Bristol, la ciudad más ‘cool’ del Reino Unido

De su puerto zarpó Caboto hacia el Nuevo Mundo. En sus astilleros se construyó el primer vapor de hierro que cruzó el Atlántico. Aquí hizo su vuelo de prueba el Concorde. Ahora, ha sido elegida mejor ciudad para vivir del Reino Unido. Está claro: Bristol solo sabe ir por delante.

Por RODRIGO PADILLA

La clave está aquí, en la zona de Harbourside, en todo el renovado entorno de este canal que es a la vez arteria y centro de la ciudad. A un lado, la explanada adoquinada del Amphitheatre, junto a Millenium Square. En la orilla opuesta, la fachada roja del M Shed, un museo de historia vivo como pocos, acompañado por cuatro vetustas grúas que levantan al cielo sus brazos de colosos mecánicos. A su vera está anclada la réplica del Matthew, el frágil velero con el que el genovés Giovani Caboto llegó a Terranova en 1497 a mayor gloria de Enrique VII de Inglaterra. A pocos metros aguas abajo, el que está anclado es el SS Great Britain, el primer trasatlántico de vapor con casco metálico.

Y aguas arriba, pequeños botes y yates se mecen junto a las terrazas porticadas de bares y restaurantes, con la inconfundible silueta del Pero’s Bridge al fondo, y el elegante edificio de la Arnolfini Art Gallery, y más allá el Thekla, el centro social flotante en cuyo casco Banksy pintó uno de sus personales grafitis, y las hileras de viejos almacenes portuarios reconvertidos en edificios de viviendas y oficinas y locales de moda, y murales multicolores escondidos a la vuelta de cualquier esquina…

Pero todo esto es solo la mitad de la respuesta a la pregunta de qué es lo que hace tan especial a Bristol. La otra mitad no pasa por lo que hay hoy a orillas del canal, sino por lo que en tiempos hubo: el Frome. Ese era el nombre de un modesto riachuelo que corría casi en paralelo al río Avon y que, quién se lo iba a decir, marcaría el futuro de la ciudad. Porque, allá por el siglo XIII, la vieja Brigstow ya tenía el puerto más importante del oeste de Inglaterra gracias al comercio con Irlanda, pero también tenía un problema, puesto que el Avon, en los pocos kilómetros que lo separan del mar, solo era navegable con marea alta. Los comerciantes de la ciudad sabían que eso acabaría siendo un obstáculo, y supieron reaccionar a tiempo: aprovecharon el cauce del Frome para construir un canal que no dependiera de las mareas.

Floating Harbour, el alma de la ciudad

El nuevo puerto fue la base de su prosperidad durante siglos, sobre todo tras la apertura de las rutas comerciales con las colonias en Norteamérica. A mediados del XVII, miles de toneladas de tabaco llegaban a sus muelles. Décadas después, los comerciantes locales se embarcaron en un negocio todavía más rentable: los esclavos. Y con la Revolución industrial llegaron el carbón y el acero y la necesidad de volver a ampliar el puerto, esta vez transformando el canal medieval en un largo brazo navegable, controlado con esclusas. Había nacido Floating Harbour, que enseguida se llenó de grúas, almacenes, chimeneas y astilleros. Y de barcos cada vez más grandes. De hecho, demasiado grandes para alguno de los meandros que dibuja el Avon camino del estuario del Severn.

Al final, no hubo más remedio que instalar los muelles en la desembocadura del río y el puerto de Bristol comenzó un largo declive. El puerto, que no la ciudad. Porque ya había empezado el siglo XX y se abrían nuevos horizontes. Bristol se convirtió en centro de la incipiente industria aeronáutica británica, se recuperó de los bombardeos alemanes, fabricó el primer Concorde y poco después se sumó con su entusiasmo de siempre a la nueva revolución, la del conocimiento, transformándose en un Silicon Valley inglés, en un activo polo de investigación y ciencia. 

Sí, Bristol lleva siglos anticipando cambios y aprovechando oportunidades, esa es la clave que encierra el paisaje urbano que se disfruta desde el Amphitheatre, a orillas de Floating Harbour. El viejo puerto, saneado y remodelado, ha pasado de ser el centro económico de la ciudad a ser su centro vital, por donde discurre el caudal de energía creativa que siempre han demostrado sus habitantes. En las últimas décadas, ese carácter innovador ha tomado la forma de una escena cultural apasionante, con decenas de galerías de arte, museos y clubes, un sonido propio encarnado por figuras como Massive Attack, Tricky o Portishead, y un protagonismo del grafiti que ha convertido a Bristol en la capital mundial del arte urbano.

El contrapunto perfecto a tanta modernidad lo encontramos en la huella material acumulada durante siglos de prosperidad, y que adopta la forma de joyas góticas como la catedral y la iglesia de Santa María de Redcliffe, palacios y residencias Tudor como Red Lodge y Acton Court, las mansiones barrocas que se levantaron en la zona de Queen Square, los suburbios estilo georgiano de Clifton y Cotham y el mercado de St. Nicholas, o los edificios públicos y barrios de época victoriana.

Bristol, además de ejemplo de adaptación e iniciativa, es una de las ciudades más vibrantes, coloridas y atractivas del momento. Por si fuera poco, el Sunday Times la acaba de nombrar mejor ciudad del Reino Unido para vivir. El ambiente cool de Harbourside, las estupendas tiendas de Gloucester Road, la calma de Clifton y la campiña verde que rodean a esta pequeña gran ciudad, experta en abrir camino y liderar listas, hacen imposible no estar de acuerdo.