La sucesión de postales que aparecen en Atrapa a un ladrón invita a seguir el ejemplo de Grace Kelly y Cary Grant y recorrer sus paisajes de película en descapotable. Miradores, pueblos medievales y playas recónditas son solo algunos de los secretos que esconde la Riviera Francesa.

Por RODRIGO PADILLA

«Cautiva y enamora». «Seduce a la cámara en cada escena». «Todo el metraje es una celebración de su belleza». Esta idea, repetida en todas las enciclopedias del cine sobre Atrapa a un ladrón, una de las películas más conocidas del director Alfred Hitchcock, genera bastante unanimidad. Lo que ya no resulta unánime es el destinatario de tan rendidas afirmaciones. Algunos dirán que se refieren a una Grace Kelly más elegante y arrebatadora que nunca. Otros que a un Cary Grant tan seductor como siempre. Y luego hay un tercer grupo, el formado por los que sospechan que esa belleza celebrada en la película no es otra que la de la Riviera Francesa.

Entre ellos figura el periodista Matthias Kowalski. Inspirado por el 60 aniversario del estreno del largometraje, decidió que la mejor forma de comprobar sus sospechas era montarse en un Corvette azul de 1958, parecido al que conduce Grace Kelly, y recorrer los parajes en los que trascurre la historia de este juego de seducción entre una hermosa heredera y un antiguo ladrón de joyas: palacetes señoriales, pintorescos pueblecitos, playas exclusivas, hoteles aristocráticos, carreteras panorámicas, en fin, una sucesión de fotogramas repletos de glamour concentrados en unos cuantos kilómetros de un litoral al que también se le conoce como Costa Azul.

La película arranca en la Promenade des Anglais de Niza, pero enseguida nos lleva tierra adentro, a Saint-Jeannet, donde vive Robie el Gato, el ladrón al que interpreta Cary Grant. Casitas de piedra, buganvillas y mimosas asomando por encima de las tapias de los jardines, tranquilidad y savoir-vivre… Hitchcock nos ofrece un canto a la Francia rural, pero a su manera: una trepidante persecución rodada desde un helicóptero. Mientras los policías creen seguir al ladrón en un accidentado periplo por pueblos como Le Bar sur Loup y Gourdon, el avispado Robie, con Hitchcock sentado a su lado en uno de sus habituales cameos, baja tranquilamente en autobús hasta Mónaco.



Por la Riviera Francesa tras las huellas de 'Atrapa a un ladrón' 1DESDE LAS ALTURAS O A PIE DE PLAYA. En las colinas que protegen Mónaco se puede divisar el pequeño principado a vista de pájaro. A lo largo de toda la Riviera Francesa también se pueden visitar playas como la Plage Mala, en Cap D’Ail, considerada por muchos como una de las mejores de toda la costa. Este paraje es perfecto para los amantes de la tranquilidad, de los bellos paisajes y de las pintorescas aguas turquesas.


El abarrotado principado, aprisionado entre las colinas y el mar, es un imán del lujo desde que los Grimaldi, allá por la segunda mitad del XIX, decidieran construir un casino para ese turismo aristocrático que llevaba tiempo refugiándose de los rigores del invierno en este afortunado rincón del Mediterráneo. A la nobleza europea se sumaron más tarde los millonarios norteamericanos; Grace Kelly llegó a la Costa Azul precisamente para interpretar a la rica heredera yanqui que protagoniza la película, aunque lo que sucedió luego, romance y boda con el príncipe Raniero, ya no figuraba en el guión. Entre el palacio donde acabó viviendo la princesa Grace y el casino de Montecarlo se encuentra Port Hercule, a donde se dirige Robie para hablar con sus viejos amigos de la Resistencia. Desde ese puerto que hoy es un catálogo de yates árabes y rusos sale la Maquis Mouse, la lancha que le lleva hasta Niza, otra de esas localidades con nombre cargado de quilates.

La capital de la Riviera Francesa es una ciudad de rico pasado y multitud de rincones que merecen la visita. Uno de ellos es el Mercado de flores, donde Cary Grant logra escapar de la policía en medio de una colorida confusión de gente y tenderetes. Su siguiente destino es Cannes. Allí, en el fastuoso Hotel Carlton, al pie del Boulevard de la Croisette y de la playa del mismo nombre, se aloja Grace Kelly. Y desde allí, desde un parking que hoy ya no existe, salen ambos para dar uno de los paseos más famosos de la historia del cine. A bordo de un radiante Sunbeam Alpine descapotable, recorren la Moyenne Corniche, una preciosa carretera llena de curvas y vistas irrepetibles, como Cap Ferrat, la villa medieval de Eze o el mirador sobre Mónaco en el que se detienen para el picnic, aunque el montaje final también juega con escenas rodadas en lugares más alejados. Uno de ellos es el pueblo de La Turbie, donde perdería la vida Grace Kelly en 1982, en un accidente de tráfico causado al parecer por un infarto al volante y no por emular la conducción temeraria que tanto aterroriza a Robie.


Por la Riviera Francesa tras las huellas de 'Atrapa a un ladrón'

LUJO Y VILLAS MEDIEVALES. La localidad de Èze, entre Niza y Mónaco, se sitúa en la cima de un montículo. Por eso, se ha convertido en un mirador improvisado desde el que se puede admirar gran parte de la costa. En ella también destacan sus pintorescas villas medievales y calles totalmente empedradas. Saint Jeannet o Contes son otros de los pueblos que deben ser visitados obligatoriamente.


A pesar de que Hitchcock aprovecha cada oportunidad para enseñar un paisaje, colocar un pueblecito de fondo o asomar la cámara al mar, la Costa Azul tiene mucho más de lo que se ve en la película. Y no lo decimos solo por otras localidades tan emblemáticas como St. Tropez o Antibes, sino también por el perfume de las flores en Grasse, la tranquilidad de las calas vírgenes al pie del Estérel, una luz que sedujo a Matisse, Monet o Picasso, el ambiente de grandes eventos como el Premio de Fórmula 1 de Mónaco o el Festival de Cine de Cannes… En resumidas cuentas, motivos para ver Atrapa a un ladrón hay muchos, pero motivos para visitar la Riviera Francesa hay muchos más.