Natural de Zaragoza, David Gill es uno de los galeristas más cotizados de la actualidad. Afincado en Londres desde hace años, su instinto es legendario y le ha ayudado a crear una identidad única. Sus proyectos se esperan siempre con inusitada expectación…

Por SERGIO MUÑOZ

«Todo comenzó en mi casa. El diseño era algo que estaba muy cerca de mí, convivía con él. Compraba cosas que me gustaban casi como un hobby, como piezas de Jean-Michelle Frank de los años 20… Después me di cuenta de que todos los que iban a mi casa las querían, y algunos amigos empezaron a preguntarme por qué no abría una galería».

Era finales de los años 80 y David Gill, español emigrado a Londres la década anterior para estudiar Arte, y que ya había trabajado en la casa de subastas Christie’s, decidió apostar por su instinto e inauguró su primera galería en Fulham Road. Empezó vendiendo piezas clásicas de Le Corbusier o Mies van der Rohe, pero él quería innovar y mirar al futuro. «Me di cuenta de que quería crear mi propio mundo».

Así que empezó a colaborar con diseñadores, artistas y arquitectos contemporáneos y editar piezas. Fue un pionero. «En esa época, el diseño como lo conocemos hoy también estaba comenzando en Londres porque, desde siempre, la capital mundial del diseño era París». Gill decidió centrarse en piezas de edición limitada que rompieran la frontera entre el arte y el diseño. «Los artistas con los que trabajo son realmente artistas, sus piezas tienen una fuerza escultural».

Hoy, tres décadas después de aquellos comienzos, la galería de David Gill –un espacio de amplios ventanales en el barrio de St. James, situado precisamente frente a la casa Christie’s en la que comenzó su carrera– es una referencia en el circuito del diseño y el arte londinense.

Por ella han pasado colecciones de Zaha Hadid, Mattia Bonetti, David Chipperfield, Michele Oka Doner, Jorge Pardo, Gaetano Pesce, Fredrikson Stallard… Ahora está preparando una exposición con el arquitecto Daniel Libeskind. Pero para verla habrá que esperar al próximo año.