Código Único disecciona el despacho en Nueva York del presidente de la Fundación Calder, Alexander Rower, nieto del artista que se dio a conocer con sus piezas móviles.

Por SERGIO MÚÑOZ

El espacio, blanco y diáfano, parece más una galería de arte que un despacho. Por el tamaño y por la valiosa colección de muebles y obras de arte que acumula. Pero es la oficina neoyorquina de Alexander Rower, presidente de la Fundación Calder y nieto del artista que revolucionó la escultura del siglo XX con sus piezas móviles. También es su refugio, su templo. Nadie, excepto su perro Tampopo, tiene acceso a este lugar sin su permiso. Rower lleva cuatro décadas gestionando el legado de su abuelo, que murió en 1976, cuando él tenía 13 años. La Fundación Calder posee más de 1.300 obras del artista y unos 130.000 documentos. Rower supervisa un equipo de 14 empleados, incluidos cinco archivistas contratados a tiempo completo.

La sede de la Fundación está en el duodécimo piso de la 207 Oeste con la calle 25, en el neoyorquino barrio de Chelsea. En 2011, Rower compró los tres cobertizos situados en la azotea del edificio y le encargó a la diseñadora Stephanie Goto que los restaurara. Ella convirtió las tres estructuras en un solo volumen. El resultado es un espacio de 370 metros cuadrados inundado de luz natural gracias a unos enormes tragaluces. Contra las paredes blancas se recortan obras de Alexander Calder, pero también de Miró, Arp, Léger o Picabia.

El mobiliario, exquisito, cuenta con piezas de Paul Evans, Carlo Mollino, J.B. Blunk o George Nakashimo, que forman un conjunto tan ecléctico como fascinante. «Crecí en circunstancias extrañas –explica Rower–. En nuestra casa del Greenwich Village había obras de Picasso, Léger, Calder y Arp, pero los muebles eran, literalmente, cosas que mi padre había rescatado de la calle. Nada combinaba. Esa mezcla de grandes obras de arte con muebles aleatorios es como yo crecí».

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