La apertura del Golden Gate, el 27 de mayo de 1937, regaló a San Francisco un símbolo a la altura de su hermosa bahía. Hoy es su estampa más reconocible. 

Por RODRIGO PADILLA

Eran las seis de la mañana y el sol todavía no asomaba sobre las colinas de Oakland, pero ya había más de 18 000 personas esperando para ser las primeras en cruzar a pie el nuevo puente, un soberbio gigante de acero tendido sobre el estrecho que comunica la bahía de San Francisco con el océano Pacífico. A lo largo de aquel 27 de mayo, en torno a 200.000 peatones recorrieron sus 2.737 metros en lo que fue el primer día de una semana entera de celebraciones y algarabía. Los coches tuvieron que esperar hasta las 12 del día siguiente, cuando dos comitivas escoltadas por motoristas partieron desde ambos extremos y pusieron en marcha un flujo que no ha dejado de crecer, hasta el punto de que en la actualidad supera los cien mil vehículos diarios.

Fue este tráfico imparable lo que llevó a las autoridades locales a construir una vía que comunicara el norte de la península de San Francisco con el sur de la península de Marín, los dos brazos de tierra que flanquean el estrecho rebautizado como Golden Gate en un atrevido paralelismo con el Cuerno de Oro de Estambul. El tradicional sistema de ferrys era incapaz de seguir absorbiendo el movimiento de personas entre las orillas de una bahía cada vez más poblada, por lo que un puente se hacía imprescindible.

Financiado por la venta de bonos, su construcción comenzó en enero de 1933 y fue un prodigio técnico, una exhibición de la capacidad industrial de los pujantes Estados Unidos. Su vano, de 1.280 metros, hizo de él el mayor puente colgante del mundo hasta que fue desbancado en 1964. Sostenido por cables de acero de un metro de diámetro tendidos entre dos torres de 227 metros de altura, aloja seis carriles para vehículos, así como pasos protegidos para peatones y ciclistas. Dado que se alza a 67 metros sobre las aguas del estrecho, bajo él pueden pasar barcos de todos los tamaños camino del puerto de la ciudad, uno de los más grandes del Pacífico. El denso tráfico marítimo, unido a las brumas habituales en la zona, son los responsables de ese llamativo color naranja que hace tan visible e inconfundible su perfil.

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Hay muchos lugares para contemplar al Golden Gate alzándose sobre el azul intenso del mar o entre la espesa niebla, como los miradores de Crissy Field o Fort Point, aunque quizá los mejores sean los de Battery Spencer y Vista Point, desde donde también se puede contemplar parte de la bahía y la isla de Alcatraz, otro de los símbolos de la ciudad junto con  sus pintorescos tranvías, el zigzag de Lombard Street, el colorido de Chinatown, las fachadas de Alamo Square… una colección irrepetible de postales que hay que ver en persona.


El Golden Gate, el icono de San Francisco, cumple 80 añosHace 80 años… A las 12 de la mañana del 28 de mayo de 1937, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt enviaba un telegrama desde la Casa Blanca anunciando su apertura. En ese instante, cientos de vehículos comenzaron un desfile que no se ha detenido hasta hoy: más de dos mil millones han cruzado el Golden Gate desde entonces. El día anterior quedó abierto para los peatones.