Salta a la vista: Bilbao ya no es la estampa gris de la reconversión industrial y el abandono, sino la imagen luminosa de un modelo de regeneración urbana envidiado en todo el mundo. La capital vizcaína ha sabido ir más allá de un lavado de cara y, con el Museo Guggenheim como estandarte, ha dado un golpe de timón para poner proa al futuro.

POR RODRIGO PADILLA

Los listones de madera que cubren el suelo recuerdan a la cubierta de un barco. Aunque hay un tenue olor a mar, estamos tierra adentro, sobre una estructura de 140 metros que une dos siglos y dos mundos. A un lado, la Universidad de Deusto, donde estudiaron los hijos de la burguesía del carbón y el hierro del XIX; al otro, su nueva biblioteca, donde los jóvenes sueñan hoy un futuro sostenible a la sombra de la Torre Iberdrola. Aquí, acodados sobre el pretil de la pasarela Pedro Arrupe, pensamos si no será este el símbolo perfecto de un renacer urbano objeto de admiración y estudio en todo el mundo. Podría serlo como nexo entre las dos orillas del tiempo, idea inspirada por la llegada del flamante tranvía que, procedente del Bilbao más vetusto, recorre la margen izquierda de la ría, arbolada de verde y no de grúas paradas y gigantes oxidados. Podría serlo igualmente por las vistas que desde aquí se tienen de muchos de los nuevos edificios emblemáticos de la ciudad, incluido el que lo empezó todo, ese imán de miradas y turistas que es el Museo Guggenheim. Pero también podría serlo por un espectáculo que descubrimos en las aguas del Nervión y que constituye la clave más discreta de un éxito urbanístico sin precedentes: hay peces nadando en la ría. Son lubinas, dice alguien. Y también se han visto mojarras y platijas. Y cangrejos. Y garcetas y gaviotas, incluso algún martín pescador…

A grandes rasgos, se conoce como ‘efecto Guggenheim’ el impacto que la construcción de un icono arquitectónico tiene sobre el desarrollo de una ciudad. La apertura en 1997 de la sucursal del famoso museo neoyorquino situó a la capital vizcaína en el mapa del turismo mundial. Sus millones de visitantes fueron el motor que volvió a poner en movimiento un Bilbao con las calderas apagadas. Otras antiguas ciudades industriales, como Glasgow o Gotemburgo, han intentado imitar este modelo, incluso la propia Fundación Guggenheim quiso repetir éxito en Las Vegas, pero el fracaso fue rotundo. Las explicaciones que apuntan los urbanistas parecen ir en la misma dirección que las lubinas bajo la pasarela de Pedro Arrupe: hace falta algo más que un museo, por muy espectacular que sea su sede o por muy estrella que sea el arquitecto que la diseñó. Y Bilbao supo tener ese algo más.Bilbao, otra ciudad es posibleEl puente Zubizuri, de Santiago Calatrava.

 

Desde finales de los 80, la ciudad venía reflexionando sobre la manera de acometer un proyecto de regeneración y saneamiento de la margen izquierda de la ría, cubierta por instalaciones industriales abandonadas, e impulsar un cambio global de modelo urbano. Por aquellos años, la Fundación Guggenheim buscaba dónde instalar una nueva sede. Eran la pareja perfecta. Cuando Thomas Krenz, director de la fundación, vio la Campa de los Ingleses, supo que había encontrado el emplazamiento ideal. Corría el año 1991. La necesaria primera ficha del efecto dominó había caído. Mientras el arquitecto canadiense Frank Gehry diseñaba su gigante de titanio ondulado, la ciudad comenzaba el acondicionamiento de la ría y la construcción de nuevas infraestructuras.

En 1997, los bilbaínos asistieron con cierto pasmo a la apertura de esa mole imposible que había brotado donde antes solo había ruinas, y que se convertiría en símbolo de su ciudad en solo unos meses. De aquellos primeros días son instalaciones como La araña, de Louise Bourgoise, o Puppy, el florido perro gigante de Jeff Koons, convertidas en iconos permanentes por aclamación popular. Al año siguiente abrió sus puertas el ansiado metro de Bilbao, diseñado por Norman Foster, y en el 2000 lo hizo el aeropuerto de Loiu, obra de Santiago Calatrava, autor también del Zubizuri, el polémico por resbaladizo puente blanco.

Bilbao ha hecho de los arquitectos estrella un medio y no un fin

Con el Guggenheim como centro, los nuevos paseos de Uribitarte y Abandoibarra han visto surgir una galería de obras de prestigiosos arquitectos: el Palacio Euskalduna, diseñado por Federico Soriano y Dolores Palacios; el complejo Isozaki Atea, del japonés Arata Isozaki; la Biblioteca de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo; la renovación del puente de la Salve, repintado de un rojo brillante por el francés Daniel Buren; la pasarela Pedro Arrupe, de José Antonio Fernández Ordóñez; la Torre Iberdrola, firmada por César Pelli… El contagio alcanzó a otros edificios alejados de la ría, como el Azkuna Zentroa, antiguo almacén de vino reconvertido en centro cívico con participación del diseñador Philippe Starck, o la nueva sede de Osakidetza, el Servicio de Salud del gobierno vasco, un edificio de Juan Coll-Barreu e impactante fachada poliédrica. Bilbao, otra ciudad es posible 1El nuevo estadio de San Mamés, sede del Athletic de Bilbao.

 

La última pieza en sumarse a este carrusel de postales es el puente de Frank Gehry, que da paso a la siguiente fase de la metamorfosis de la ciudad: la conversión en isla de Zurrozaurre, una zona degradada entre la ría y el inconcluso canal de Deusto. El plan, firmado por la ya fallecida arquitecta iraquí Zaha Hadid, promete ampliar el horizonte de la ciudad y regalarle un barrio entero frente al San Mamés del siglo XXI. Este nuevo futuro se intuye ya desde aquí, desde la pasarela Pedro Arrupe, sobre la misma ría que baña el Bilbao de los palacetes burgueses y el teatro Arriaga, y también el Bilbao viejo de la Virgen de Begoña y las Siete Calles y sus bares de pintxos; una ría que ya no es una cicatriz sucia y hedionda sino un cauce donde confluyen memorias y proyectos renovados, igual que confluyen el agua dulce que baja de las sierras burgalesas y el agua salada que sube desde el Cantábrico, desde las playas de Getxo y el puerto viejo de Algorta, por donde entran esas lubinas que, tras pasar bajo el puente colgante de Portugalete, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, remontan hacia una ciudad que quiso ser mucho más que un museo espectacular, que quiso hacer de los arquitectos estrella un medio y no un fin, que quiso ser un lugar para vivir, que quiso que el ‘efecto Guggenheim’ fuese en realidad el ‘efecto Bilbao’.