Hermès, bienvenidos a la ruta de la seda más exclusiva

Hace 80 años, Hermès estampaba su primer pañuelo de seda. Fue en Lyon. Hoy, esa misma ciudad francesa acoge sus talleres HTH, una referencia en el tratamiento de la seda, de donde salen sus apreciados carrés y corbatas. Los visitamos.

Por ANA DOMÍNGUEZ SIEMENS

Kamel Hamadou lleva siempre en su cartera, y enseña a la menor ocasión con una nada disimulada emoción, unas fotos de hace unos años en las que se le ve en compañía de Jean-Louis Dumas. Seguramente no es el único en la maison francesa Hermès que siente ese inmenso afecto por quien fuera presidente y director artístico de esta casa dedicada al lujo durante muchos años, un hombre carismático y lleno de energía que supo transmitir a sus colaboradores esa gran pasión por lo que hacen, el ingrediente fundamental para que se preserve un sentido del lujo indisociable de la calidad extrema que caracteriza a Hermès.

Hamadou es el ejemplo perfecto de cómo se trabaja en Hermès. Es una persona que desprende amor y entrega por una compañía en la que cree firmemente y a la que ha dedicado, dice él que con ilusión, décadas de su vida. El espíritu de Jean-Louis Dumas sigue vivo en quienes, como él, han entendido que solo lo mejor de lo mejor tiene cabida en esta casa.

Nos encontramos en Lyon, la ciudad francesa donde Hermès tiene localizados los talleres Holding Textile Hermés (HTH), en los que trabajan 800 personas y donde se lleva a cabo la producción de todo el departamento de la seda. De aquí salen para todo el mundo las famosas corbatas y los carrés de seda de Hermès. Y no es ninguna casualidad que se fabriquen aquí. Lyon es una ciudad con un gran río, el Saona, y esa circunstancia le ha venido facilitando desde hace siglos la llegada de mercancías. Gracias a eso y a los conocimientos de sus talleres, en el siglo XV Lyon se convirtió en la capital de la seda e hizo famosa en todo el mundo su técnica de ‘serigrafía a la lionesa’.

Cuando en 1937 Hermés lanzó su primer pañuelo, este ya salió de Lyon. Y tampoco fue una casualidad, pues la ciudad francesa era entonces el lugar donde se tenían los mayores conocimientos y los talleres de la más alta calidad para alcanzar el enorme nivel de exigencia que se autoimpone la casa francesa en todos sus productos.

Un nivel tan alto que hace que el hilo de seda con el que trabaja en Hermès no sea un hilo cualquiera. Ellos mismos importan sus propios capullos de seda desde Brasil (300 por cada pañuelo, todos del mismo tamaño) y con ellos hacen el hilo que luego tejen en telares manuales, de los que salen no más de dos metros de tejido al día.

El proceso de realizar un pañuelo es largo y trabajoso e implica a muchos departamentos diferentes. El diseño se realiza en París, donde los dibujantes (algunos especializados en temas, como animales, por ejemplo) se dedican a esta tarea, en la que tardan seis meses por cada modelo. En total, cada año, el departamento saca unos veinte diseños nuevos.

Ese diseño llega entonces a Lyon, donde primero se realiza el paso del grabado, separando para ello el dibujo original en diversas pantallas. Cada detalle del diseño, por pequeño que sea, y cada color llevan su propia pantalla, un proceso que también dura unos seis meses. Por otro lado, hay que contar con el tiempo que lleva convertir los capullos de seda en tejido, la coloración de este, la fijación del tono, el lavado, el apresto, la confección, el control de calidad… En resumen, casi dos años para ver un pañuelo terminado. Ni más ni menos.

Fabienne trabaja frente a una compleja pantalla en la que desmenuza los diseños que le llegan desde París. Desde hace cuatro años el sistema de trabajo ha pasado a ser digital, pero es siempre su mano la que ejecuta la labor de separar tanto colores como motivos del diseño para elaborar las planchas necesarias para el grabado. Su misión es ser absolutamente fiel al dibujo original, no escatimar absolutamente en nada lo que el diseño requiera, cueste lo que cueste. El promedio normal está entre 25  y 30 colores por diseño, pero los hay mucho más complejos que llegan a tener hasta 43, un proceso en el que se tarda entre cuatro y cinco meses de media.


