No le faltan méritos a las islas Azores, un archipiélago de nueve islas a casi 1.500 kilómetros de Lisboa, para convertirse en un destino de moda.

Su historia está plagada de historias de piratas y de las gestas de sus balleneros. Es uno de los primeros destinos mundiales para el avistamiento de cetáceos y una de las zonas volcánicas más atractivas del mundo. Varios lugares de sus  islas son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Y tiene su famoso anticiclón, claro. Pero las Azores son mucho más que eso.

Descubiertas por Diogo de Silves en el siglo XV y colonizadas después por navegantes en busca de nuevas tierras para la esperanza, sus nueve islas son nueve pequeños mundos que comparten dos constantes: la simpatía de sus gentes y la amabilidad hacia sus visitantes.

Estos diez planes son una buena manera de conocerlas mejor:

1. Saborear el cocido bajo tierra de San Miguel… y luego ver las ballenas
En las afueras de Furnas, en la isla de San Miguel, la mayor del archipiélago, se encuentra una caldera con oquedades donde se pueden ver lodos en plena ebullición. Desprenden calor y de ellos sale a borbotones la tierra hirviendo. Como cada mañana, los micaelenses destapan los agujeros situados alrededor de los cráteres y colocan en su interior grandes ollas con carne y verduras. Seis horas después se produce el desentierro: no hay que demorarse, el cocido está listo para comer y es un gustazo. Muy cerca se encuentran las piscinas naturales de aguas férreas, con temperaturas en torno a los 28º C. del Parque de Terra Nostra, un vergel tropical de 12 hectáreas con plantas exóticas. Claro que no es lo único que hay que hacer en este isla. Este es también el mejor lugar para observar cetáceos, hasta más de veinte especies distintas entre ellos las ballenas azules, el mayor animal sobre la faz de la tierra, con cerca de 30 metros y hasta 150 toneladas.

2. Tomar un vino Patrimonio de la Humanidad en Pico
En la segunda mayor isla del archipiélago y en la que se encuentra la montaña más alta de Portugal, precisamente Pico, que le dio nombre, con 2.351 m de altitud, y gracias a su clima seco y cálido, junto con la riqueza mineral de los suelos de lava y la disposición del terreno en un impresionante mosaico de piedra negra —los currais— ha permitido un creciente éxito del cultivo de la viña, en la que predomina la variedad verdelho que goza de fama internacional e, incluso, llegó hasta la mesa de los zares rusos. Toda una aproximación de lo más natural a la isla, de paisajes verdes y negros, donde se prodigan los famosos viñedos de Pico, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2004 y que tienen una particularidad única: estar encajonados en corralitos de lava, como en Lanzarote. Un paisaje de viñas casi imposible, nacido del esfuerzo titánico de generaciones de vinateros.

3. Estampar la firma junto a los amarres de Horta, en Faial
Hubo un tiempo en que los mapas hablaban de Faial como la «isla de la Ventura». Porque era una auténtica aventura llegar hasta ella. Hoy, un moderno aeropuerto pone a Horta, su capital, en conexión con Lisboa en apenas unas horas. Su puerto, con mucho encanto, ha quedado como simple atraque de yates y embarcaciones deportivas, pero Horta fue durante años lugar de escala y aprovisionamiento de compañías balleneras de Nueva Inglaterra que reponían sus tripulaciones con valientes azoreños. Las tempestades, en muchas ocasiones, jugaban muy malas pasadas y, por eso, cada vez que los marineros ponían su pie en tierra estampaban su firma en un muro situado junto a los amarres dando gracias a Dios. Quien no lo hacía, tenía los días contados. Una superstición a la que siguen temiendo las tripulaciones de hoy en día: no hay un palmo de pared libre ni un trozo de suelo ni una roca sin su correspondiente grafiti multicolor. Visita imprescindible en el puerto es el legendario Café de Peter, con su museo de scrimshaw –grabados de escenas de la vida azoreña en huesos y dientes de cachalote– tras una puerta al fondo del local.

