Su firma solo tiene dos años de vida, pero ya es el centro de todas las miradas. Gracias a su concepto de lujo, moderno y sin estridencias, Avellaneda es el diseñador del que todo hombre aspira a vestir.

POR ELENA CASTELLÓ

 

Sofisticado porte. Modos de gentleman. Y un personalísimo estilo de aire romántico. Todo unido a un hondo discurso sobre la belleza clásica. Esas son las señas de identidad de Juan Avellaneda (Barcelona, 1982). Su marca homónima de moda para el hombre, Avellaneda, creada hace apenas dos años y medio, se ha convertido en uno de los referentes de la estética masculina nacional e internacional. El diseñador es, sin duda, el ‘chico de moda’, aunque él, con una mezcla de modestia y sentido del humor, se ríe al escucharlo. Pero sus chaquetas cruzadas texturizadas, en sedas y linos, sus esmóquines y sus pantalones palazzo, sus camisas blancas ribeteadas, todo made in spain con los mejores tejidos italianos o ingleses, fascinan por igual a hombres y mujeres, y sus diseños exhiben un estilo clásico puesto al día que ha maravillado a clientes de Suiza o Estados Unidos, y a famosos como Boris Izaguirre, Asier Etxeandia, Jaime de Marichalar o el guitarrista de The Rolling Stones Ron Wood. Se ha convertido en la imagen de un nuevo diseño español independiente y muy centrado en la internacionalización. Por si fuera poco, participa en un reality de moda, en el que hace gala de su ironía, su cultura y sus impecables modales.

«En realidad, yo no pretendo hacer shows, solo trabajar», explica. Y ese trabajo, del que confiesa que nunca desconecta, lo reivindica como una exploración de la belleza. «Yo creo que se ha perdido la belleza más clásica –reflexiona–. Hoy por hoy, todo lo que se lleva es alternativo, experimental, agender. Los referentes clásicos parece que no interesan. Y yo juego bastante con estos referentes, aunque luego busque un punto transgresor en la confección, los materiales o la fotografía de mis campañas. Trato de dar un toque contemporáneo a una estética clásica», defiende.

Pocas personas saben, sin embargo, que antes de dedicarse a la moda Juan Avellaneda estudió ingeniería. Fue para cumplir con la cuota de convencionalidad que le exigía su padre. «Y, mientras, estudiaba moda por las noches, hasta que finalmente me marché a Londres, a la escuela Saint Martins». Pero su fuerza de voluntad no termina ahí: Avellaneda decidió estudiar también un MBA y un PDD (Programa de Desarrollo Directivo). «El mundo creativo tiende a ser muy disperso. Me obligué a tener esa formación empresarial, porque creo que es necesario saber cómo funcionan los patrones y también los balances contables. La moda es empresa, las piezas salen del corazón y la intuición, pero luego hay que venderlas y racionalizar los costes. El problema de la moda española, durante muchos años, es que no ha trabajado bajo la presión de crear ingresos. Pero a cualquier empresa creativa hay que verla como una start-up. Vendes sueños, pero tienes que rentabilizarlos», dice.

De niño, eran las siluetas, los tejidos, su movimiento y el imaginario que se adivinaba detrás lo que le fascinaba. «Eran los ochenta, y me encantaba la variedad de formas de vestir que había en la calle, los skin heads, los new romantics. La moda es un lenguaje lleno de significados», afirma. Los padres de Juan se dedicaban a la edición de revistas, así que él tenía a su disposición todas las publicaciones internacionales. «Era fantástico ver las fotografías de Helmut Newton o Thierry Mugler. Todo ese mundo me ayudó muchísimo a descubrir lo que de verdad me gustaba. Puede que tarde en emerger, pero cuando tienes una vocación profunda, esta acaba saliendo a la luz».


 

UNA ODA A DALÍ Y A LORCA

La colección otoño-invierno de Avellaneda tiene como referente la relación entre Lorca y Dalí. Sus cartas, poemas y dibujos, los labios que dibujaba Lorca como símbolo del beso y los limones que dibujaba Dalí como metáfora agridulce del amor. «Dalí me parece una representación maravillosa de la belleza del Mediterráneo», explica Avellaneda. Esos símbolos recorren sus camisas blancas ribeteadas, las chaquetas texturizadas y tejidos como el mohair, el popelín o la lana.

Juan Avellaneda, elegancia sin estridencias 6 Juan Avellaneda, elegancia sin estridencias 4 Juan Avellaneda, elegancia sin estridencias 5


 

A su regreso a España, empezó a trabajar como diseñador de ‘marca blanca’ para varias firmas españolas, hasta que un día se plantó en la prestigiosa multimarca Santa Eulalia, de Barcelona, con varias piezas de outwear de piel. «Presentaron esta primera colección en un pop-up en la tienda e hicimos una campaña con figuras muy populares, como Boris Izaguirre o el marchante de arte Hugo Portuondo», cuenta. Se vendió todo. El diseñador decidió crear su primera colección, que llegó en otoño de 2014. El éxito fue inmediato.

Dónde encontrar los diseños de Avellaneda

Pero, aún hoy, Avellaneda sigue apostando por puntos de venta muy seleccionados
Yusty, en Madrid, y Jean Pierre Bua y Santa Eulalia, en Barcelona– y por la venta online, y no por tiendas propias. Tampoco se plantea hacer moda femenina, aunque ha elaborado algunas colecciones con una petite taille para mujer. «El corte que hago para mujer es el mismo que el de hombre, pues el look masculino es extremadamente sexi en el cuerpo femenino», apostilla.

¿Cómo es, en resumen, el estilo Avellaneda? «Me dirijo a ese sector que queda entre lo alternativo y lo tradicional, que es en el que se mueve el hombre contemporáneo, atreviéndome con algunas piezas, pero siempre cuidando el acabado, los materiales y el detalle. Y sin distinción entre lo femenino y lo masculino. Una camisa blanca, aunque tenga flores y los códigos visuales considerados más femeninos, ¿por qué no me la voy a poner yo? ¿Por qué limitarnos a una sola forma de expresión?». Es, en resumen, un lujo nuevo que apuesta por la calidad y por el lifestyle.

De ahí su asociación con Montblanc, la firma de lujo de estilográficas, relojería, objetos de papelería y accesorios, sinónimo de artesanía y refinamiento. «Significa para mí un apoyo muy importante, como tener un sello de garantía –explica–. Además, me encantan las estilográficas, dibujo con ellas, siempre llevo dos plumas de Montblanc, un rotring turquesa y un bolígrafo morado. Tengo una enorme colección de piezas».

El imaginario de ese estilo de vida, centrado en un hombre cosmopolita y culto, amante de un lujo relajado, bebe del Mediterráneo español, la Costa Brava, el campo de Ibiza, la simbología de Lorca y Dalí, las alpargatas, la tauromaquia, y de iconos de una belleza masculina muy clásica, como Alain Delon y la costa francesa, o Yves Saint-Laurent, los caftanes y los jardines de Majorelle y el mundo asiático, que también le fascina desde niño. «La elegancia masculina es ser fiel a uno mismo, ir cómodo –remata Avellaneda–. Entonces todo sale de forma natural, el movimiento, el gesto».