Córdoba: más de 20 ideas para disfrutarla

Córdoba. La ‘nueva Damasco’. Así la llamaban desde el otro lado de los Pirineos. Y con razón. Porque no había ciudad más populosa, próspera, culta y limpia que la capital de Al-Ándalus. La Córdoba califal fue un faro de luz en las tinieblas de la Europa anterior al año 1000, y hoy atesora el triple patrimonio de su pasado musulmán, judío y cristiano.

Por RODRIGO PADILLA

Llevaba cuatro años huyendo. Salió de Damasco a escondidas, dejó atrás Siria y cruzó a nado el Éufrates con los enemigos a sus espaldas. Primero buscó refugio entre las tribus beduinas del desierto árabe, más tarde entre los nafzís, parientes de su madre asentados en el actual Túnez. Ni siquiera allí se sintió a salvo. Sabía que Abul-Abbas, el hombre que había arrebatado el califato a los Omeya y ordenado el asesinato de todos los miembros de tan poderosa familia, no cejaría hasta darle caza. Porque él era un Omeya, el último. Por eso tenía que seguir huyendo, hasta el fin del mundo si era necesario. Y eso hizo. Cruzó el mar y llegó al rincón más perdido del recién nacido imperio islámico, a la remota y exótica Al-Ándalus.

Corría el año 755 y el joven Abderramán encontró un territorio dividido, desangrado por luchas entre los distintos linajes de conquistadores musulmanes. Supo explotar el descontento de unos, los odios de otros y el prestigio de su estirpe para hacerse con el poder. Se autoproclamó emir, remontó el valle del Guadalquivir al frente de un ejército, entró en Córdoba y ya no quiso ir más lejos. Decidió que la vieja ciudad romana sería la capital de su reino, haría de ella una segunda Damasco. Restauró las murallas y el puente del siglo I a C., mandó construir una mezquita sobre la antigua basílica visigoda y puso la semilla de una dinastía que gobernaría el principal reino de la península ibérica durante casi tres siglos.

Mientras los pequeños señores de la España cristiana malvivían en las montañas del norte, mientras los vikingos arrasaban las costas de media Europa, mientras París se apretujaba tras sus murallas y Roma se iba borrando del recuerdo, Córdoba crecía y prosperaba. Norias y canalizaciones regaban huertos y jardines, el comercio con el norte de África estimuló la artesanía local, la población se multiplicó y los arrabales se extendieron por ambas orillas del río. La riqueza afluía a la ciudad y atraía a artistas y pensadores.

Los impuestos y los tributos pagados por los reinos cristianos se dedicaban a engalanar palacios, y también a pavimentar y alumbrar las calles o construir un sistema de alcantarillado. La Qurtuba andalusí era otro mundo. En él convivían musulmanes, cristianos y judíos y alcanzó su apogeo en el siglo X, cuando Abderramán III se proclamó califa. Más allá de asumir el liderazgo espiritual de los creyentes, era un gesto de reafirmación dentro de la comunidad islámica: Córdoba, la ciudad más grande de Europa, le decía al mundo que estaba a la altura de Damasco, Bagdad o El Cairo.

La mezquita, un reflejo del poder

El principal símbolo de aquel esplendor es su gran mezquita. No solo por su espectacular interior, ese bosque de columnas y ese mar de arcos que se suceden como olas bicolores, las filigranas que trepan por los muros y los artesonados… sino porque los gobernantes cordobeses la eligieron para hacer de ella el reflejo de su poder. Cada nuevo señor de la ciudad añadía sucesivas naves, o levantaba un alminar o ampliaba el patio o iluminaba con lucernarios el camino que conducía al mihrab, el nicho vacío al que los fieles dirigen sus oraciones.

El resultado de este programa propagandístico en continua evolución fue un ajedrezado monumental que iba incorporando elementos de su pasado y su presente, con columnas que fueron romanas y arcos de herradura de herencia visigoda, una almazuela de todos los estilos e influencias de Bizancio y Oriente, un entramado que más tarde acogería entre sus muros el cuerpo extraño de la catedral cristiana. En definitiva, un crisol que hace de la mezquita de Córdoba la más bella lección de historia de Al-Ándalus.

En torno al edificio que es corazón de la ciudad se arraciman hoy como ayer calles estrechas y visitantes llegados de todo el mundo. Ya no suena la llamada del almuédano, pero sí miles de voces con decenas de acentos diferentes vagando por lo que fuera el zoco más activo de este lado del Mediterráneo. Mercancías de todo tipo entraban y salían por las puertas de Almodóvar o de Sevilla, y las murallas, buena parte de ellas aún en pie, encerraban cientos de baños públicos y decenas de escuelas y bibliotecas.

Por callejas como la de la Hoguera pasearon el filósofo Averroes y el cirujano Albucasis, el murmullo de la fuente de la calleja del Pañuelo rememora los cantos del babilonio Ziryab, la fragancia que llena la calleja de las Flores la respiró el sabio Maimónides camino de la judería, asomado al Guadalquivir meditó el poeta Abn Hazam…

Medina Azahara

Si la mezquita es el símbolo de los tres siglos del apogeo de Córdoba, el de su rápida decadencia se encuentra en Medina Azahara. Más que para acoger a su favorita, la bella Azahara de la leyenda, Abderramán III mandó construir esta ciudad palaciega para celebrar su reciente condición de califa. Miles de obreros trabajaron durante más de dos décadas para construir un lugar de ensueño cuya belleza ahora solo podemos intuir: pasados 70 años, solo quedaban salones saqueados y ruinas humeantes.

Porque el poder de los califas se hundió apenas comenzado el segundo milenio. Las luchas entre los partidarios del califa y los del primer ministro, Almanzor, acabaron derivando en un caos generalizado y la fragmentación de Al-Ándalus. Los reinos de Taifas llenaron el mapa de fronteras, recelos e intereses cruzados, y allanaron el camino para que los cristianos avanzaran hacia el sur paso a paso. En junio de 1236, Fernando III llegó a una Córdoba sombra de lo que fue. Con un ejército que no cuesta imaginar extendido a los pies de la torre de la Calahorra y la gran mezquita desafiante al otro lado del río, el rey cristiano se vio ante la culminación de un logro que pareció imposible durante siglos.

La conversión de Córdoba

Pasada su página más brillante, la historia cordobesa siguió sumando capítulos. Los palacios cambiaron de señor, los cristianos se asentaron en los arrabales y comenzó una convivencia llena de altibajos. Las mezquitas se convirtieron en iglesias y los minaretes en campanarios, pero también se construyó una de las sinagogas más espléndidas de España y el arte mudéjar alcanzó la perfección en la puerta del Perdón de la mezquita o en su Capilla Real. El Guadalquivir siguió fluyendo bajo los 16 arcos del puente romano igual que fluye hoy, llenando de vida un paisaje urbano reconocido como Patrimonio de la Humanidad y ejemplo de que el mejor legado siempre es el de la convivencia.