Durante décadas, un sótano en el número 44 de Berkeley Square dio refugio a las fantasías festivas de la jet set londinense, principalmente, y de adinerados y famosos de todo el mundo que se dejaban caer por la capital inglesa. Era el primer Annabel’s Club y entre sus exclusivas paredes ha tomado un gin Martini, sin limón, la mismísima Isabel II. Hoy la filosofía del local sigue siendo la misma, pero en el número 46 Berkeley Square.

Por A. LOBO

Poco se sabe del Annabel’s Club de puertas para adentro. Porque lo que pasa en el Annabel, se queda en el Annabel. Salvo cuatro anécdotas (que como nadie ha confirmado, vaya usted a saber si son realidad, ficción o una mezcla de ambas), que elevaron a mítico el estatus de un sótano ubicado en el número 44 de Berkeley Square (en la exclusiva zona londinense de Mayfair, eso sí). Porque así nacen las leyendas, con un ‘dicen de el’.

Y del Annabel´s Club dicen muchas cosas. La única que a día de hoy se ha confirmado es que es el local más discreto de Londres y uno de los más exclusivos, sino el que más. ¿La prueba? De cuantas fiestas se han celebrado en el, en sus más de 50 años de historia, ¿cuántas han llegado a la opinión pública?

¿Dos? ¿Tres? ¿Tal vez 10?


El Annabel’s Club es obra del publicista Mark Birley, exalumno del refinado colegio Eton, quien en 1963 vio en aquel sótano de Mayfair la oportunidad de crear un exclusivo club privado, que oliera «a sexo y exclusividad»


 

La mayoría de ellas se conocen gracias al documental A String of Naked Lightbulbs (Una cadena de bombillas desnudas), dirigid0 por Greg Fay y producido por Ridley Scott, que se estrenó en octubre de 2014. Y todas son de lo más light. A saber: que si es la única discoteca que ha pisado la reina Isabel II de Inglaterra y lo hizo por el cumpleaños de su buena amiga la condesa de Airlie, que celebró tomando un gin Martini sin limón; que si no dejaron pasar a los Beatles por no ajustarse al dress code (la culpa habría sido de sus zapatos), pero Mick Jagger puede entrar en pijama si quiere; que si durante la despedida de soltero en 1986 del príncipe Andrés, el tercer hijo de la reina, su prometida Sarah Ferguson y su cuñada Diana de Gales se colaron en la fiesta vestidas de policía y nadie las reconoció; que si Frank Sinatra pedía el Jack Daniels por botellas (y no por vasos); que si John Wayne en total estado de embriaguez fue expulsado por propasarse con una joven… Historias de lo más mundano, a fin de cuentas, que cobran una nueva dimensión cuando ocurren a aristócratas y miembros del star system más mediático. Y más de uno le podría haber cambiado la vida.

Pero precisamente esa capacidad de los responsables del Annabel’s Club para mantener en secreto estos y otros sucesos, al menos durante 50 años, era lo que llevaba a la jet set londinense a aquel sótano de Berkeley Square noche tras noche, durante décadas. «La gente se siente segura. Sabe que va a estar cuidada», ha señalado en alguna ocasión Anna Wintour, la famosísima editora de ‘Vogue’ (y socia del club, claro).

Hoy son los hijos de aquellos aristócratas, burgueses y adinerados de finales del siglo XX  los que se desmelenan en el Annabel’s. Pero ya no lo hacen bajo tierra, sino en una mansión georgiana ubicada dos números más allá del sótano original, en el 46 de Berkeley Square.

La historia del Annabel’s Club

El Annabel’s Club original es obra del publicista Mark Birley, exalumno del refinado colegio Eton, quien en 1963 vio en aquel sótano del distrito de Mayfair la oportunidad de crear un exclusivo club privado que, ante todo, tenía que «oler a sexo y exclusividad». Y le puso el nombre de su glamourosa esposa, Annabel Vane-Tempest-Stewart, la hija del marqués de Londonderry, mejor conocida ahora como Lady Annabel Goldsmith (apellido de su posterior pareja, el multimillonario y amigo de Birley, James Goldsmith)

Aquel exclusivo club echó a andar con 500 socios iniciales, entre los que se encontraban 5 duques, 5 marqueses y 20 condes. El resto, eran famosos y ricos de la época. Todos pusieron una cuota inicial de 12,60 libras, que por entonces tenían mucho más valor que el actual.


El exclusivo club echó a andar con 500 socios iniciales, entre los que se encontraban 5 duques, 5 marqueses y 20 condes

Y ése fue precisamente su gran acierto: mezclar a la aristocracia con el pueblo; a los señores, con los sirvientes. Siempre y cuando los segundos tuvieran un motivo de reconocimiento. En palabras de Anna Wintour, «todos esos mundos tan distintos comenzaron a integrarse. Un peluquero como Vidal Sassoon, de repente, era tan famoso como una duquesa, y Annabel’s se convirtió en su punto de encuentro».

A finales del siglo pasado el Annabel’s vivió sus años de decadencia y en 2007, Birley le vendió el Annabel’s al magnate de la moda y propietario del restaurante The Ivy londinense Richard Caring por 95 millones de libras. El abrió el Annabel’s a todo el mundo… que pudiera pagarlo. Antes no se hablaba de dinero. Hoy los precios están a disposición de todo el mundo en la página web. Lo que por otro lado no significa que estén al alcance de cualquiera. La cuota de alta se mueve entre las 250 libras y las 1.250 libras y la suscripción anual oscila entre las 750 libras y las 2.750 libras.

Además, Caring sacó al Annabel’s del sótano y en 2015 lo reubicó en una mansión del siglo XVIII, con puerta delantera y trasera, por la que pagó 55 millones de libras.

Y luego hay dress code. No tan estricto como en sus orígenes, puesto que ahora los hombres pueden entrar sin corbata y las mujeres con pantalones, pero vaquero, cuero y ante están prohibidas para ambos sexos. Por cierto, que ellos, además, no pueden quitarse la chaqueta ni para bailar.

Ni su precio, ni sus todos los requisitos que se exigen para pasar las puertas del Annabel’s, ni siquiera la competencia reciente han restado un ápice de fama o carisma al Annabel’s, que sigue teniendo lista de espera. Pero al status de socio solo se accede con invitación.

Entre su selecta clientela se encuentran nombres como Aristóteles Onassis, Jacqueline Kennedy, Elizabeth Taylor, Margaret Thatcher, Lord Lucan, Kate Moss, Jack Nicholson, Mick Jagger, Lady Gaga (que, por cierto, dio un show allí que arrancó con ‘hola ricachones’), Emma Watson, el príncipe Carlos y sus hijos y hasta la hermanísima de la duquesa Catalina de Cambridge, Pippa Middleton (de quien dicen que es la reina de la pista) son habituales del club. No hay actor, modelo o millonario que se precie que no lo sea. Porque el Annabel’s Club da estatus. Y por ende, lo quita.

Dicho de otra manera: quien no ha estado una noche de farra en el Annabel’s todavía no es nadie.