4. Practicar surf en la ventosa cara norte de São Jorge 
Es la isla de las escarpas, de los acantilados y de las fajãs, una de las más verdes del archipiélago de las Azores y el lugar perfecto para unas vacaciones en contacto con la naturaleza y el mar.Paisajísticamente salta a la vista el contraste entre la cordillera central, que atraviesa la isla casi a todo lo ancho, y la escarpada y recortada costa, salpicada por las típicas fajãs que se adentran en el mar. Las fajãs son pequeñas planicies que se originaron debido al corrimiento de tierras o de lava. En esta isla hay más de 40 y en algunos casos solo se puede acceder a ellas a pie, motivo por el cual los senderos son una de las mejores formas de descubrirlas. Al pasear por la isla de São Jorge se puede admirar el terreno parcelado para la agricultura de subsistencia, las casas de piedra con ventanas de guillotina de tres hojas, las cascadas y los curiosos cables de acero que sirven para transportar la leña hasta las planicies costeras. La ventosa cara norte de la isla de São Jorge ofrece un escenario perfecto para la práctica del surf. Pero quienes no se animen podrán apreciar lo que el paso del tiempo y la acción de las aguas del océano ha excavado en la dura lava que conforma el litoral de São Jorge, creando puentes y arcos naturales, los más interesantes de los cuales se encuentran en Velas y en la planicie de Santo Amaro. La isla es famosa por los quesos que se elaboran a partir de la leche de las vacas que pastan a sus anchas casi por cualquier rincón de su geografía, ya que hay casi tantos ejemplares bovinos como habitantes.

5. Correr un San Fermín particular en Terceira
Entre los meses de mayo y septiembre, la isla de Terceira acoge la nada despreciable cifra de 220 touradas, su particular “San Fermín”. Los ganaderos trasladan desde los campos a las ciudades y pueblos jaulas con novillos que serán soltados después por las calles bajo la atenta mirada de los pastores, que, perfectamente ataviados con camisas blancas y sombreros negros, tirarán de ellos con una cuerda para evitar que se salgan del recorrido marcado. Todo un espectáculo, una gran fiesta en la que los habitantes de la isla aprovechan para hacer negocios, establecer nuevos vínculos sociales o, simplemente, disfrutar de la gastronomía más típica. Tal como el propio nombre indica, esta fue la tercera isla del archipiélago que se descubrió. Pero lo que hace que Terceira sea especial es el magnífico contraste entre la belleza natural de esta isla volcánica y el admirable trabajo del hombre en el centro histórico de Angra do Heroísmo, su capital. Fundada en 1534, fue la primera localidad de las Azores elevada al nivel de ciudad y clasificada como Patrimonio Mundial de la UNESCO. La bahía de Angra ganó gran relevancia no solo como centro de comercio interno de los productos regionales producidos en las demás islas, sino que asumió todavía un mayor protagonismo como escala intercontinental de las naves que navegaban entre Europa y las Américas y la India. El centro histórico de Angra do Heroísmo es testigo de los reyes y los nobles que pasaron por allí dejando atrás una bella arquitectura que se extiende en un entramado de calles, callejones, iglesias, palacios, casas señoriales, monumentos, plazas y jardines que han perdurado hasta la actualidad. No se puede dejar de visitar los fuertes de São Sebastião y de São João Baptista, ejemplos singulares de una arquitectura militar con más de 400 años, la Sé Catedral del siglo XVI, considerada el mayor templo del archipiélago de las Azores.

6. Meterse en un volcán en Graciosa
Clasificada por la Unesco como Reserva Mundial de la Biosfera, Graciosa es la isla más al norte de las cinco que componen el Grupo Central del archipiélago de las Azores. Se la conoce como la Isla Blanca, denominación inspirada en las características geomorfológicas y en los elementos toponímicos de la isla. Y son justamente estas especiales características las que permiten vivir la experiencia única de adentrarse en un volcán. La Furna do Enxofre es una caverna volcánica –posiblemente, la mayor del mundo– a la que se accede a través de una torre, con unas escaleras de caracol que en vez de ascender descienden por las entrañas de la tierra con muy poca luz procedente del exterior iluminando cada escalón. Toda una aventura que culmina junto a un lago que recibe el agua de la lluvia a través de una cascada. La Caldera de Graciosa es el elemento paisajístico más emblemático de esta isla. Clasificada como Monumento Natural Regional, este cráter de grandes dimensiones y gran belleza, engloba también la Cueva de María Encantada y la Cueva del Azufre, verdaderos santuarios de la naturaleza.

7. Contemplar la ‘naturaleza vertical’ de Isla de Flores
Flores es naturaleza en estado puro: la de sus acantilados y montes que se funden con la costa en pendientes verticales, la del continuo murmullo de cascadas que saltan desde lo alto de las laderas en dirección al mar, la del espejo líquido de las lagunas en el fondo de verdes cráteres volcánicos, la de los gigantescos prismas basálticos de Rocha dos Bordões, cementerio petrificado de báculos, rotundos y poderosos en el horizonte de Caldeira y Mosteiro. Un horizonte que se deshace después bajo el mar en busca de marisco y pescado entre rocas multicolor o al nadar en alguna de las piscinas naturales que surcan la isla. Integrada en la red mundial de Reservas de la Biosfera de la Unesco, la isla de Flores, el territorio más occidental de las Azores y de Europa, cuenta con paisajes que son verdaderos paraísos.

