remontar el Valle Sagrado en una ruta que nos lleva a un pasado fascinante. La recorremos en Código Único.

By RODRIGO PADILLA

Muchos años antes de que los hombres barbados llegaran del otro lado del mar, Inti creó a Manco Cápac y Mama Ocllo a orillas del lago Titicaca. El dios Sol les pidió que recorrieran el mundo hasta que encontraran el lugar perfecto donde fundar una ciudad, desde la que extenderían entre los hombres la agricultura y la construcción. Para ayudarles, les entregó una vara de oro. Allí donde esta se hundiera en la tierra, les dijo, habrían de levantar su ciudad. Manco Cápac y Mama Ocllo se pusieron en camino. Cuando llegaron al cerro Huanacauri, la vara se hundió en la tierra. Así nació Cuzco, centro neurálgico del imperio inca, y así comenzaron la tarea de extender la civilización.


El antiguo imperio inca lo formaban hasta 15 millones de personas


 

Pocas generaciones después, su reino, el Tahuantinsuyo, «las cuatro regiones» en lengua quechua, alcanzaba desde el río Mayo, en Colombia, hasta el desierto chileno de Atacama, al sur, y por el este se adentraba en la selva amazónica y la zona de Tucumán, en la actual Argentina. La cordillera de los Andes era la columna vertebral de un imperio de 15 millones de personas de multitud de etnias, lenguas y culturas, pero todas ellas supeditadas a la figura del inca, el soberano descendiente de Manco Cápac. El símbolo de su poder lo encontramos en el Jardín Solar del Qorikancha, el Templo del Sol que todavía se alza en Cuzco. En este espacio de terrazas se depositaban ofrendas llegadas desde todo el Tahuantinsuyo, muchas de ellas plantas y animales representados a tamaño natural en oro y plata. En el mismo recinto se levantaban otros templos, como el de la Luna, el de Venus y las Estrellas o el del dios Illapa. Sus muros estaban construidos con sillares de andesita basáltica unidos con la desconcertante precisión de la arquitectura inca, y muchas de las paredes aparecían cubiertas por láminas de oro.

El fin del imperio inca

Fue esa riqueza la que atrajo a Pizarro. El imperio inca que encontraron los españoles en 1532 era un modelo de eficiencia técnica y administrativa, capaz de prosperar en un entorno muy áspero, pero también era un conglomerado de pueblos unidos por la fuerza de las armas, y en ese momento se encontraba en plena guerra civil. Los conquistadores, igual que habían hecho poco antes en México, supieron aprovechar la situación. Tras la batalla de Cajamarca, el inca Atahualpa fue capturado por Pizarro. El imperio se vino abajo, los españoles se instalaron en Cuzco y empezó a surgir una entidad nueva, de la que el Qorikancha vuelve a servir de símbolo, solo que esta vez en la segunda faceta que muestra hoy: la de monasterio de Santo Domingo, edificio de estilo colonial construido sobre los muros del antiguo Templo del Sol.

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Porque un nuevo mundo se asentó sobre las sólidas bases del anterior. La animada plaza de Armas de Cuzco, por ejemplo, se encuentra en lo que fue un pantano desecado por los incas. En uno de sus extremos se alza la catedral, construida con piedras traídas desde Sacsayhuamán, antigua fortaleza prehispánica. Sobre muros incas de una perfección imposible descansa también el palacio episcopal, y da pie a que los guías locales señalen la diferencia entre la parte construida por los incas y la otra, posterior, construida por los «inca-paces.» Las pintorescas calles del barrio de San Blas, con sus tabernas y tiendas de artesanía, son un ejemplo más desenfadado de esa misma tradición de mestizaje, a la que también hay que sumar la celebrada gastronomía peruana.

Los muchos vestigios del pasado imperio inca que se encuentran en los alrededores de la ciudad completan un cuadro más amplio de la vida antes de la llegada de los españoles. La ya citada fortaleza de Sacsayhuamán, y otras como Puka Pukara, nos hablan del pasado militar de este pueblo, mientras que el cercano Tambomachay, templo dedicado al culto al agua y residencia de descanso para la familia real, es toda una exhibición de ingeniería hidráulica.


La Plaza de Armas fue un pantano desecado por los propios incas


Pero es en el fértil Valle Sagrado del imperio inca, al norte de Cuzco, donde mejor se puede apreciar el esplendor de esta sociedad agrícola que supo dominar el agua. Hoy es una ruta imprescindible en la que se suceden restos arqueológicos y localidades de rico pasado y presente, rodeadas de un paisaje que se va volviendo más agreste conforme remontamos el curso del río Vilcanocha. Písac cuenta con un parque arqueológico que reúne numerosas construcciones incas, además de un estupendo mercado típico y uno de los cementerios precolombinos más grandes de América. En Moray encontramos un recinto sorprendente, formado por terrazas circulares concéntricas que los científicos han identificado como un laboratorio agrícola para la aclimatación de plantas procedentes de los diferentes hábitats andinos. Por su parte, Ollantaytambo, una ciudad que se conserva en buena medida intacta, es un modelo perfecto del urbanismo inca, y cuenta con unas vistas magníficas del valle antes de que se adentre más profundamente en las montañas.

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Y allí, ya a los pies de cimas nevadas y en una de las quebradas que dan paso a la selva amazónica, se levanta Machu Picchu, nombre cargado de leyenda y asociado a imágenes que inevitablemente dejan con la boca abierta. A 2.500 metros de altura, en un promontorio que se alza vertiginoso sobre el valle, los incas construyeron un complejo religioso y residencial en el entorno más espectacular que cabe imaginar. Las laderas están ocupadas por terrazas para cultivos, mientras que el recinto urbano se extiende por la parte alta, con viviendas, talleres, establos y, sobre todo, una sucesión de edificios monumentales muy bien conservados. Muchos de ellos responden al carácter religioso del lugar, como la Plaza Sagrada, el Templo de las Tres Ventanas y el Templo Principal, la enigmática piedra de Intihuatana o el Templo del Sol, mientras que otros servían para alojar a los miembros de una aristocracia que supo escoger un sitio estupendo para sus vacaciones.

Con la conquista y hundimiento del imperio inca, Machu Picchu quedó prácticamente abandonado. Su remoto emplazamiento y la dificultad del acceso la mantuvieron fuera de la sociedad colonial que iba extendiéndose sobre el virreinato del Perú. La selva fue cubriendo los inmaculados bloques de granito blanco al tiempo que los muros de las iglesias españolas se levantaban sobre los antiguos templos de Cuzco. El nuevo mundo no acabó con el antiguo. Aunque han pasado cinco siglos desde la captura de Atahualpa, el eco del Tahuantinsuyo sigue vivo y su legado en pie. Sus cimientos son incas, aguantarán.