Ronan y Erwan Bouroullec: «Nos frustra que nuestros amigos no puedan comprar nuestros diseños»

Su inteligencia y sensibilidad han encumbrado a Ronan y Erwan Bouroullec entre los diseñadores más solicitados. Flexibilidad, libertad de uso, interés por la intimidad, respeto a la diversidad y simplicidad son las claves de su lenguaje.

Por ANA DOMÍNGUEZ SIEMENS

Son hermanos, se llevan cinco años y crecieron en el campo. En su trabajo se lo cuestionan todo el uno al otro, a veces con diálogo y otras con peleas encarnizadas. De ese intercambio nacen sus proyectos y diseños, un prodigio de adaptabilidad. Trabajos innovadores y a la vez contenidos, siempre cruzando la frontera de lo convencional y que subvierten con respeto y sutileza el orden establecido. Ronan, el mayor, nos da las claves de su obra.

– CÓDIGO ÚNICO: El año pasado presentaron una colección de muebles de exterior para HAY bastante más asequibles que los que hacen para otras marcas, como la prestigiosa Vitra. ¿Cómo afrontan un proyecto cuando tiene que aunar calidad y buen precio?

– RONAN BOUROULLEC: Nosotros trabajamos para un número limitado de empresas y nos atenemos a las especificidades de cada una. Después de veinte años nos frusta que los objetos y muebles que diseñamos sean siempre para gente de buena posición económica y que nuestros amigos no puedan comprarlos, así que cuando nos contactó HAY nos interesamos en seguida. Era algo nuevo para nosotros intentar hacer una colección de mucha calidad y a un precio razonable. En realidad, esto del diseño se parece a la cocina: puedes comerte una pizza o una pasta buenísima, pero eso no hará que desaparezca la alta cocina. La realidad es que vivimos en un mundo en el que hay una gran diversidad, y eso es apasionante. Me gusta trabajar con artesanos y, otras veces, con empresas que usan la tecnología más puntera para hacer cosas baratas. Y también es importante entender el aspecto social que esto conlleva, porque es evidente que para producir a precios muy bajos no existe la magia, hace falta una compañía muy bien organizada, con frecuencia usando maquinaria muy sofisticada… Nuestra meta como diseñadores es encontrar siempre nuevas ideas que desarrollar en cualquiera de los escenarios, en particular en lo que se refiere a los trabajos artesanales que están desapareciendo en toda Europa, algo terrible que debemos evitar. Obviamente, los trabajos hechos a mano son más caros que los producidos en serie, pero también consiguen un nivel de excelencia y sutileza muy diferente.

– CÚ: Sé que tienen una serie de reglas en el modo de trabajar con los productores. Por ejemplo, no dejan que los departamentos de marketing metan las narices hasta que el proyecto no esté acabado… ¿Cómo es su relación con las empresas?

– RB: Somos un poco como actores. Cada fabricante tiene su modo de hacer las cosas y, como actor, te adaptas a la situación. En especial, tenemos miedo de repetir procesos o sistemas, así que nos tomamos cada proyecto como algo totalmente nuevo. Ahora, por ejemplo, tenemos entre manos proyectos absolutamente diferentes: un conjunto de fuentes para los Campos Elíseos de París [seis fuentes monumentales de 15 metros de altura] y, a la vez –y esto es casi un secreto–, estamos trabajando en una silla de plástico de menos de 50 euros.

– CÚ: ¿Invierten el mismo tiempo en diseñar una silla que una fuente?

– RB: ¡Casi! Es importante huir de las jerarquías. Diseñamos una silla como si fueran unos vaqueros o una camiseta, cosas simples y eficaces que necesitamos a diario. Y la silla tiene esa misma idea: es robusta, casi un poco rústica, simple y elegante sin más.

– CÚ: Me sorprende que use la palabra elegante, un poco proscrita en el mundo del diseño…

– RB: Sí, es un problema de estos tiempos: si hablas de delicadeza, de elegancia, de belleza, casi es un delito. Pero para mí es importante, porque vivimos en un periodo francamente feo en lo que se refiere a los objetos que nos rodean. Y la belleza importa.

– CÚ: ¿Y dónde la encuentra? Porque ese es un asunto muy subjetivo…

– RB: La belleza es relativa, pero todos sabemos que hay ciudades, por ejemplo, que son bellas porque son vibrantes, porque hay una tensión… En realidad, son cualidades que no se refieren al sentido clásico de la belleza, ni siquiera son aspectos físicos. Pero aunque sea difícil de definir, todos podemos reconocer la belleza de algunos sitios.

CÚ: Quizá haya relación entre ese modo de ver la belleza con lo que comentábamos antes respecto de lo artesanal. Por ejemplo, la alfombra que han hecho para nanimarquina, un kilim realizado a mano, está lleno de imperfecciones e irregularidades. Creo que eso es algo que le interesa especialmente.

