Grace Kelly, 35 años sin princesa

La vida de Grace Kelly fue un cúmulo de luces y sombras. En julio se cumplieron 65 años del estreno de ‘Solo ante el peligro’, su primera gran película, y en septiembre, 35 de su muerte. Un suceso tan sombrío como el resto de su vida.

Por JUAN VILÁ

¿La mató la mafia porque se oponía a que esta controlara el casino de Montecarlo o se le paró el corazón mientras conducía, tal como afirma la versión oficial? ¿Era quizá su hija pequeña, la princesa Estefanía de Mónaco, de 17 años entonces y sin carné, quien estaba al volante cuando el Rover P6 en el que ambas viajaban se salió en un curva y se despeñó desde 37 metros de altura? Hasta una secta satánica podría haber estado implicada si hacemos caso a una de las mil versiones que se han publicado sobre el accidente que el 14 de septiembre de 1982 acabó con la vida de Grace Kelly, princesa de Mónaco, a los 52 años.

Puede que todo sea más fácil: los accidentes ocurren y tal vez el problema sea nuestro al no aceptarlo o al pretender que un aura de misterio rodee su figura y aumente su distinción. Frente a ello, y para devolvernos los pies al suelo, nada mejor que recordar la famosa frase que Gary Cooper dijo de ella: «Parece fría como un témpano, pero le bajas las bragas y se convierte en un volcán en erupción». Así era Grace Kelly. Pura contradicción.

Ambos coincidieron en el rodaje de Solo ante el peligro. Para ella era su primer papel importante en el cine. Tenía 21 años y pertenecía a una destacada familia de Filadelfia. Su padre había ganado tres medallas de oro como remero en los Juegos Olímpicos y después había hecho una fortuna en la construcción. Su historia con Gary Cooper calcaba el esquema que la actriz ya había seguido antes y repetiría muchas más veces: le encantaban los hombres mayores –su compañero de reparto le sacaba casi 30 años– y si encima estaban casados, mejor. Como el marido de una amiga con el que perdió la virginidad. Cuentan que la futura princesa fue a visitarla, pero como no estaba en casa, acabó con el otro en la cama. O como Don Richardson, uno de sus profesores de arte dramático. Estaba separado aunque aún no tenía el divorcio, y había un problema aún mayor para la familia Kelly: era judío. Grace quiso que conociera a los suyos y aquel viaje a Filadelfia se convirtió en un infierno plagado de broncas, chistes antisemitas y amenazas. Cuando el bueno de Don descubrió que ella encima se  veía con otros salió corriendo. Años más tarde, ella diría sobre esta etapa: «Siempre me estaba enamorando de hombres que me daban mucho más de lo que yo les daba a cambio». Entre ellos estaban Ali Khan, futuro marido de Rita Hayworth, y hasta John Fitzgerald Kennedy al que, según algunos biógrafos, fue a visitar al hospital disfrazada de enfermera.

Después del éxito de Solo ante el peligro vino Mogambo, rodada en parte en África, lo que le permitió conocer a uno de sus grandes ídolos, Clark Gable, y practicar una de sus aficiones favoritas: la caza. Fue eso lo que les unió. Un breve romance que ella quiso prolongar a la vuelta, pero él prefirió seguir su camino.

Otro hombre decisivo en su vida fue Alfred Hitchcok. Con él rodó tres de sus mejores películas: Crimen perfecto, La ventana indiscreta y Atrapa a un ladrón. La segunda de ellas, eso sí, la obligó a rechazar un guion con el que estaba entusiasmada: La ley del silencio. La fascinación del director por Grace Kelly es de sobra conocida, aunque a él lo que le gustaba era mirarla. «Princesa Desgracia», empezó a llamarla luego, seguro que despechado cuando Kelly dejó el cine para sentarse en el trono de Mónaco.

El de Alteza Serenísima fue el gran papel de su vida. O, al menos, el que más tiempo desempeñó: 26 años. La primera candidata, sin embargo, fue otra. Onassis le propuso a Rainiero que se casara con una estrella de cine para dar a conocer el Principado en el mundo y en quien pensó fue en Marilyn Monroe, algo que Grace Kelly nunca perdonó al armador griego, haciendo todo lo posible para distanciarle de su marido.

La boda, descrita como «un cuento de hadas», le salió muy cara a la actriz y a su familia. Además de renunciar a su carrera en el cine, la dote fue de dos millones de dólares. «Mi hija no tiene que pagar a ningún hombre para que se case con ella», dicen que gritó el padre al enterarse de lo que debía desembolsar, aunque al final pasó por el aro.

«Odiaba Hollywood. Es una ciudad sin piedad. No conozco otro lugar donde tanta gente sufra crisis nerviosas, o donde haya tantos alcohólicos, tantos neuróticos y tanta infelicidad», explicó ella años después. No parece que su matrimonio o su vida como princesa fueran mucho mejor. El aburrimiento de la corte era peor aún que todas esas tragedias de la meca del cine. Había días que ni siquiera salía de la cama o que se los pasaba enteros hablando por teléfono con Estados Unidos. Y la lista de sus amantes siguió creciendo: David Niven, Frank Sinatra…

Hasta intentó volver al cine de la mano de Alfred Hitchcock. Le ofreció un millón de dólares por protagonizar Marnie, la ladrona, y ella dijo que sí. Pero al enterarse, los monegascos mostraron su indignación: de ninguna manera iban a permitir que su princesa se pusiera ante las cámaras, y mucho menos para interpretar a una cleptómana. Tampoco la relación con sus tres hijos, a medida que crecieron, le dio demasiadas satisfacciones.

«Los cuentos de hadas son historias imaginarias, y yo soy una persona real, yo existo», le gustaba decir a la actriz que se convirtió en princesa, la misma que con solo once películas y cinco años en Hollywood consiguió un Óscar, tres Globos de Oro y, sobre todo, convertirse en un icono del cine. La realidad, sin embargo, parecía empeñada en llevarle la contraria y da la impresión de que cada uno de sus pasos estaba destinado a crear un mito. Un mito, eso sí, trágico y muy poco feliz.