De aquí no sale nada que tenga el mínimo aroma del error. Las prendas con taras se hacen jirones


Por otra parte, cada pañuelo se ofrece en varias gamas de color. Esa es otra cuestión intrigante, pues los colores de Hermés no son cualquier cosa. Cada temporada, Bali Barret, la directora artística del universo femenino, llama a los coloristas para enseñarles los paneles que ha montado con los colores del momento, decisiones que toma su equipo dependiendo de todas clase de influencias externas que les inspiran, desde exposiciones a viajes. Hermés cuenta con su propio ‘libro de recetas’, una especie de pantonario personal con 75.000 referencias a partir del cual se ‘cocinan’ sus colores. Cada modelo se presenta en 15 propuestas de color, de las que se suelen conservar diez.

Para la impresión de la seda se sigue empleando la técnica lionesa que tan popular se hizo en el siglo XV; es la más cara y complicada, pero también la que proporciona una mayor definición. En una mesa de 150 metros de longitud se coloca el rollo de seda y las distintas planchas aplican allí cada color a la misma cantidad de pañuelos, que después pasarán un proceso de lavado, secado, cortado y cosido de costuras con el sistema roulotte que, al revés que los italianos, enrolla la seda desde atrás hacia delante.

La corbata es la otra prenda estrella que se realiza en estos talleres de Lyon. Allí está Kitty, que las corta a mano superponiendo varias capas de tejido. De cada ‘pañuelo’ le salen las piezas necesarias para dos corbatas, las tiene de 7 y de 8 cm de ancho (las de 9 cm ya no se fabrican). Lys manipula una máquina que les cose el forro y a continuación cose y une las dos partes; Nathalie las plancha, también utilizando una máquina especial para ello. Y después se le cose la etiqueta, a 21 cm exactos de la punta.

Cada corbata lleva un número dentro que identifica quién la ha hecho, de modo que si surgiera un problema se sabría localizar el origen. Más o menos se tarda una hora en hacer una de ellas, dependiendo del tejido, pero si consideramos el proceso de principio a fin, desde que se dibuja hasta que llega a la tienda, se trata de un año. Lo más difícil es pasar el control de calidad; nadie se imagina lo exhaustivo del proceso.

Allí encontramos a Violette, implacablemente armada con una plantilla que mide la exactitud del largo y que las costuras estén derechas, pero derechísimas. Un desvío de un milímetro es suficiente para que sea rechazada, lo mismo que una imperceptible mota de polvo en el reverso que habría que buscar con lupa. De allí no sale nada que tenga ni el remoto aroma del error. Incluso se han hecho con un detector de metales especial por donde pasan todas las prendas por si se hubiera colado algún alfiler.

Así son en Hermés, meticulosos hasta lo apoteósico. No es que su reputación se la hayan regalado por hacer la vista gorda. En su persecución de la excelencia han sido inflexibles, como lo son cuando hacen jirones con las prendas que no pasan ese férreo control y que irán a reciclarse convirtiéndose en relleno de cojines o de asientos para coches, o cuando reciclan también el agua llena de tintes, resultante de los lavados de las prendas, que vuelve a los talleres en forma de vapor para la calefacción. También en sostenibilidad es indeleble su compromiso porque, después de todo, qué mayor lujo que un planeta limpio.


‘Silk Mix’: sedas y música

Inspirándose en las tiendas de discos, donde todo se toca, escucha y disfruta, Hermès ha creado un evento único y abierto al público que estará en Madrid (Fernando VI, 10) hasta el 25 de noviembre. Se trata de Silk Mix, que mezcla la música con la riqueza de las sedas de Hermès. En esta tienda virtual podrás elegir vinilos o casetes, pero en realidad estarás tocando 225 modelos de carrés y 125 de corbatas, y todo acompañado por sesiones de DJ. Una conexión insuperable.