– RB: Cada día nos interesa más la vibración que tiene la imperfección. Vivimos en un mundo cada vez más artificial, sobre todo en las ciudades, rodeados por productos creados por máquinas, ordenadores, robots –que no digo que no sean herramientas maravillosas, depende de los que hagas con ellas–, pero echo en falta esa vibración. Llevamos veinte años diseñando y cada día estamos más interesados en las irregularidades, las imperfecciones, porque eso está lleno de vida. Es más humano, si quieres.

– CÚ: ¿Cómo es la relación con sus colaboradores?

– RB: Como diseñador tienes que ser muy empático y asumir que no eres un especialista y que trabajas con ellos, que sí lo son. Siempre hay que buscar una buena comunicación y es importante visitarlos en la fábrica o en el taller. Como diseñadores no somos nada sin la ‘inteligencia colectiva’, ya sea la del artesano o la del ingeniero. Los necesitamos y no podemos hacer proyectos interesantes sin ellos. El diseño es una profesión generalista y los especialistas, como los que hacen laca en Japón, los que tejen kilims en Pakistán o los ingenieros alemanes que buscan soluciones para producir una silla de forma totalmente robotizada, son imprescindibles.

– CÚ: ¿Qué tal fue la experiencia tecnológica de hacer una televisión para Samsung?

– RB: Una vez más era algo totalmente nuevo. Lo más importante de cada proyecto es ver qué reacciones provoca en un espacio el nuevo objeto que has diseñado, qué impacto produce a su alrededor, cuál es su magia… Además de belleza, nos gusta que nuestros diseños produzcan equilibrio. Para Samsung, igual que para cualquier otro producto, hicimos un montón de trabajo en el estudio, dedicamos muchas horas a pensar, y nuestra idea fue hacer un objeto interesante más que un frío objeto tecnológico. Lo tratamos como si fuera un mueble.

– CÚ: Los proyectos que hacen para las galerías siempre han sido otra parte importante de su trabajo, las ediciones limitadas y piezas únicas, una faceta que nunca han abandonado. ¿De qué modo afecta este trabajo más experimental para las galerías a lo que serán sus diseños para la industria?

– RB: El trabajo de los artesanos nos entusiasma, pero es costoso. Así que trabajar en pequeñas cantidades de piezas muy exquisitas es una forma de dar salida a estos productos muy caros. También las galerías te dejan hacer un trabajo más experimental, de investigación, y se descubren cosas que luego sirven en el trabajo para la industria. Es el caso de una lámpara que hicimos para Galerie Kreo, que después produjo Flos y ha sido un éxito de ventas, en la que investigamos el uso del cable eléctrico como un elemento gráfico dentro del diseño mismo, no por su faceta funcional. Dentro de poco inauguramos una exposición de cerámicas y vidriados que explora la intensidad y transparencia de los colores según su tiempo en el horno, un tipo de trabajo que sería imposible realizar en un contexto industrial.

– CÚ: Una palabra que siempre surge cuando se comenta su trabajo es ‘emoción’. ¿Cuánto del trabajo es ergonomía y cuánto es emocional?

– RB: Un buen proyecto es una mezcla química equilibrada de varios factores: belleza, color, peso, precio… y emoción, claro. Esa emoción es difícil de definir. Es como cuando conoces a alguien y en seguida te sientes interesado. No lo sé explicar, pero creo que nuestro éxito reside en que somos capaces de hacer proyectos llenos de encanto.

– CÚ: ¿Es la intuición una parte importante del trabajo?

– RB: Eso está claro. Valoramos muchísimo la intuición, entre otras cosas porque nuestro mayor miedo es el de la especialización. Nosotros venimos del campo, de un entorno en el que no había interés por el diseño o el arte, y siempre valoramos el haber tenido una actitud totalmente naif. Esa actitud frente a todo nuevo proyecto siempre es un gran valor.

– CÚ: Los dibujos son parte importante de su trabajo, de hecho, han hecho exposiciones con ellos…

– RB: Yo dibujo sin parar, como una máquina; es mi modo de escapar a la frustración que me produce el diseño, que es un proceso muy largo: desde la idea hasta que pones un producto en el mercado ¡pasan entre dos o tres años!

– CÚ: ¿Los dibujos del Erwan son distintos a los suyos?

– RB: Bueno, hay dos tipos de dibujos: están los técnicos del proyecto, que los hace él. Y después hay otro tipo de dibujos, los míos, muy libres, que son exploratorios o que no tienen ningún tipo de propósito concreto.

– CÚ: Una vez me dijo Erwan que usted no sabía coser a máquina, usar una sierra ni hacer un dibujo en el ordenador…

– RB: ¿Eso te dijo? Vaya, pues tenía razón. ¡Yo es que soy un primitivo!