El rector de la Wiener Staatsoper, el templo vienés de la música clásica, nos abre las puertas de su despacho.

POR DAVID GARCÍA

Para los aficionados a la música clásica y a la ópera, Viena es la meca de estas dos disciplinas artísticas. Cada noche, en la capital austriaca, de algo menos de dos millones de habitantes, se despachan cerca de diez mil entradas para espectáculos de música clásica. El dato, impresionante, es de Dominique Meyer, director de la archiprestigiosa Ópera de Viena, la Wiener Staatsoper. Desde su despacho, Meyer debe hacer frente a esa competencia, feroz y bendita a la vez, que en materia de cultura impera en Viena. Y lo viene haciendo desde hace ya seis años.

Meyer nació en 1955 en la región francesa de Alsacia, por lo que creció empapándose, a partes iguales, de las tradiciones francesas y alemanas, idiomas incluidos.
Su despacho es un espacio amplio, pero acogedor, dividido en dos estancias. Por un lado, una especie de salita de estar con cómodos sillones en los que despachar tranquilamente con los invitados y donde reunirse con ellos de una manera más informal. Por otro está su espacio de trabajo propiamente dicho. Y es aquí donde radica la particularidad, ya que el propio director de la Ópera de Viena ha apostado por una mesa redonda en lugar del clásico escritorio de cualquier despacho convencional. «Así se parece más a una sala de estar que a una oficina», explica.
Su objetivo es que el espacio sea acogedor, algo para lo que el detalle de la mesa redonda es fundamental, pero no novedoso en su caso. «Ya ha tenido mesas redondas en otros despachos anteriores». Este es uno de los objetos que siempre están en su despacho allá donde vaya. Pero no es el único. «También me acompañan siempre una máquina de café Nespresso y mi colección de cedés», confiesa. Esos son los otros artículos imprescindibles para Meyer en su despacho. Y por supuesto, para escuchar esos discos también dispone del correspondiente reproductor de alta calidad. Disfruta así (y trabaja al mismo tiempo) de la música clásica y las óperas que le gustan y que pasarán por las tablas del histórico edificio, que se abrió en 1869.

Llama la atención que, a simple vista, Meyer no dispone en su mesa de trabajo de un ordenador. Cuenta, eso sí, que para hacerlo más acogedor, ha colocado fotos personales y familiares, aparte de los grabados e imágenes históricas del edificio. Además de su extensa fonoteca, el despacho dispone también de una amplia colección de libros distribuidos en sus estanterías a modo de biblioteca, lo que lo convierte en pequeño templo cultural.

En sus seis años al frente de la Wiener Staatsoper, Meyer ha puesto en marcha varias iniciativas que han popularizado, aún más, sus representaciones. Por un lado, ha acercado la ópera a los más pequeños y, por otro, ha puesto en marcha una iniciativa que es la venta de una serie de localidades de pie a precios muy reducidos que se venden junto antes de que se inicie la obra. Un éxito que se inicia más desde una sala de estar que desde un despacho.