Por el día, Ken Bleifer es un reputado nefrólogo del Health Sciences Campus, en Los Ángeles, preocupado en sanar a sus vecinos, publicar trabajos en revistas especializadas y asesorar a las nuevas generaciones de médicos. Pero cuando se quita la bata, es otro hombre. Uno que guarda un secreto en el sótano de su casa: una nutrida bodega con miles de botellas de vino y champán de todo el mundo.

POR VÍCTOR GODED

A mediados de los años 60, sin ninguna pretensión lucrativa ni otro afán que no fuera disfrutar de sus adquisiciones, empezó su colección. Y se aplicó a ella con tanta pasión que en la bodega de su casa llegó a acumular más cuatro millares de referencias. «Mucho más de lo podría consumir en toda mi vida», asegura. Así que un día a principios del nuevo siglo decidió darse un respiro y sacar al mercado parte de su tesoro, 2.600 botellas que consiguió colocar a un precio excelente. Y eso le hizo aprender una lección: «Si hubiera sabido lo que sé ahora, nunca habría comprado una acción en mi vida –explica–. La opción más eficaz es invertir en los mejores vinos de los mejores años, almacenarlos y envejecerlos adecuadamente para luego venderlos. Estaría muy por delante de donde está el mercado de valores actualmente». Palabras alimentadas por su particular experiencia de los últimos años, en los que ha visto descender paulatinamente su bodega y aumentar exponecialmente sus arcas. Para muestra un botón: en 1983 adquirió dos botellas de Borgoña por 80 dólares que en 2006 colocó a un comprador por 4.700. Negocio redondo.

Pese a que no le gusta desvelar cuánto capital ha obtenido a través de estas transacciones, este veterano coleccionista de 87 años sabe que se mueve de un mercado exclusivo en continuo crecimiento y que, si se trabaja con tesón, puede reportar pingües beneficios. Y, claro, brinda por ello.