La tradición familiar está ligada a la industria, pero Álvaro Oliver Bultó disfrutaba ideando estructuras con sus juguetes. Hoy su estudio, Foxium Arquitectura, es uno de los más interesantes de la nueva hornada. Su filosofía: escuchar al cliente.

Por Elena Castelló

Su primo es el famoso corredor de motos Sete Gibernau, y su abuelo, Paco Bultó, el fundador de las firmas moteras Montesa y Bultaco. Los arquitectos eran una rara avis en su familia, pero eso no fue un obstáculo para Álvaro Oliver Bultó (Barcelona, 1981), creador y director de Foxium Arquitectura. «Mis padres me apoyaron totalmente, pero me advirtieron de que tendría que abrirme paso solo». Álvaro se lo tomó como un plus de libertad para explorar su camino. Y no perdió ni un minuto: acabó sus estudios en la Escuela Internacional de Arquitectura de Barcelona con 22 años, tras pasar un año en la Escuela de Milán haciendo un Erasmus.

Al terminar, se instaló en Madrid de un día para otro –«solo me traje mi moto», dice con humor– para trabajar en el estudio Paredes Pedrosa (Auditorio de Madrid, Teatro Olimpia), cuyos responsables habían sido profesores suyos. «Eso me permitió trabajar en equipamientos culturales para la administración pública y ver proyectos muy importantes por volumen, presupuesto y tipología, a los que de otra forma no habría tenido acceso», explica.

Tras cinco años, aceptó un proyecto en el Bajo Ampurdán para rehabilitar una masía. Eso le permitó regresar a Barcelona y trabajar en rehabilitación, una de sus pasiones. «Intenté llevarlo a cabo con una reducción de jornada en el estudio de Madrid, pero no fue posible, porque tienes que implicarte al cien por cien en cada proyecto», continúa. Ese fue el germen de Foxium Arquitectura. «Aunque mi intención era quedarme en Barcelona, una vez que estuve allí empezaron a surgirme proyectos en Madrid». Entre los primeros, la tienda Tot-Hom, en la calle de Velázquez. Así que se instaló definitivamente en Madrid.

«No se debe proyectar algo y que aparezca en un solar como un ovni»

Foxium hace lo que Álvaro Oliver llama «arquitectura de autor»: cuidada y a la medida del cliente. Nada de grandes volúmenes de negocio con una plantilla replicable a gran escala. «Eso no quiere decir que no hagamos grandes proyectos, como el de una escuela de más de 3.000 metros cuadrados para una entidad pública, por ejemplo –explica-, pero somos un estudio pequeño en el que estamos muy encima del cliente y la obra. Nos gusta dedicarle tiempo, ponernos en su piel, entenderle».

Otra de las señas de identidad de Foxium es su trabajo en la obra pública, algo poco común en pequeños despachos. «Mucha gente piensa que no es prestigioso, pero para mí sí lo es –asegura el arquitecto–. Las condiciones son férreas, y eso disuade a muchos estudios. Nosotros nos lo tomamos como una forma de adquirir bagaje y aprender». La obra pública supone hoy un 20 por ciento de su actividad.

El abanico de sus proyectos es amplio: desde la tienda Scalpers, en la calle Provença de Barcelona, a restaurantes –Juanita Cruz, Toque de Sal, El patio del Fisgón en Madrid–, la biblioteca de Cuatro Caminos, una comisaría en Sevilla o la Escuela de Hostelería de Getafe, pasando por proyectos de rehabilitación –un riad en Marruecos o varias masías en el Ampurdán–. «Para nosotros es importante creer en lo que hacemos –asevera Álvaro–. Nos gusta aportar ideas, entender bien el modelo de negocio o la experiencia del que va a utilizar el espacio. Lo importante es escuchar. No creo que se deba proyectar algo y que aparezca en un solar como un ovni», reflexiona.

¿Cómo se compagina la parte creativa del arquitecto con el pragmatismo del empresario? «Ahí jugó la herencia familiar –dice Álvaro–. Es verdad que hay que saber gestionar equipos, clientes, presupuestos y tiempos, y yo eso lo he aprendido en casa». Desde el comienzo, con un ordenador y la mano de algún compañero hasta hoy, en que el equipo cuenta con cinco profesionales en plantilla y tres externos, ya son 120 los proyectos ejecutados por Foxium. Entre sus próximos proyectos, un edificio de viviendas de lujo en el centro de Madrid y dos fincas privadas en El Escorial y Valladolid, que durarán varios años. Sus clientes se extienden por Madrid, Barcelona, Cantabria, Malta, Canarias o Mallorca. «Pero nos movemos adonde haga falta», asegura Álvaro. Basta con tener buenas ideas y una moto.


OBRA PRIVADA Y PÚBLICA

Pese a su corta historia, en el dilatado historial de Foxium Arquitectura conviven  ejemplos  tanto de proyectos privados como públicos. Así, pueden presumir de haber sido los elegidos para rehabilitar las oficinas de Gisa, un centro integrado de investigación y estudios de más de 3.000 metros cuadrados de superficie en Getafe, o para encargarse del restaurante madrileño Toque de Sal, propiedad del hermano (Bruno) y  la prima (Inés) de Álvaro. «Aunque todo quedaba en familia, ¡había que estar a la altura!», se sincera el joven arquitecto.

Scalpers (2013)

«Se buscaba redefinir la imagen de la marca, con una zona casual, dandy y de sastrería a medida. El estudio colaboró con la marca Kikekeller para diseñar todos los muebles de acero del interior», reconoce Álvaro.Arquitectura con espíritu artesanal 4


Sede de Gisa (2015)

Según el arquitecto, «fue el primer concurso de obra pública que ganó el estudio en colaboración con los arquitectos Efrén García Grinda y Cristina Gómez Moreno, del equipo Amid cero9. Una experiencia gratificante».Arquitectura con espíritu artesanal 3


Toque de sal (2015)

Restaurante de estilo bistró francés en una de las zonas con más auge hostelero de Madrid, la calle Ponzano. Arquitectura con espíritu artesanal 2


Masía Teixidor (2008)

«Fue mi primer proyecto completo como arquitecto. Lo empecé en 2005, a los 22 años. Tuve la oportunidad de trabajar sin limitaciones para reformar esta masía del siglo XVIII que iba a utilizarse como vivienda familiar. Hoy ya llevo más de 120 proyectos». Arquitectura con espíritu artesanal