8. Tomar una copa en el bar Com Vento de Corvo 
En Corvo hay que ver sus famosos molinos de viento reconvertidos en Museo Etnográfico, que se elevan sobre el basalto negro siguiendo las trazas de los molinos que los árabes implantaron en Portugal. Pero también hay que contemplar el caldeirao, ese cráter de volcán extinto que, con sus 2.400 metros de perímetro, ocupa la mayor parte de la isla. Hay que llegar hasta él caminando, dejando que fluya alrededor el misterio y el silencio, especialmente intenso si se baja hasta el fondo. Otros puntos de interés en Corvo son el Pico de João de Moura, el Faro de la Ponta da Carneira, el Morro dos Homens –el punto más alto de la isla, antaño cobijo para protegerse de corsarios– y los acantilados de la Ponta Norte, que pasa por ser el punto más septentrional de las Azores, en la costa occidental. Después del intenso día al aire libre, la mejor opción no puede ser otra que la de tomar una copa en el bar Com Vento, una antigua casa rectoral cuyo símbolo es una monja con el hábito levantado por el viento. Un juego de palabras para comprender y no olvidar a esta isla de la eterna serenidad.

9. Apreciar el colorido de las casas de Santa María
Por su proximidad fue la primera en ser descubierta y la que mejor ha conservado todo su patrimonio, con las casas pintadas cada una de un color distinto, gracias a su escasa actividad sísmica, con un cierto aire africano que se traduce en playas de arena tostada imposible de encontrar en cualquier otro rincón del archipiélago. Su ciudad más importante es Vila do Porto, fundada en la primera mitad del siglo XV, hay peces y moluscos que decoran sus aceras. El centro neurálgico de la ciudad es el largo de Nossa Senhora da Conceição, con un convento franciscano reconvertido en sede del Ayuntamiento y un quiosco de música en cemento. Los edificios más representativos de la villa son la iglesia matriz de Nossa Senhora da Assunção, la Misericórdia y el fuerte de São Brás, que, con sus nueve cañones, sirvió durante mucho tiempo para proteger a los habitantes de la isla de los ataques de los piratas. Y es que Santa Maria fue asediada sin piedad durante años, hasta tal punto que se tuvo que crear un cargo público –el Memposteiro dos Cativos– con la única misión de negociar la liberación de los rehenes. Al mismo concelho de Vila do Porto pertenece la Praia Formosa, cuyo nombre lo dice todo: es una de las mejores de las Azores. La bahía de Praia, encajonada entre acantilados, es, además, una de las preferidas de los surfistas.

10. Darse un atracón de cracas y otras delicias de mar
Tomar una ración de cracas es una experiencia singular. Es un crustáceo que vive en colonias y se disfraza de roca. Parecen y pesan como rocas, pero en sus orificios se esconde un manjar de sabores confusos, entre cangrejo, percebe y caracol. Según los expertos, exquisito. Hay que extraer la carne con paciencia para no quedarse sin nada. Es un crustáceo abundante en cualquier mar, pero como hay más piedra que chicha, y cuesta arrancarlo, raramente llega a las mesas de los restaurantes. En Azores, sí, prácticamente en cualquiera de sus islas. No es lo único original que da el mar de estas islas. Son típicos, y muy sabrosos, el cabaco, una especie de langosta pero sin tenazas, y la lapa, que se puede comer con arroz o con una salsa elaborada con ajo y perejil. Forman también parte de la dieta habitual de los azoreños el pescado, del que se puede encontrar en los mercados un amplio catálogo: atún, congrio, pargo, sardinas, pez espada, calamares… que serán después cocinados a la brasa. Más contundente resulta la popular caldeirada, frecuente en cualquier restaurante no sólo de las Azores sino de todo Portugal, igual que el pulpo y el célebre bacalao, importado éste desde el continente. Existe también una gran variedad de platos elaborados con carne, procedente de esas vacas que se ven pastando en los recorridos por las islas. Muy recomendables son el bifé a la regional y el bitoque, que es un filete pequeño con un huevo encima. En Terceira hay que pedir su famosa alcatra –estofado de ternera con col, bacon y muchas especias, cocinado todo en una cazuela de barro–, y en São Miguel, el mencionado cocido nas furnas, preparado al calor de los cráteres de la isla, en el interior mismo de la tierra. Autóctono es el embutido conocido como linguiça, servido con inhame, un tubérculo suramericano muy parecido a la patata. Una especial importancia en las Azores tienen los quesos, sobre todo los de São Jorge, que se curan durante algunos meses en salas que mantienen una temperatura constante.