Hija de un grande del cine, ganadora de dos Óscar, musa contra la guerra de Vietnam, gurú del aeróbic… Si algo define la vida de Jane Fonda son los cambios y hacer siempre lo que menos se espera de ella.

Por JUAN VILÁ

El 21 de diciembre Jane Fonda cumple 80 años. Aunque viéndola nadie lo diría. Ni por su vitalidad ni por su lucidez ni por su aspecto. Se notan, sin duda, los genes de su padre, Henry Fonda, que pocos meses antes de morir ganó un Óscar por En el estanque dorado, película en la que también trabajó ella.

Aunque la relación entre ambos, y la infancia de la actriz, dista mucho de ser idílica. «Yo adoraba a mi padre, pero nunca supe si él me quería. Nunca estuve segura. Y eso no desaparece cuando te haces mayor. Tiendes a arrastrarlo en todas tus relaciones con los hombres», ha contado. Mucho peor fue la violación que sufrió con 12 años, y que confesó hace solo unos meses sin identificar al culpable. O el suicidio de su madre, a esa misma edad. La familia le dijo que había muerto por causas naturales pero una jovencísima Jane descubrió la verdad leyendo una revista mientras estudiaba en un internado.

Con 20 años, animada por Lee Strasberg, ingresó en el Actors Studio y con su primera película, Me casé con un extraño, ganó el Globo de Oro a la debutante más prometedora. Después vendrían clásicos como Descalzos en el parque, una de sus cintas favoritas, en gran medida por haberla protagonizado junto a Robert Redford. «Estaba superenamorada de Bob. No llegó a pasar nada entre nosotros, pero besarlo era algo maravilloso», ha explicado.

Y justo un año después, en pleno 1968, Jane Fonda rueda a las órdenes de su primer marido, el francés Roger Vadim, la película que la convierte en un icono sexual, Barbarella, título de ciencia ficción que refleja de maravilla la psicodelia de aquellos años. Mucho después, ella recordaba así el rodaje: «Fue aterrador. Y divertido. Y salvaje. En la primera escena salgo desnuda y estaba tan nerviosa que me emborraché. Me pasé casi todo el rato borracha. ¡Eso también fue idea de Vadim!».

Aunque si hablamos de cine, su mejor momento son los 70. Es entonces cuando Jane Fonda gana sus dos Óscar por Klute y El regreso. Son estos también sus años del compromiso político, de las manifestaciones, de su apuesta por el feminismo o los derechos de los indios americanos, de la foto de su detención con el puño en alto o de su polémica visita a Hanoi en plena guerra, algo que muchos aún no le han perdonado, sobre todo la imagen de ella sentada en una batería antiaérea de los enemigos de su país. «Si me utilizaron, yo dejé que pasara. Fue mi error y aún continúo pagándolo», ha explicado sobre ese momento. Incluso más de 30 años después, un veterano del ejército se vengaba de ella escupiéndola a la cara mientras la actriz firmaba sus memorias.

Jane Fonda se pone las mallas

En los 80, Fonda vuelve a convertirse en símbolo de su época. Solo que ya no encabeza manifestaciones ni corea consignas. A los 44 años, tan estupenda como siempre, viste mallas y calentadores. Salta. Se estira. Da pequeños gritos. Instrucciones. Su nueva fe se llama aeróbic, aunque el objetivo sigue siendo el mismo. O muy parecido: los beneficios que obtiene por la venta de 17 millones de cintas de vídeo irán destinados a la organización que ha montado junto a su segundo marido, Tom Hayden, para promover distintas causas. Estamos en 1982 y en muchos hogares aún ni siquiera hay vídeo. Incluido el de la propia Fonda, que décadas después recordaba así su reacción cuando le propusieron el negocio: «Pensé: ‘¿Vídeo? ¿qué es un vídeo? Yo no tengo. ¡Nadie que conozca tiene uno! Además, soy actriz, no quiero que todo el mundo me vea haciendo ejercicio’».

Pero ni lo uno ni lo otro supuso un problema. Sus lecciones de aeróbic hoy están consideradas uno de los principales factores que contribuyeron a implantar el vídeo doméstico en medio mundo, y esa imagen un tanto frívola tampoco dañó su carrera e incluso fue nominada una vez más, la séptima, al Óscar como mejor actriz protagonista por A la mañana siguiente.

Los 90 estuvieron marcados por un nuevo giro de 180 grados: su matrimonio con el magnate Ted Turner y su retirada del cine. «Me fui porque me sentía muy infeliz y encuentro dificilísimo actuar cuando soy desdichada. Viví diez años con Ted Turner y estuve casi cinco escribiendo mis memorias. Cuando terminé, supe que podría encontrar de nuevo la felicidad haciendo películas».

Dicho y hecho. En 2001 Jane Fonda se divorció del fundador de la CNN y cuatro años después volvió a la gran pantalla con La madre del novio. Ahí sigue, a punto de cumplir 80 años y sin parar de trabajar. Ni de luchar por lo que considera justo. Como hace dos años, cuando se quejó públicamente después de descubrir que los personajes masculinos de su serie, Grace and Frankie, cobraban lo mismo que ella, que es la protagonista. O ahora, con el reciente escándalo de Harvey Weinstein, cuando ha reconocido sentirse «avergonzada» porque conocía los abusos del productor desde hacía tiempo pero no lo denunció. Al preguntarle por qué, la actriz no ha dudado en responder: «No fui tan valiente».